Actualizado: 26/09/2018 10:19
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Fuerza, Poder, Democracia

Poder duro, poder blando, poder agudo: poder

Al igual que el poder duro, el poder blando es más eficaz en las relaciones internacionales mientras mejor se proyecte hacia el exterior

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“El poder no es un medio, sino un fin en sí mismo”
George Orwell

Una introducción médica

Hace muchos años, en la Unidad Intensiva Quirúrgica del Hospital Calixto García, en La Habana, recibimos y tratamos quirúrgica y médicamente a una adolescente de 16 años de edad que presentaba múltiples fracturas en ambas piernas, en un brazo, en el tórax, en el rostro, lesiones pulmonares y hepáticas, una buena cantidad de heridas profundas y unas extrañas abrasiones que luego comprendimos que eran quemaduras eléctricas.

Aquella niña, eso lo supimos un poco después, amenazó a su madre con matarse si no le permitían mudarse con su novio y no se le ocurrió nada mejor que pararse por la parte de afuera del balcón de su viejo hogar, un apartamento en malas condiciones en el quinto piso de un edificio ubicado, si mal no recuerdo, en la calle Lamparilla o por ahí cerca (los datos no son muy exactos a propósito).

El balcón, o una buena parte de él, construido vaya usted a saber si e 1900, o incluso antes, se derrumbó junto con la muchacha y terminó hiriendo de poca gravedad a tres o cuatro transeúntes de los muchos que observaban el espectáculo, cortando los cables eléctricos entre dos postes, aplastando el techo y los capós de varios almendrones que estaban parqueados en la calle y provocando un apagón que duró varios días. Y claro, dejó además coja y con una parálisis facial permanente a la interfecta.

No recuerdo bien la cara de la joven, que por demás estaba bastante deforme por la enorme inflamación, pero lo que no puedo olvidar es su inconsolable llanto, una vez despierta y ya fuera del respirador mecánico, acompañado de su tardío lamento: —¡Coño, yo no quería matarme ná, lo que quería era convencer a la pura!

Todo ese evento, que, como tantas cosas en la vida, salió mal, muy mal, no fue más que un intento inmaduro y aparatoso de despliegue de poder de convencimiento (manipulación le llamaron los psiquiatras que la vieron y malacrianza lo denominó una perspicaz enfermera de la unidad). O sea, una muy mal diseñada, abigarrada y peligrosísima mescolanza de poder duro, poder blando y poder agudo.

Dejemos entonces, por ahora, ya la hemos trajinado bastante, a la pobre chica lesionada y comentemos un poco el uso actual de estos términos, poder duro, poder blando, poder agudo, en la política, especialmente en la internacional.

Poder duro (Hard power)

El poder duro de una nación, sin importar su sistema socioeconómico, sus instituciones o su escala de valores éticos y morales predominante, está conformado básicamente por sus fuerzas armadas, sus agencias de inteligencia, sus medios electrónicos (detección e intrusión / SIGINT) y la eficacia y volumen de su economía, sobre todo si todas estas cosas pueden proyectarse eficazmente hacia el exterior.

También puede definirse el poder duro como la diplomacia coercitiva basada en el uso de la fuerza (guerra de cualquier clase), las alianzas punitivas, la intimidación, el soborno y la sanción. La tan repetida frase del alemán Carl von Clausewitz (1780-1831): “La guerra es la continuación de la política por otros medios” puede tomarse también como una definición, aunque incompleta, del poder duro. El palo y la zanahoria es una imagen burda pero muy atinada para comprender el concepto de poder duro.

Dejemos claro que sin la habilidad de proyectar el poder (power projection / force projection) el poder duro se vuelve irrelevante, por lo menos en el campo internacional. Un par de ejemplos entre miles: En la época de la guerra de las Malvinas (1982) la dictadura argentina practicaba, hacia el interior de su país, un poder duro mucho más coercitivo que el que practicaba la Inglaterra democrática hacia los suyos. Pero la flota británica supo, y pudo (dicen que con las ayudas encubiertas chilena y norteamericana / alianzas), proyectar su poder duro hacia el Atlántico Sur y por esa razón las Malvinas, las Falkland en realidad, siguen siendo hasta hoy inglesas. Y por supuesto, todo el mundo sabe que los 19 superportaviones y portahelicópteros norteamericanos en servicio actualmente en todos los mares del planeta demuestran la gran comprensión que tiene este país del concepto de proyección del poder duro. La “Teoría de la disminución del gradiente de fuerza con la distancia” (Loss of Strenght Gradient / LSG) estudia desde el punto de vista militar estas correlaciones. Pero no nos alejemos del tema básico de nuestro breve artículo.

