Actualizado: 16/08/2019 16:52
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Cuba, España, Independencia

Otra historia de Cuba

El autor considera las luchas independentistas cubanas contra España como capítulos de una “guerra civil”, y que la historia económica de la Isla aún no se ha escrito

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Antes de la toma de La Habana por los ingleses, en Cuba se desarrolló la industria naval más importante del imperio español. Hoy ese hecho ignorado y casi olvidado dice mucho de la clase de personas que fabricaron aquel país y de los que luego escribieron su historia.

Cuando le llegó el turno al azúcar, no solo se experimentaron en Cuba las tecnologías más avanzadas de la época, sino que se logró alzar dicha producción al primer nivel mundial. ¿Cuál fue el secreto de aquellos varones? La libertad de comercio y la liberalización de los sectores productivos.

Una vez conseguida la relativa estabilidad política de la Península, a la que no poco contribuyeron ingenuamente las fortunas cubanas, el restablecimiento del absolutismo de Fernando VII trajo aparejado un control más estricto de la riqueza generada, con un aumento impositivo exponencial de las exportaciones, sin olvidar la creación de un mercado cautivo para las incipientes producciones textiles catalanas y mineras vascas.

Pero fue la creación del Banco Español de La Habana, y la centralización de las relaciones comerciales por parte del Estado a través de un Banco Central, las que terminaron provocando la pérdida de influencia primero y la ruina después, sobre todo en la parte oriental de la Isla, de una gran parte de aquella oligarquía criolla industriosa que se financiaba principalmente con capitales foráneos en Londres y en Nueva York.

Algún día se escribirá una historia económica de la isla de Cuba y podrán distinguirse claramente estos tres momentos fundamentales. El primero, que se terminó con el fracaso de la Junta de Información en 1867, pues allí se puso claramente en evidencia que ya los criollos no eran los dueños de la finca. El segundo, cuando esos mismos criollos ganaron ayudados por Estados Unidos la “guerra civil” contra España. Para aquel sector de la sociedad cubana, 1902 supuso una momentánea restauración de sus fueros históricos mantenidos durante siglos. El restablecimiento de la plaza como principal productor de azúcar, en tan breve plazo la década siguiente, no podría explicarse racionalmente sin las competencias y experiencias acumuladas el siglo anterior.

Fidel Castro representa el último movimiento de esta historia, la revancha en suma de los modestos inmigrantes españoles que vinieron a Cuba buscando fortuna y que perdieron en la guerra civil. No hay que hacer un gran esfuerzo de imaginación para imaginar a Ángel Castro inculcando a su progenitura el odio a aquella oligarquía criolla tradicional impermeable, responsable no sólo de acaparar ilegalmente las riquezas nacionales, sino haciéndola gestora de la ruina de España.

En consecuencia, contra ella valían todos los recursos incluyendo el de la expoliación. Por esa razón, la destrucción definitiva de la riqueza acumulada por la antigua oligarquía antes y sobre todo durante la República Mambisa, era legítima ante los ojos de los españoles recién llegados, cuyos descendientes no lo olvidemos apoyaron masivamente a Castro en 1959. Para ellos fue muy fácil favorecer el discurso de un mesías que prometía por fin justicia para todos y al mismo tiempo cerrar los ojos contemplando con entusiasmo como se desarticulaban las estructuras productivas, las redes sociales y la industria creada por los ganadores del 98.

Los lazos económicos entre España y Cuba nunca se rompieron definitivamente y hoy sin el engorro de tener que administrarla directamente España le saca todavía bastante provecho, o lo que es lo mismo: España perdió la batalla del 98 pero por causas ajenas a su voluntad ha terminado ganando la guerra. Si los cubanos no pueden ver hoy esta realidad es porque durante más de 100 años, historiadores de aquel grupo oligárquico se fabricaron a la medida una historia que impide por el momento atar los cabos sueltos.

Cuba nunca fue una colonia como las otras. En lo inmediato la Península no va a pasar de repente al primer plano pero su hora llegará. La colonia española en la Isla está llamada a crecer exponencialmente (sobre todo si se extiende la ley de abuelos). Tampoco sus miembros a pesar del tiempo perdido en experimentos revolucionarios han olvidado que una vez sus antepasados cruzaron el Atlántico para hacer América. Ahora solo les falta ganarse el poder político que les corresponde.


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