Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Cuba, Obama, Derechos Humanos

Obama irá a Cuba… Ya yo fui

¿Qué pasará cuando regrese Obama a Washington y la autoridad isleña se sienta sin compromisos?

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La violación de derechos humanos en Cuba es un tema transversal, es decir, desanda toda la estructura política y corroe hasta los más pequeños detalles de la vida cotidiana. Es lo que sucede desde hace décadas. Por eso resulta muy alentador que el presidente estadounidense haya prometido abordar el tema con las autoridades isleñas y haya prometido reunirse, además, con la sociedad civil, profundamente herida por la ausencia de libertad y autonomía.

Sin embargo, el problema de Barack Obama y del mundo democrático palpita en la experiencia de incumplimientos que acumula La Habana en el tema, o sea, si hará lo que pudiera prometer.

Recientemente visité la Isla y comprobé con preocupación que no solo existen formas digamos tradicionales de violar los derechos humanos, sino producciones nuevas o de mejorada tecnología, surgidas al compás de las aperturas.

Lo que a continuación relato no es fruto de la observación de lo que a otros sucede o sucedió, ni de escuchar historias ajenas que brotan de labios apretados. Es lo que ocurrió, en fin, a quien suscribe.

Los primeros maltratos

Los agentes que “atienden” mi caso en Cuba recuerdan sin duda la prohibición que me impusieron de visitar la Isla (2006-2012), por publicar artículos críticos en diarios en Internet y por trabajar en Chile como corresponsal de Radio Martí. Mi delito es, por supuesto, publicar argumentos y noticias que muchas veces reflejan los naufragios en la gestión de los Castro y la violación de los derechos de las personas. En esto último reside el más terrible pecado, contra el cual se impulsan innovaciones en la tecnología represiva.

El pasado 20 de enero llegué al aeropuerto José Martí desde Santiago de Chile, vía México, para permanecer, en vacaciones de profesor, más de cuatro semanas en el país. Si en años previos los interrogatorios y el trasladarme de aquí para allá dentro del recinto demoraron más o menos una hora, en esta ocasión estuve cerca de tres horas en el aeropuerto. A los 120 minutos más o menos parecía que me iba y acarreaba mi equipaje, ya próximo a la puerta de salida. En ese momento me llamó a viva voz un agente que me indicó que revisarían mis maletas. Aquí invirtieron otros 40 o 50 minutos. Eso de llamarme al llegar a la puerta de salida es lo que denomino mejoría en la tecnología de la represión, en este caso de sutilezas síquicas.

Un objetivo de todo este maltrato es el maltrato mismo desde luego, pero su propósito fundamental reside en desestabilizar emocionalmente a la persona, lograr su desequilibrio síquico. Estar tres horas en un aeropuerto, con la familia esperando afuera en muchos casos, genera una inestabilidad casi imposible de evitar. Genera además impotencia y sentimiento de humillación, tan doloroso como la humillación misma, y a la vez un encabronamiento de marca mayor, para decirlo en lengua popular. Como uno sabe que ellos esperan la explosión (las cámaras del mismo aeropuerto pueden demostrar culpabilidad en tal caso), resulta imprescindible y lógico contenerse. Angustiada, la familia sigue esperando.

Segunda fase del maltrato

Al salir ¡al fin! del aeropuerto creí que ya había terminado el acoso y que aquel espacio dejaría de ser una pesadilla hasta que llegara la hora de abandonar el país. Para entonces, la computadora oportuna mostraría un nombre y el peligro que su dueño significa por publicar lo que piensa.

Yo estaba equivocado, lamentablemente. Apenas recordaría después que al llenar una planilla entre varias escribí la dirección de mi padre en lugar de la de mi mamá, donde los agentes sabían que residiría. Aquello generó sospechas sobre planes tenebrosos. Quizá convulsionaron de alegría al poder demostrar la necesidad, la relevancia de su trabajo.

Muy lejos estaba yo de pensar que aquella dirección aparecería como la responsable de la persecución subsiguiente. En unas horas empezaron a localizarme por teléfono, tanto en casa de mi padre como de mi mamá. Visitaron personalmente, además, las dos viviendas. Necesitaban que yo los llamara urgente, dejaron dicho en más de un contacto con ambos. Enterado, les dejé mensaje de que podían verme, entre 8 am y 6 pm, en la Biblioteca Nacional, donde llevaba a cabo una investigación de carácter histórico. No fueron a la Biblioteca porque son vagos.

