Actualizado: 20/10/2021 13:39
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Mitos y realidades

Nadie puede imponer un 'socialismo' en forma de régimen político. El socialismo democrático es sólo una opción más para los ciudadanos.

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Socialismo

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Un número significativo de opositores cubanos —así como otros actores sociales— no sabe a ciencia cierta lo que desea para una Cuba postransición. Esa es la causa de que a veces den a entender que se sentirían muy a gusto si sobreviniera un panorama político regido por las bases éticas, políticas y económicas de un socialismo cubano en versión light (castrista).

Sin reparar en el coste final, algunos demócratas han comprado el discurso hábilmente elaborado por académicos de filiación socialista, cuyo objetivo central es lograr un supuesto "socialismo democrático" que nada tiene que ver con lo que en el mundo hoy se entiende por tal (socialdemocracia).

Las propuestas de estos intelectuales buscan perfeccionar el sistema socialista cubano a partir de la realización de determinados cambios que lo atemperen y adecúen a las nuevas realidades nacionales e internacionales, pero todo ello sin abandonar la esencia del régimen.

Los demócratas cubanos, sin necesidad de ajustarse a las reglas de nadie, también —¿por qué no?— tienen derecho a preguntarse qué quieren para su país y, sin complejos, ofrecer una alternativa democrática diferente; aunque ello signifique realizar cambios profundos en todos los órdenes. Esta labor es casi imposible si antes no se desmontan diversos mitos.

El primer mito es el de la supuesta moderación. La verdadera moderación es la del que cree en la democracia; es la postura del que respeta el pluralismo, pero no la del que permanece aquiescente ante la falta de libertad; porque en ese caso la moderación se convierte en indiferencia o indolencia, posturas éticamente inaceptables.

Por tanto, no se le puede llamar intransigente al que discrepa del régimen o de las estrategias de otras personas, aun cuando lo haga en un momento en el que creemos que no es conveniente hacerlo, siempre y cuando la discrepancia se manifieste por medios pacíficos.

¿Por qué solamente hay que aceptar como moderadas las propuestas venidas de unos cuantos? ¿Acaso la legitimidad no viene de la condición de ciudadano y la moderación del cumplimento de la justa ley? En ese sentido, si alguien peca de falta de moderación, no es precisamente la mayoría de la oposición o del exilio, sino quien impone por todos los medios un statu quo inamovible.

Reformas: un medio y no un fin

El segundo mito es el del reformismo. La opción reformista ha sido acertadamente defendida por gran parte de la oposición, con la esperanza de que haya figuras en el seno del régimen que sean capaces de plantear y/o implementar ciertos cambios relevantes.

La idea del cambio desde dentro no es nueva; por ejemplo, en España, fue muy exitosa. Sin embargo, para ello tendrían que cumplirse al menos dos de estas premisas: a) igual que para que haya democracia tiene que haber demócratas, para que haya reforma tiene que haber reformistas con voluntad de serlo; b) tienen que existir instituciones que funcionen y que muestren aunque sea un mínimo indicio de que apoyarían un debate sobre las reformas (en España fue la Corona y el propio Congreso); c) tiene que haber una oposición unida, convertida en un actor político que presione con sus propuestas; y d) tiene que existir una labor internacional que favorezca la reforma.

Ser reformista no significa ser buena persona o tener un talante campechano; el reformista, ante todo, demuestra una voluntad real de cambio (independientemente de hasta donde quiera llegar). El reformista por excelencia no es el oportunista que da el paso al frente cuando la reforma está en movimiento, y ve imposible el regreso. Tanto en España como en Rusia, los reformistas mostraron sus credenciales mediante sus propuestas antes del gran cambio.

En todo caso, creyendo que el reformismo es un camino que no deberíamos desechar los cubanos, debemos ser conscientes de que la reforma es solamente una etapa del proceso de transición. Es un medio y no un fin. El único fin debe ser la democracia plena, con el respeto de todos y cada uno de los derechos humanos. Por tanto, el verdadero reformismo es muy distinto al que sostienen algunos, que consiste en realizar cambios cosméticos para instaurar una versión corregida del mismo régimen, pero reciclado. El gatopardismo tampoco es reformismo.

El tercer mito es el del socialismo democrático, entendido como sistema. No existe ni una sola experiencia que avale la existencia de un socialismo democrático, en tanto que sistema político, económico y social. Cosa muy distinta es que los partidos socialistas y socialdemócratas, desembarazados de cualquier vestigio comunista, formen parte del modelo democrático, del Estado de bienestar y de la economía de mercado.

En este caso, el socialismo democrático no es más que una opción política, un partido más en el abanico de posibilidades entre las cuales podrán elegir los ciudadanos, pero siempre dentro de las reglas del Estado de derecho. Por consiguiente, lo que algunos en Cuba llaman "socialismo democrático" no es otra cosa que una opción partidista, pero elevada a la categoría de régimen político y con pretensiones de permanencia indefinida en el poder.

Los que creen en este supuesto socialismo democrático niegan la posibilidad de que prosperen las alternativas distintas al Estado socialista. Luego, aunque se cuiden los modos y las formas, sigue siendo por su esencia una propuesta profundamente antidemocrática.

Pelajes y costumbres

Lo políticamente correcto se ha impuesto en el debate sobre Cuba, gracias a la propagación de estos y otros mitos. Como si de dogmas se tratase, hay quien pretende que todos sigamos ciegamente lo que algunos han bautizado como "moderación y reformismo", cuando en realidad no lo son; o aceptar una especie de sistema socialista bueno, del cual nunca se ha tenido noticias.

El discurso político democrático se ha dejado condicionar por estas ideas, influyendo lamentablemente en la valoración apresurada sobre otros opositores. Durante mucho tiempo, utilizando estos mitos, también se ha vendido la idea de que el exilio es por definición el baluarte del pensamiento y la praxis más radical y reaccionaria. Un estereotipo que se refuerza mediante la combinación de medias verdades y mentiras totales para demonizarle.

Dejando a un lado cualquier infantilismo político, hay que reconocer que en todas partes cuecen habas y que en casi todos los cielos vuelan halcones. Pero no habrá que esperar mucho tiempo para ver cómo la mitomanía nacional, quizás en acto de arrepentimiento, nos narre el relato fabuloso de cómo y cuándo de las entrañas de algunas mansas palomas salieron los zorros del oportunismo criollo.

Ya lo decía el proverbio latino: "Vulpes pilum mutat, non mores". Lo cual, en castellano quiere decir que el zorro podrá cambiar de pelaje, pero nunca modifica sus costumbres.


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