Actualizado: 10/07/2020 19:25
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Proyecto Varela, Oswaldo Payá

Payá y la crisis de su oposición

El autor afirma que pensar que el castrismo asesinara a Payá entraña el mismo desvarío que llevó a declarar al socialismo irrevocable como respuesta al Proyecto Varela

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La bandería disidente, que no acertó antes en cómo oponerse a Castro, tampoco sabe ahora cómo desaparecer.

Oswaldo Payá ha muerto y merece honor, por haberse puesto en el bando anticastrista, pero el revuelo en torno a su muerte indica que cunden aún la mala memoria y hasta el fanatismo entre sectores de la oposición empeñados en seguir el camino del Proyecto Varela hacia la nada.

El engaño de las firmas

La Constitución socialista (1976) reformada (1992) dispuso: “La iniciativa de las leyes compete a los ciudadanos. En este caso será requisito indispensable que ejerciten la iniciativa diez mil ciudadanos, por lo menos, que tengan la condición de electores” (Artículo 88.g). Nada tiene de estrategia política transfigurar este requisito en firmas que se recogen y empacan a gusto. La Constitución no exige por lo menos diez mil firmas, sino diez mil ciudadanos con la condición de electores. Así que, como dicen que enseñaba el padre Félix Varela, hay que pensar primero para saber cómo se acredita que uno es ciudadano cubano con derecho electoral.

No hay que pensar mucho. Los preceptos constitucionales siempre se precisan con leyes complementarias. Para ejercer la iniciativa legislativa, no sólo por los ciudadanos, sino también por los demás autorizados (diputados a y comisiones de la Asamblea Nacional, consejos de Estado y de Ministros, direcciones nacionales de las organizaciones sociales y de masas, Tribunal Supremo y Fiscalía General), la legislación complementaria está explícitamente formulada en el Capítulo V (Procedimiento Legislativo), Sección Segunda (Iniciativa Legislativa) del Reglamento de la Asamblea Nacional (1996), que inequívocamente exige a todos presentar los proyectos de ley en determinada forma (Artículo 63) y a los ciudadanos en particular, además, “declaración jurada ante notario, donde se acreditará la identidad personal mediante los datos del carné de identidad como documento idóneo y probatorio de la individualización de una persona, así como de que no está invalidada para ejercer el sufragio activo o pasivo” (Artículo 64).

Salvo que se pretenda usarla como nos dé la gana, la Constitución no puede invocarse trastocando sus términos y desentendiéndose de la legislación complementaria, porque la propia Constitución exige: “El cumplimiento estricto de la Constitución y de las leyes es deber inexcusable de todos” (Artículo 66). En contra de la Constitución y de la ley complementaria específica, Payá elaboró su Proyecto Varela como panfleto —no como proyecto de ley en su formulario prefijado— y presentó al bulto las primeras 11.040 firmas (mayo 10, 2002), a pesar de que el jurista disidente René Gómez Manzano advirtió enseguida sobre las fallas del proyecto.

El ademán opositor de Payá se volvió hasta engañoso al presentarse de nuevo el mismo proyecto (octubre 3, 2004), sin advertir a los 14.384 firmantes que así no iba a ninguna parte, porque no se habían rectificado los defectos señalados de entrada por la Comisión de Asuntos Constitucionales y Jurídicos de la Asamblea Nacional al rechazar el Proyecto Varela en noviembre de 2002.

El infortunio de las consolaciones

Payá guardó silencio acerca de por qué se había rechazado y dejó correr las versiones de que los burócratas de la Asamblea Nacional habían engavetado el Proyecto Varela o no dieron respuesta justa. Solo que Fidel Castro largó en Biografía a dos voces (2006) que “ese Proyecto Varela lo recibió la comisión, lo estudió, le respondió y lo que ocurrió fue que sus promotores no quisieron recibir la respuesta” (página 390). Así, Castro sirvió en bandeja de plata mediática la oportunidad para que Payá saliera públicamente a desmentirlo y el régimen quedara en ridículo. Payá calló escandalosamente, porque sabía que la verdad no estaba de su lado y los burócratas de la Asamblea Nacional tenían el dictamen de rechazo y las constancias de envío.

