Actualizado: 20/09/2019 11:30
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Cambios, Moral, Política

Moral en fuga (II)

Segunda parte y final de un artículo donde se analizan las cuestiones éticas en la sociedad cubana

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La implosión moral se agrava más de cara al futuro porque se pierde ahora, si alguna vez existió, el país ético. La disolución ética del Estado, que deja de ocuparse aceleradamente de la distribución y redistribución de bienes sociales, y de la protección de los más, no se compensa con la recuperación ética de la sociedad en dos sentidos cruciales: la posibilidad de elegir entre alternativas diversas y el respeto y reconocimiento de la diferencia a partir de la tolerancia; un concepto por demás muy limitado.

Por eso no somos un país decente. La ética, como comunicación respetuosa entre diferentes y como incorporación social de medios legítimos para alcanzar fines legítimos, ha dejado de ser práctica de la cultura cubana. Y ello se manifiesta ahora mismo en los dos ámbitos sociales a los que se aferra, en retirada, la eticidad del Estado cubano: la educación y la salud pública. Si mis cálculos de sociología rudimentaria no me fallan, el 25 % de los estudiantes que terminó el curso escolar 2010-2011 compró, CUC mediante, su nota final. ¿Y la salud pública? Parafraseando al filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein:de lo que se ha hablado, se ha hablado y, también, silbado.

Pero en un nivel más crucial este abandono de la ética se expresa en la pulverización del conjunto de reglas tácitas, con sus consecuencias fundamentales, que se relacionan con la palabra empeñada: una institución cultural que funda la confianza vital, permite la claridad en el espacio público y genera sociedades maduras.

Y la moral se fuga no solo desde el pasado sino hacia el futuro. En todos los casos peligrosamente.

Por un lado, la inefable filosofía del deseo se empeña en mostrarnos el camino hacia el éxito de las llamadas reformas del Gobierno. El análisis empírico de las reformas pasadas no parece bastar para demostrar el camino seguro hacia el fracaso de las reformas presentes. No por carencia de políticas sino por falta de estructuras. Sin embargo, en el supuesto de que estas cuasi reformas estuvieran bien encaminadas, me llama la atención cómo se ignora el papel que juega la corrupción como base estructural de los pequeños negocios privados. Los que en Cuba y en el mundo aplauden el camino elegido, están apoyando de este modo una versión no muy edificante de acumulación originaria del capital, tal y como la situaría Marx —Carlos, no Groucho— en los orígenes del capitalismo manchesteriano.

Si el retorno posible de las ganancias entra en el cálculo de muchos extranjeros e inversionistas, los cubanos no deberíamos confundir el posibilismo rentista con un proyecto de nación que necesita sólidos fundamentos morales. En este caso lo que parece bien para el mundo corporativo, resulta muy mal para Cuba. E insisto en lo que parece, pero no coincide bien con los intereses corporativos porque un tejido moral destruido atenta contra el primer requisito de los negocios: la confianza necesaria entre las partes. Nadie quiere hacer las preguntas morales debidas a la hora de entender por qué Cuba es el tercer deudor del Club de París detrás, y no es broma, de China e Indonesia.

Por este camino, nuestro sujeto moral se pierde en el “segundo nivel de reglas” (doble moral) —para decirlo finamente— que disuelve las referencias básicas de la convivencia civilizada. Robar puede ser legítimo para el negocio, ¿por qué no es legítima entonces la violencia ilegítima?

La descomposición del Estado a través de la violencia ilegítima nos está diciendo que la moral no solo se fuga sino que se despide de nosotros por largo rato. Cualquiera sea el origen que se quiera otorgar a los Estados, la único claro es que a estos se les reconoce el monopolio de la violencia como medio más seguro de proteger a la sociedad de su uso indiscriminado. Pero cuando los Estados se quieren proteger de las ideas de la sociedad desplegando contra ellas la violencia social, cruzan el umbral que les hace posible y empieza la cuenta regresiva de su legitimidad.

En esa estamos con el Estado cubano. La pérdida de su autocontrol lo desmoraliza en tanto borra todos los criterios que distinguen los actos lícitos de los ilícitos en el uso de la fuerza, y les dice a los ciudadanos que pueden emplearla en cualquier momento en el que sientan peligrar su supervivencia. Regresamos a la ley del más fuerte y a la expresión política del matonismo. Y eso es peligroso, incluso para la élite. Todos sabemos que la guapería simbólica y asistida de muchos de sus miembros no se corresponde con su capacidad real en el terreno.

Pero lo más importante en términos morales tiene que ver con la atmósfera de disolución moral que se crea en la sociedad. A la violencia cultural de nuestro machismo, se unen la violencia social de la marginalidad y la violencia política de un Estado marginal. Rematada con el escándalo moral que provoca la ausencia de escándalo de sectores con amplia presencia pública.

Es esa inmersión nuestra en el “segundo nivel de reglas” la que nos impide retener la moral, dialogar con ella, mantener aunque sea la tensión necesaria que nos permita auto cuestionarnos y preguntar, finalmente, por qué admitimos que nuestros activos nacionales, incluida la tierra, sean vendidos a los extranjeros mientras se les niega a los cubanos.

Cuál es el lugar de los ciudadanos dentro de la nación posible y en relación con el Estado ha sido una pregunta ética colocada en el punto de partida de nuestro itinerario histórico. Esta pregunta ética se incorpora a nuestro acervo moral desde el momento en el que la respondemos asertivamente. Pero desde el momento que la ocultamos, con la vana pretensión de garantizar la supervivencia, los intereses o el poder, dejamos escapar el único sustento sobre el que se levantan las sociedades y las naciones de carácter: el debate moral permanente.

Una isla de fusiones, confusiones y ficciones, como muy bien diría la antropóloga e historiadora María Ileana Faguaga Iglesias, no puede asumir riesgos en el límite; uno de los cuales es la pérdida de su viento moral.


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