Actualizado: 23/10/2017 23:51
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Cuba, Cambios, Derechos Humanos

Neocastrismo y autoritarismo regional

Solo el reconocimiento y ejercicio pleno de las libertades civiles y políticas puede garantizar que Cuba encuentre una salida viable a la encrucijada en que se encuentra

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Cuando en 1989 colapsó el bloque comunista de Europa del Este, muchos sociólogos y analistas compartieron la visión de Francis Fukuyama sobre el fin de la historia. Pensar en la democracia liberal como paso obligado a la modernización de las naciones goza de toda una lógica y un respaldo conceptual, pero aseverar que las naciones se mueven ineludiblemente en esa dirección es una extrapolación desmentida por múltiples procesos sociales de los últimos 25 años.

Quienes basan sus análisis en el supuesto de que libertades económicas conllevan a libertades civiles y políticas se han encontrado con claros ejemplos que lo desmienten. Varios países de la órbita exsoviética incluyendo a la Rusia de Putin, junto a asiáticos como China y otros latinoamericanos se han movido hacia sistemas cada vez más autoritarios, que simulan ser democracias.

El uso de las instituciones estatales para desmotar los mecanismos democráticos se ha convertido en una maquinaria muy útil, que la mayoría de las veces ha mostrado gran efectividad. En nuestra región la situación de Venezuela es la más alarmante y, lamentablemente, los mecanismos allí ensayados se convierten en modelos para otros. Las elecciones han pasado a ser un proceso para legitimar el poder de estas elites y el uso de grupos parapoliciales facilita el trabajo sucio sin consecuencias legales. Por otra parte, la formación de organismos regionales otorga el necesario soporte internacional a dichos regímenes para presionar a las naciones democráticas a aceptar estas democracias espurias.

El caso de nuestro país es muy simbólico, el régimen de la Habana logró sobrevivir al derrumbe del bloque comunista enfrentando un escenario de profunda crisis. Decisiones desacertadas permitieron a Fidel Castro maniobrar y evitar el fin de la dictadura. Una de ellas, tomada por la administración Clinton, posibilitó el drenaje de toda la presión interna a través de un éxodo masivo, en un momento en que los cubanos mostraban un claro hartazgo hacia el régimen. La posterior aparición del “hermano bolivariano” Hugo Chávez, garantizó la sobrevivencia del castrismo los próximos 15 años, en medio de un contexto más favorable.

Veinte años después el castrismo se muere. El neocastrismo, que pretende venderse como la única opción de gobernabilidad y estabilidad, no puede postergar más su aparición ante la comunidad internacional. Los presuntos herederos políticos necesitan con urgencia de esa legitimidad.

Sin embargo, el panorama general se muestra complejo. Hacia el interior del país el control social continúa siendo la principal premisa del sistema, la miseria sistematizada, la nación completamente descapitalizada, el creciente descontento social, la corrupción generalizada, los cuerpos represivos entrenados en la impunidad, el poder judicial supeditado a la Seguridad del Estado, el tráfico de influencias y una economía informal como único sustento del pueblo, conforman la herencia de 55 años de totalitarismo.

Hacia el exterior resulta preocupante la penetración en Latinoamérica de la inteligencia cubana con toda su experiencia en la creación y manejo de grupos parapoliciales como control social. El incremento del tráfico de cubanos a través de México, en coordinación con el crimen organizado, la fuerte presencia en Venezuela donde el tráfico de drogas se ha incrementado en forma ostensible, son algunas de las alarmas a considerar. La cercanía geográfica a Estados Unidos es un factor que puede jugar un papel positivo o negativo en dependencia del tipo de escenario hacia el que se incline el país.

Los opositores dentro y fuera de la Isla tenemos el compromiso de evitar que el régimen nos convierta en figurantes o simples espectadores de una transferencia de poder. En el leguaje político, los términos unidad, consenso, tolerancia, reconciliación, perdón, son muy sonoros. Un discurso cargado de dichos términos puede hacer vibrar el alma más apática. Sin embargo, buscar desesperadamente un diálogo fantasioso con el régimen es un suicidio moral y político.

La reconciliación lleva implícita, la verdad, la justicia y la reparación. Sin estos elementos esenciales no hay realismo, ni es posible una transición creíble y estable. Generar consensos pasa por la confianza y el compromiso entre los distintos actores políticos. Será difícil que surjan alianzas solidas en los opositores si no hay un posicionamiento bien definido hacia el castrismo y se establecen estrategias claras con un capital humano capaz de desarrollarlas.

En su reciente visita el ministro de relaciones exteriores español, José Manuel García-Margallo, señaló con mucha certeza dos elementos que sin duda marcan un camino viable para solucionar el problema cubano, dos pasos fundamentales que permitirían destrabar la situación vigente. La ratificación e implementación de los pactos de derechos humanos (DDHH) de la ONU y de los acuerdos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). La primera, una demanda en la que trabajamos desde hace más de dos años en la campaña “Por otra Cuba”.

Sin embargo el castrismo se empeña en mostrar su soberbia. El rechazo de Raúl Castro a recibir al canciller García-Margallo, la negativa de participar en la Cumbre Iberoamericana y la organización de dos cumbres paralelas buscó torpedear el esfuerzo de los españoles en la región y lanzar el viejo y falso mensaje de que están dispuestos a seguir atrincherados.

Las naciones democráticas que sustentan el orden global deben ejercer su liderazgo mostrando una posición razonable pero vertical. Solo el reconocimiento y ejercicio pleno de las libertades civiles y políticas puede garantizar que el país encuentre una salida viable a la encrucijada en que se encuentra. Esas libertades deben ser restituidas como condición necesaria para iniciar un proceso de transformaciones.

El año 2015 promete ser intenso en el tema cubano y regional. El régimen moverá sus fichas con más premura en la legitimación y diseño del neocastrismo. Los viejos jerarcas y sus aliados saben que tendrán que arriesgar más para intentar seguir el poder.

La Cumbre de las Américas en abril será uno de esos momentos definitorios. Raúl Castro espera llegar respaldado por todos los aliados regionales. Sus esperanzas cifradas en que el presidente Barack Obama, en un segundo y simbólico apretón de manos, le lance una tabla salvadora al nuevo engendro conformado esencialmente por sus descendientes.

El futuro de la región tendrá mucho que ver con la democratización o no de Cuba. Relativizar las libertades y derechos fundamentales y promover la idea de que estos no son piezas claves en la estructuración de nuestras naciones constituye una terrible señal en un momento crucial. Nos debatimos los próximos 20 o 30 años como país y como región. Dar pasos hacia la consolidación del neocastrismo implica la tácita validación del autoritarismo como forma alterna a la democracia en Latinoamérica.


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