Desde que el hombre es hombre ha existido el poder duro y su utilización complementaria, aunque el concepto politológico es relativamente reciente. El arco y las flechas, la lanza, el escudo y las hondas pedreras fueron un salto enorme hacia el afianzamiento del poder duro, pero también lo fueron la agricultura y la ganadería, que permitían ofrecer, o negar, bienes de consumo a los que no eran de la tribu, a los otros.

Y en “los otros”, no lo olvidemos, está la clave del valor real del poder porque sin los otros, como aliados, como “más o menos aliados”, como neutrales o como francos rivales y/o enemigos, no somos nada. Y no somos nada porque el poder se basa en lograr los propósitos que hemos diseñado, en este caso en política exterior, e imponer nuestra voluntad política (o la que sea) a los demás, y los demás son los otros.

La chica de la introducción utilizó el poder que ella tenía “¡Me mato, me mato!” para intentar convencer a su madre, pero cometió un tremendo error por falta de realismo (el balcón estaba en pésimas condiciones estructurales) y objetividad de análisis. Y es que, sin realismo, que no es más que la correcta apreciación del verdadero estado de nuestro poder, del verdadero estado del poder del otro y del verdadero estado del entorno que nos rodea a ambos, el poder duro, por muy fuerte que parezca, puede dejarnos, si abusamos de él, en la estacada. Y algo más. Sin visión de futuro, sin una doctrina a largo plazo, el poder duro se convierte en pura y simple fuerza bruta, una fuerza que termina, a la corta o a la larga, por disiparse o incluso por volverse contra su valedor.

Dicho de otra forma: El estudio histórico a largo plazo del poder duro demuestra que, aunque muy útil (y muy remunerativo y agradable contar con él), muchas veces termina resultando contraproducente. Por supuesto que ese efecto negativo para el dueño del poder a veces toma muchos años, generaciones incluso, en hacerse evidente, pero no siempre. Veamos solo tres ejemplos entre decenas y decenas a los que pudiéramos recurrir:

  1. Durante la denominada Segunda Guerra Médica (por los Medas - 480 ANE) el poder duro, tanto militar como económico, de los persas era abrumador comparado con el de las pequeñas ciudades estado griegas. Pero los persas no contaron con la determinación y preparación de los espartanos en las Termópilas y de los atenienses en Salamina, y tampoco contaron con la impreparación relativa, en medios técnicos y entrenamiento, de sus numerosas tropas. Un gran poder duro desperdiciado por una gran falta de realismo y objetividad por parte de los persas. Y gracias a eso hoy somos descendientes directos de la filosofía grecolatina, que incluye, entre otras cosas, la democracia. Piense como seríamos nosotros hoy si los persas hubiesen conquistado, y desmantelado, el mundo griego.
  2. Felipe II de España (1527-1598), hijo y heredero directo del Emperador Carlos V, disfrutó de un poder, tanto en el plano militar como en el político y económico (poder duro), tan extraordinario que muy pocos gobernantes, anteriores y posteriores, han logrado alcanzar. Llegó a gobernar, en los momentos cumbre de su imperio, sobre territorios ubicados en todos los continentes habitados del planeta. Pero el mal manejo de las finanzas y la industria, entre otras cosas por la dependencia del oro y la plata provenientes de las colonias americanas, iniciaron (no todas las culpas fueron de él) el declive imperial convirtiendo a España, con el tiempo, en un país pobre y atrasado que todavía hoy lucha, sin demasiado éxito, por ponerse a la par de los estados europeos punteros.
  3. La historiografía cubana tradicional, tanto la republicana como la castrista o la que se hace en el exilio, ha sacralizado a José Martí. Todas, desde perspectivas e intereses diferentes, incluso a veces contrapuestos, convergen en la idealización supraterrenal del hombre real que fue Martí. Y en efecto, hay muchas y muy buenas razones para admirar al pensador, poeta, periodista, ensayista, diplomático y patriota cubano. Pero también hay razones, y estoy consciente de que este enfoque será polémico entre nosotros, para dudar de la procedencia y eficacia de organizar y llevar adelante la denominada “guerra necesaria” o guerra de independencia. La España de 1895 era relativamente débil, es cierto, pero débiles eran también los alzados en armas. Y fuertes, muy fuertes, eran los norteamericanos a los que según el propio Martí se les quería impedir el acceso ilimitado a Cuba (e incluso al resto de las Américas) mediante “una guerra rápida”. Una guerra rápida que la realidad demostró imposible hasta que intervinieron esos mismos norteamericanos. El resultado práctico y muy real de ese empleo del (poco) poder duro por parte de los separatistas fue justamente el opuesto al deseado por José Martí. Es más, esa “guerra rápida” fue el detonante para elevar a Estados Unidos a uno de los primeros lugares (poco después el primero indiscutido) de poder duro sobre la tierra y disminuirles a los cubanos sus opciones. Y muy probablemente estemos viendo, y viviendo aún (y vaya usted a saber por cuánto tiempo más), las secuelas de esa falta de comprensión de las realidades cubanas, españolas y del entorno político y militar de la época.

