Actualizado: 23/07/2019 14:59
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Cuba, EEUU, Obama

Oposición pacífica y diferendo

El talante autoritario del régimen persistirá con el partido único y el mesianismo político acaba de reforzarse con eso de que “como prometió Fidel y Raúl lo cumplió”

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We live our lives in chains.
And we never even know we have the key
Eagles, Already Gone, 1974

Así en la paz como en la guerra, los cubanos tienen un presidente de EEUU a quien tachar de traidor, pero… ¿por qué la nación cubana no puede resolver sus problemas sin depender de la Casa Blanca? Al parecer, por falta de vergüenza, que es la cólera reflejada sobre sí misma.

Si la nación cubana se avergonzara de sí misma por aguantar más de medio siglo de dictadura castrista, entonces sería como un león que se recoge antes de saltar, como escribió Marx a Ruge, pero es mucho más fácil desfogar la cólera sobre otros antes que sobre sí mismo. El león cubiche se complace con rugir y resulta que esa desvergüenza se embaraja hasta como la “notable cualidad nacional [de] practicar eficazmente el arte de la espera”.

Martí recogía dinero entre cubanos para dar guerra a la dictadura colonial. Los líderes de la oposición pacífica ni siquiera recogen votos contra el castrismo en el insilio, sino firmas fútiles, y no pueden recoger dinero entre los exiliados. Tienen que atenerse a las asignaciones del presupuesto de EEUU para proseguir el espectáculo de venir de visita a Miami a pregonar en contra de la represión y a favor del embargo, sin que al regreso arrostren las penas previstas en la Ley Mordaza. Ya tienen hasta un “diario hecho en Cuba”.

El diferendo

Así como la traición de Kennedy en la guerra dio pie a acciones armadas que terminaron en derrota, la traición de Obama en la paz obliga a hilar fino en la oposición para no seguir desbarrando. Las meras relaciones públicas —como hablar y tirarse fotos con Obama y el Papa Francisco— no sirven para nada, porque la política gira en torno al poder y la oposición al castrismo adolece de falta de apoyo popular, que es la única fuente de poder de toda oposición pacífica.

Raúl Castro dejó bien claro que, a pesar de la normalización de las relaciones diplomáticas, subsisten diferencias cardinales entre Cuba y EEUU sobre la soberanía, la democracia, los derechos humanos y la política exterior. Así que el talante autoritario persistirá con el partido único y el mesianismo político que acaba de reforzarse con el milagro, el misterio y la autoridad que encierra eso de que “como prometió Fidel y Raúl lo cumplió”.

Para llegar a orígenes

Por mucha teoría elaborada en torno al Estado totalitario, la clave sigue siendo aquella con que el líder político Giovanni Amendola se opuso a la Ley Electoral (1923) en que Mussolini imponía que el partido político con mayor número de votos, siempre que fueran 25% o más del total, ocupara 2/3 de los escaños en la Cámara de Diputados. Amendola acuñó el término “sistema totalitario” para designar la imposibilidad práctica de oposición parlamentaria.

En Che cosa é il fascismo (1925), el filósofo Giovanni Gentile se apeó con que el espíritu totalitario del Estado renovaba la sociedad al penetrar cada esfera de la vida humana. Así ocurrió en Cuba, pero esta clave del totalitarismo se desvanece al filo de la globalización. Lo que se mantiene en Cuba es la imposibilidad práctica de oposición parlamentaria, como consecuencia del único partido, que no postula, pero ejerce control electoral absoluto.

Y como desde que Hans Kelsen dio a imprenta el folleto Von Wesen und Wert der Demokratie (Esencia y valor de la democracia, 1920) se sabe que “la democracia requiere, necesaria e inevitablemente, un Estado de partidos políticos [y] el parlamentarismo es la única forma real en que puede plasmarse la idea de la democracia”, luchar por ella exige dejar atrás tanto la picardía politiquera para echar mano a fondos ajenos como la crasa ignorancia de hacer política al margen de las urnas.

La situación

La politología barata se entusiasmó en 2013 porque casi 800 mil cubanos se abstuvieron de pasar por los colegios electores. Por primera vez la asistencia cayó del 90 %, pero no hay por qué entusiasmarse. El abstencionismo es disfunción electoral de poca monta. La maquinaria democrática del condado Miami-Dade, por ejemplo, funcionó en las pasadas elecciones parciales con solo el 40,74 % de los votantes registrados.