Sólo la mala memoria y la proclividad al fanatismo dan pie a pensar que el Estado castrista se dignara a urdir el asesinato de un rival así. A la tercera, que entre cubanos es la vencida, el Proyecto de Varela tuvo que lanzarse en Madrid (octubre 24, 2008) y expiró en transición pacífica del engaño a la concreción fuera de lugar.

Ahora el revuelo alrededor de la muerte de Payá es otro avatar de la propensión a emparejarlo con un rival político que ganó dos guerras civiles en sucesión y la guerra sucia contra la CIA. Pensar que el castrismo montara un complot para asesinar a Payá entraña el mismo desvarío que llevó a esgrimir la movilización de Castro para refrendar el socialismo irrevocable como respuesta al Proyecto Varela.

Aquella movilización no respondió a una iniciativa legislativa tan defectuosa que se despachaba —como se despachó— por simple dictamen de una comisión burocrática, sino expresamente a la “Iniciativa para una nueva Cuba” lanzada por el presidente Bush (mayo 20, 2002) con sendos discursos en Miami y Washington. Aquí, y no en La Habana, está el rival al que Castro responde con aparatosas movilizaciones de masas. Para la disidencia interna Castro emplea agentes, turbas y a los mismos disidentes. A este último respecto recuérdese, entre tantos ejemplos, que la Agenda para la Transición Cubana puntualizó en su Declaración de Jaimanitas (2011):

“En una entrevista reciente el compatriota Payá negó a ultranza que la unidad fuera necesaria y un par de semanas después sale con el Camino del Pueblo, asegurando que era un llamando a la unidad. Cuando nos pidieron firmar la misma, señalamos que parecía un ardid de este hombre que se encuentra totalmente solo, para hacer ver lo contrario recogiendo firmas y nada más. Nos juraron que no, que se trataba de un cambio, pero después el mismo ha estado esquivando un compromiso serio con la unidad, mientras espera el otorgamiento del Nobel para darnos un puntapié. Para pícaros y habilidosos ya tenemos bastante con los 52 años de Castro, y el Sr. Paya ha utilizado estas habilidades varias veces con sus compatriotas”.

Al igual que el artículo 88.g de la Constitución castrista, la respuesta típica de Castro frente a “las pretensiones del imperio” se pegó al Proyecto Varela sin tener nada que ver. Ni siquiera la fuerza del número justificaba reacción alguna del castrismo más allá del mero trámite y de dar pita a una disidencia errática, con pugnas intestinas y aun penetrada.

En las elecciones generales anteriores (1998) a la presentación del Proyecto Varela, unos 531 mil cubanos no acudieron a las urnas o fueron a dejar en blanco o anular la boleta. De esta contra electoral Payá logró capitalizar sólo el 2.08 %. En las elecciones siguientes (2003), unos 510 mil cubanos volvieron a manifestarse en contra de Castro. La segunda vuelta del Proyecto Varela capitalizó tan sólo el 2.82 % del electorado anticastrista.

Si sumamos ambas tandas del Proyecto Varela (ca. 26 mil) y aplicamos el rasero del electorado completo (unos 8 millones), este movimiento opositor representó apenas el 0.33 % de los ciudadanos con la condición de electores. Así ni siquiera hubiera sido reconocido como entidad política en la verbena democrática de 1939, que exigía al menos el 2 % de electores afiliados para entrar en el juego político que desembocó en la pimpante Constitución de 1940.

Coda

Así las cosas, ¿a qué viene imaginar que Castro movilizara tanta gente contra el Proyecto Varela o mandara a matar a Payá? Al parecer, a que la contrarrevolución anticastrista pasa por alto, amén del pensar primero o primero pensar del padre Varela, la vieja pauta martiana (enero 24 de 1880) de que la [contra]revolución no puede ser solo de la cólera, sino también de la reflexión.


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