Pero también, seamos justos con las diferentes opiniones, puede alegarse que todas las sociedades humanas son intrínsecamente inestables, o sea, que no son capaces, por múltiples razones que no vamos a discutir aquí, de mantener inalteradas las relaciones de poder a lo largo del tiempo. Y por tanto pudiera haber ocurrido (“if”) que un mundo dominado por los persas (los actuales iraníes) hubiera resultado muy bueno y democrático a la larga, o que España hubiera evolucionado peor de no haber existido la política de explotación americana y de abandono de la industrialización de Felipe II, o que, de no ser por José Martí, y los que lo siguieron, Cuba hubiera seguido siendo hoy una oprimida colonia de España. Quizás, pero todo eso pertenece al mundo del “if” y el “if” no es ni politológico ni histórico, es solo literatura y la literatura pertenece al mundo de la ficción.

Como dicen los boricuas con un sentido muy agudo y práctico de la realidad: “Lo que hay es lo que hay”.

Por otra parte, al repasar el concepto de poder duro nos viene a la boca, y nos desagrada, un cierto sabor a maldad escondida o contenida, a cinismo puro y duro. Y es cierto, los fundamentos de la política realista “realpolitik y sus variantes y desarrollos posteriores” que nos llegan desde el casi mítico general chino Sun Tzu, el historiador griego Tucídides, los retóricos de la Roma imperial, pasando por Nicolás Maquiavelo, el Cardenal Richelieu, Fouche, Bismarck y entroncando actualmente con el teólogo protestante norteamericano Reinhold Niebuhr y el siempre presente Henry Kissinger, son, por definición, amorales. El poder duro puede hacer, por rebote, el bien (pensemos en la derrota del fascismo, el nazismo, el militarismo japonés y el comunismo soviético en el curso del siglo XX) pero no ha sido ideado para ejercitar la caridad y la compasión sino el poder a favor de los estados modernos sin importar, o importando muy poco, los medios.

El teólogo norteamericano Reinhold Niebuhr, padre del desarrollo teórico del concepto de poder duro, lo definió así: “El interés supremo de los estados es la búsqueda, el aumento o el mantenimiento de su poder. La política es y será siempre una lucha entre los diferentes egos por la dominación y el poder”.

Los politólogos actuales, más edulcorados y palabreros, dividen los fines del poder internacional en: 1- alcanzar y mantener el liderazgo (goal), 2- lograr la máxima influencia (influence) sobre los actores, hechos y eventos que les interesan, 3- preservar la seguridad (security) propia, 4- controlar los recursos y capacidades (capabilities) y, 5- mantener o incrementar el status de la nación en el mundo.