Aunque el castrismo tardío no garantiza ni papel sanitario, la mayoría no remplaza ese papel con la boleta electoral, sino que opta por usarla tal y como Castro manda: votando por todos, algunos o al menos uno de los candidatos, en vez de como manda la lógica opositora: dejar la boleta en blanco o anularla con algún improperio o garabato. Y eso que la gente vota a solas en una cabina.

La politología barata despacha el asunto con que la represión, abierta o sutil, surte efecto, pero si la mayoría de los cubanos votan en contra de su íntima voluntad sin que nadie pueda ver cómo lo hacen ni pedirles cuentas después, entonces no sirven para la democracia que se pregona como meta de no sé cuál transición inevitable.

Plebiscito: delirium tremens

Desde 1988 la oposición pacífica tiene como foco delirante presentar proyectos plebiscitarios a la Asamblea Nacional. Solo que la oposición no tiene allí diputado alguno. Va más allá del delirio de pensar que cualquier iniciativa de tal o cual grupo disidente influirá en la voluntad política de los diputados castristas.

Como la oposición pacífica tiene que discurrir a través de la ley, desemboca sin remedio en la Asamblea Nacional, que es tan legisladora como constituyente. Y como ese parlamento se configura mediante elecciones, sin derrocar la tiranía de los números electorales favorables al castrismo, la oposición interna continuará siendo mero espectáculo para las galerías externas.

Por el diseño legal de lista única de candidatos y validez del voto solo si se emite al menos por uno de ellos, cada elección general o parcial en Cuba es plebiscitaria. Anular la boleta o dejarla en blanco invalida el voto: ése es el NO al castrismo; votar por todos, algunos o tan siquiera uno de los candidatos, es el SÍ. Desde 1976, los cubanos tienen la posibilidad de referendo cada dos años y medio. Votar por apenas un candidato es votar por el gobierno. Si el cubano de a pie no lo sabe todavía, la oposición y los medios de comunicación afines han perdido casi 40 años de tiempo histórico por no explicarlo.

Transición del engaño

La politología barata engaña con que la transición a la democracia vendrá por más acceso a Internet, refuerzo de la sociedad civil con pacotilla e ilustración de la gente (incluso de la élite gobernante) con llamaditos de urgencia sin apuro, mesas de consenso constitucional sin delegados a asamblea constituyente y otras naderías a firmar o discutir fuera del parlamento.

Desengañémonos: en un orden constitucional que refrenda elecciones periódicas con “voto libre, igual y secreto” (Artículo 131) no tiene sentido recoger firmas para proyectos que jamás llegarán al parlamento decisor. Entretanto llegan a la policía las listas de firmantes con sus carnés de identidad. No hay tal riesgo al votar contra el gobierno. Nadie ve cómo vota otro ni podrá pedirle cuentas después.

Si la oposición no capitaliza el descontento para convencer a más cubanos de que votar por cualquier candidato es votar por el castrismo y perpetuarlo, nunca llegará el día en que ese pueblo oprimido —que tanto se invoca— tome conciencia de la fuerza del número y se atreva a respaldar a la oposición.

La politología barata elude la batalla electoral con que la represión al pie del colegio y el fraude en el conteo malograrían toda tentativa opositora, pero aun así sería mucho mejor que seguir con el engaño de que se reunieron las firmas exigidas por la constitución. Nada más que por encauzarse la oposición hacia la vía electoral, el engaño transitaría al bando del gobierno y los opositores tendrían entonces base legal cierta para ir no solo a la prensa extranjera, sino también a los tribunales a denunciar tanto la violación del derecho ciudadano a presenciar los escrutinios en el colegio electoral como la comisión del delito de fraude electoral.

Coda

Así y todo, la oposición no parece guiarse por la racionalidad política, que es tan solo de votos al descartarse las balas. Viene guiándose más bien por el interés grupal. No hay reproche moral por ello. El mercado de ideas es eso: mercado, y cada cual debe aprovechar como puede la coyuntura para ir tirando la iniciativa que alguien pague. Solo que la Cumbre de las Américas y la Unión Europea auguran ya la contracción del mercado para quienes no acaban de ganar el apoyo del pueblo cubano y siguen la rima de tumbar al castrismo tardío con papelitos que no son boletas electorales.


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