Entre nuevas llamadas y conminaciones, enviaron a casa de mi padre una citación que constituyó un error mayúsculo entre agentes que sabían que lidiaban con un periodista. Incluso llegaron a decirme, como previamente un cónsul en Chile, que tenían mis artículos archivados.

La citación, prueba de que lo que aquí relato es absolutamente verídico, se puede leer en la galería de fotos que acompaña a este artículo.

La amenaza del último párrafo manifiesta el perfil definitivo del régimen. Bien leído, no hay una amenaza sino dos. La que proviene del delito de desacato, y la multa. ¿Valdría preguntarse cómo es posible que por no asistir a una entrevista (es su término), se le ocurra tamaña amenaza a la policía del Departamento de Inmigración y Extranjería, que pertenece al Ministerio del Interior, luego de convertir a un cubano en extranjero y quien, por cierto, no ha cometido delito alguno?

Restringidos al contexto actual en que La Habana se esfuerza por esconder u olvidar miles de violaciones de los derechos humanos (legales y en actos) y se esfuerza en lavarse la cara con lejía, como escribió el clásico, la pregunta del millón es qué pasará cuando regrese Obama a Washington y la autoridad isleña se sienta sin compromisos.

Citación y acto final

Fue en la entrevista donde supe de la razón o excusa que provocó la citación. Cuando les informé que escribí la dirección de mi padre y no la de mi madre porque simplemente olvidé hace tiempo la segunda, se percataron que el conjunto de sospechas sobre mis acciones contra el régimen no era más que una invención sin destino.

También se dieron cuenta muy pronto del error de entregar una citación con semejante amenaza a un periodista entrenado en mostrar el carácter fallido del régimen instalado en la Isla hace casi 60 años. Uno de los agentes fue a buscar la dichosa citación a casa de mi madre, donde me encontraba el día antes de regresar a Chile. Luego de entregarle el papel le pedí que, por favor, llamara al aeropuerto y dijera a la seguridad que me dejará ir tranquilo, que no me azocara. Son palabras textuales.

Si el agente hubiera hecho la llamada y me hubieran tratado en el aeropuerto como a un pasajero común, yo no hubiera escrito estas páginas. Por desidia o por lo que fuera el agente no se comunicó con el aeropuerto o no le hicieron caso, y sucedió lo que tenía que suceder. Al colocarme ante la mesa del oficial de inmigración la computadora enseñó su contenido e inmediatamente me apartaron de la fila, me pusieron a esperar en solitario, me trasladaron de aquí para allá y tornaron las preguntas estúpidas y el interrogatorio en general.

El objetivo principal yo lo sabía: esperar hasta el último instante, a que dijeran mi nombre por los altavoces, como sucede siempre que un pasajero está ausente a la hora del despegue.

Lo que persiguen con esto es la humillación del ser humano, es decir, hacerme apurar, con un trabajador de la aerolínea abriéndome el paso, y hacerme sufrir el nerviosismo lógico de quien puede perder un avión. Ese fue el objetivo de la maniobra, de esta tecnología de la represión estrenada o perfeccionada luego de las medidas con que “abrieron” la entrada a la Isla, incluso para algunos periodistas contestatarios.

Claro que se pueden perder los estribos y yo finalmente los perdí... Al pasar de nuevo por el oficial que revisa el pasaporte, este me preguntó cómo me llamaba y le respondí, cegado de impotencia y rabia: “Yo soy contrarrevolucionario, anticomunista y disidente”. Lo mismo había dicho a un funcionario o funcionaria que en instantes previos me vio recostado a la pared de la oficina donde se efectúan los interrogatorios. Su pregunta, decentemente formulada, estuvo dirigida a saber qué yo hacía allí.

Dos caminos

Hace ya muchos años un funcionario norteamericano de la por entonces Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana me confesó que a él lo acusaban de buscarle enemigos al Gobierno entre la población cubana. Y recuerdo claramente su acotación: “a este Gobierno no hay que buscarle enemigos. Él se los busca solo”.

