Actualizado: 19/10/2017 11:37
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EEUU, Obama, Visita

Obama no es Cristo

Curiosamente este ritual de normalización, tuvo su nacimiento un 17 de diciembre, Día de San Lázaro, y ahora tiene su asunción en la Semana Santa

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Luces, gritos de sirenas escoltando autos negros (por supuesto) a toda velocidad. Rutas desviadas. Abrir Facebook para mearme de la risa con memes en que Cuba y Estados Unidos se besan ridículamente o intercambian atributos. Eso ha sido para mí el paso de Barack Obama por la capital.

88 años que no pasaba algo así, 57 que parecía imposible. Los muros van cayendo. Con ellos las justificantes para el verticalismo, y para una nación donde la militar es la plantilla más grande.

Estos días he hecho más fotos a policías que en lo que llevo de vida. Es fácil. Te sientas en una guagua y desde la ventanilla aprietas el obturador cada dos o tres esquinas.

“El Presidente va a cambiarlo todo. Tú verás”.

El ómnibus repleto. Aquel hombre cuarentón, calvo, de los que hablan muy alto para que se entere el mundo, repetía la frase. Y trataba de componer una torpe frase en inglés con aquel verso en el que Cuba y Puerto Rico no son islas sino alas de algún ave.

Habla con una señora, la tiene casi arrinconada en su asiento en el medio del ómnibus, pero lo dice para todos: aunque él nació en Puerto Rico, sus abuelos eran cubanos. El tipo está tan excitado con la visita de Obama y su raíz habanera que casi me siento culpable de mi abulia hace días cuando un amigo y colega desde España preguntaba qué había en los rostros y en la calle.

“Expectativa”, me escudé tras esa frase manida que recordaba la expresión con que acaba un jurel en la pescadería. Cerré el chat y no sabía dónde estaba la carga que se me prendió con los anuncios del 17D.

Luego leí mucho, casi como un coro, artículos que recitaban: Obama se va el 22 y Cuba vuelve a lo mismo el día 23. La verdad es que yo agrego: Obama estuvo tres días en este país y ha seguido siendo lo mismo que el 19.

Del causante de nuestros males nacionales y variopintos traumas terrícolas, a un Salvador moreno. No lo creo.

Ya el cubano vio qué pasa con eso de creer en mesías. Quizá de ahí el desgano aunque anuncien memorandos agrícolas y que una cadena hotelera va a operar conjuntamente aquí.

Los apuros del bloqueo y los presos en Guantánamo no van a cambiar con flores a Martí o posando con el Che al fondo. Eso sí: simpático el mulato.

Aprendió a decir qué bolá. Sabiendo que todos los medios cubanos lo tendrían en portada quiso meterse en el show más esperado de la Isla y habló con Pánfilo Epifanio durante unos segundos. Con la sonrisa grande, su distinguida esposa, la suegra vaporosa y las dos esbeltas niñas, hizo el mejor training político que alguien imaginara. Amistó, conmovió, gustó.

Obama trajo consigo un buen frente frío. Pronostican, de los últimos, de la actual temporada invernal. No me importa. La verdad me interesa saber qué es lo que deja. Mi calle, asfaltada, presumiblemente con la mezcla sobrante de la obra en 5ta Avenida, agradece la visita. Pero con eso no basta.

Uno se alegra con perlas como esta: la restauración del correo postal directo. Al segundo día llegó a la casa una camisita de parte de un familiar que reside en Florida. Sé que en miles de hogares hubo sorpresas como esa.

Pero ni siquiera aquella postalita de tela a cuadros me encendió la esperanza.

Curiosamente apegado a la religiosidad cubana, este ritual de normalización, tuvo su nacimiento el 17 de diciembre de 2014, día en que muchos cubanos se arrastran hasta El Rincón con ropas que escuecen la piel en nombre de San Lázaro. Ahora tiene su asunción en la Semana Santa.

Pero Obama no es Cristo. Ni yo quiero que lo sea.

Tenemos que hacer de este un mejor país. Nosotros. Una nación distinta a esa que critica el atropello del que son blanco los emigrantes latinos en EEUU, y que en el Noticiero del Mediodía pide el mismo trato para los cubanos que llegan.

Hay que hacer la nueva Cuba sin íconos que nos cobren luego el peaje de la historia.


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