Existe sin embargo un camino allanado y relativamente fácil para evitar ser humillado por los Castro: no ir a Cuba. Es lo que hacen miles de isleños, que por eso se creen radicales, incontrastables, rectos oponentes. Esto es falso de toda falsedad. Con esta actitud lo que hacen es regalarle el país a la dictadura, sobre todo ahora que ha adquirido compromisos que le resultan imprescindibles.

Conste que ideología alguna, ni preferencia política, ni poder instalado o por instalar será bastante para que yo renuncie a visitar Cuba y ver a mis padres ancianos y enfermos, a mis tres hijos y al resto de mi familia. Aquí me importa un cuesco, como dicen los chilenos, cualquier opinión, venga de donde venga.

Junto con tal afirmación les digo a mis agentes que nos veremos el próximo año cuando tome vacaciones. Volveré a resistir sus humillaciones y maltratos, pero con la mente en el ideario de José Martí, de Gandhi, de Luther King. No rehuiré a la campaña “redentora”, “activa” y pacífica que el poeta previó contra la discriminación racial para después de inaugurada la república, pero que hoy servirá para la liberación de todo el pueblo. Mis artículos serán parte de esa campaña que llegará, como llega con cada día la alborada.

Por otro lado, a través de la presencia en mi tierra defiendo también mis derechos humanos y sentimentales. El país donde nací es el mismo donde mi bisabuelo Félix Cruz, tan cercano a la esclavitud, peleó en las tropas de Antonio Maceo y finalmente recibió la jubilación que le correspondía como veterano. A su memoria dediqué mi último libro.

Si todos los cubanos que vivimos en el extranjero intentáramos visitar el país —y muchos podrán hacerlo— por Dios que algo cambiará en la Isla. Si el régimen se negara a esta invasión ciudadana, fracasará estrepitosamente el sesgo político más importante de las reformas, que atañe a la imagen internacional de los Castro. La tiranía volvería a mostrar al mundo su cara más despreciable.

Imagínese, amigo lector, a decenas de miles de isleños, al mismo tiempo y todo el año, instalados en los más distantes rincones del país. Imagínese, a la vez, miles de denuncias sobre derechos vulnerados, o sea, el mantenimiento de la prohibición selectiva de entrar.

Quedaría entonces claro que constituye una reforma espuria, traicionada por la propia dictadura que se vio obligada a generarla frente al rechazo internacional y la indigencia económica. Súmese a esto la cifra muy considerable de estadounidenses y de otras nacionalidades —turistas, en fin— que en ciclos de sustitución deambularían por el territorio nacional. Tampoco debe olvidarse que el “socialismo real” concibió los muros ante la convicción de que el contacto destruiría ese socialismo. Estoy también aquí de acuerdo con Obama, aunque el Presidente no pueda decirlo con detalles, por obvias razones políticas.

Sé que teóricamente mi especulación —y no por gusto así la llamo— puede ser rebatida, pero el problema de Cuba dejó de ser teórico y ahora es práctico, y la práctica es el criterio de la verdad, como escribió un mal recordado filósofo.

Si la calidad está estrechamente vinculada con la cantidad, según Hegel en sus leyes dialécticas, el incremento más o menos veloz de personas que respiren, se descarguen y atraviesen la Isla con otra visión y experiencia de mundo desataría un cambio, provocaría un salto único en la historia nacional. Y ello estaría dictado por la concepción pacífica de sus protagonistas múltiples. El desertar nunca obtuvo victoria política, y así lo entendieron los venezolanos. La presencia de cada uno y de todos será un aporte fundamental a nuestra propia democracia, un índice inédito en la lucha civil internacional y un homenaje al Martí más valioso.

La afirmación acerca de que la presencia en la Isla de cubanos que viven en el extranjero fortalecería económicamente al régimen carece ahora de sentido.

Por otra parte, los agentes de la policía política no darán abasto por primera vez en casi 60 años. La impotencia, que hoy es nuestra, mañana será suya.

El tema de los derechos humanos en Cuba es el más serio que enfrentamos, en primer lugar en la sociedad civil. Recuérdese que, como dijera un luchador de magnitud inolvidable, ningún amo dejó de oprimir por castigo de su conciencia. Es necesario presionar. Y hoy las condiciones están dadas.


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