Hoy estamos viviendo tres puntos focales básicos de enfrentamiento de poderes duros, los tres con historias ya bastante largas de impasses y tragedias militares y humanas. El primero es el Medio Oriente (Israel, EEUU, Irán, Arabia Saudita, Siria y toda una serie de componentes proxis) y lo nuevo es como el vacío de soluciones va atrayendo a contendientes relativamente ajenos (Rusia) hasta hace poco. Pronóstico de futuro: absolutamente incierto. El segundo es Afganistán, uno de esos extraños lugares donde gentes acostumbradas desde siempre a pasar trabajos y vivir del aire van doblegando, más por cansancio que por la fuerza militar, a potencias acostumbradas al poder granítico: Inglaterra, Rusia, Estados Unidos. Pronóstico de futuro: absolutamente incierto. El tercero es la península coreana (Corea del Norte, Corea del Sur, EEUU, China, Japón y algo escondida Rusia), un lugar lejano y pequeño para un problema inmenso. Aquí puede que tengamos la oportunidad de asistir al gravísimo problema (un poder duro si los hay) del (mal) ejemplo. Si Corea del Sur y Estados Unidos ceden a la amenaza de la fuerza bruta (la posibilidad de un misil balístico con una carga termonuclear explotando en Seúl y/o en Washington) y aceptan un gobierno imperial de Corea del Norte intacto (aunque supuestamente sin armas nucleares), las ventajas de poseer (o amenazar con poseer) armas nucleares se harán, para mucha gente, tan evidentes y llamativas como los anuncios lumínicos de La Habana de los años cincuenta. Pronóstico de futuro: más que incierto.

No olvidemos tampoco que el poder duro puede ser ejercido, y se ejerce, por alianzas gubernamentales (Comunidad Europea, OTAN, NAFTA), organizaciones económicas (Banco Mundial, FMI, Wall Street, G-7, G-20, Tratado Asia-Pacífico), instituciones religiosas (Vaticano, Concilio Anglicano), instituciones de presión étnicas (Grupos sionistas internacionales), empresas transnacionales (Apple, Microsoft, Amazon, Alibi), elementos terroristas transnacionales (ISIS, Al Qaeda), carteles delincuenciales (Camorra, Mafia Siciliana, Guerrilla Colombiana), conglomerados delincuenciales “socialmente lavados” (Inversionistas rusos internacionales procedentes fundamentalmente de la KGB, Odebrecht) e incluso agrupaciones de difícil clasificación como Wikileaks y Anonymous.

Y puede sufrir mutaciones, como veremos más adelante.

Poder blando (soft power)

En el acápite anterior vimos que hay dos formas básicas de convencer rápidamente a una persona: 1- A la fuerza (una pistola en la cabeza puede lograr maravillas), o, 2- Con dinero (el italocubano Orestes Ferrara decía que no había un general en Cuba que aguantara un cañonazo de $50 000. Las cifras, claro, han variado al alza con el tiempo).

Pero… ¿qué pasa si no disponemos de dinero suficiente, o no tenemos a mano la pistola, o sencillamente la persona está dispuesta a dejarse matar o no está dispuesta a dejarse comprar? Pues nos queda una tercera opción, que es convencer, influenciar, persuadir, seducir, atraer o como queramos denominar al arte de lograr lo que queremos sin ejercer la fuerza o la corrupción económica. El único problema con esto es que tenemos que olvidarnos de la rapidez, o sea, hay que tener paciencia para lograrlo.

Y la paciencia nos lleva directamente al poder blando.

El poder blando, o suave, es aquel capaz de incidir en la mente y la receptividad de los otros mediante la diplomacia, el liderazgo pacífico, la buena reputación, la solidaridad (asistencia), la cultura, la educación, las instituciones, la ideología, la historia, la ciencia, el éxito y todo aquello que influya sin aparentar coerción.

Al igual que el poder duro, el poder blando es más eficaz en las relaciones internacionales mientras mejor se proyecte hacia el exterior. Un ejemplo rápido: Un megaportaviones es una imagen casi suprema de poder duro, pero si esa enorme nave militar es utilizada para prestar asistencia (rescate, tratamiento hospitalario, generación eléctrica, asistencia alimentaria, transporte, etc.) a un país o región asolada por un desastre natural, se convierte entonces en un magnífico ejemplo de poder blando en acción.

Desde que el hombre es hombre también ha existido el poder blando, aunque el concepto politológico fue enunciado al mundo académico por el profesor de la Universidad de Harvard Joseph Nye en el año 1990. La caída pacífica del Muro de Berlín y el derrumbe del campo socialista tuvieron mucho que ver en las exposiciones teóricas de Nye por aquella época. La definición minimalista que él expresa es: “El poder blando no es otra cosa sino la capacidad de influenciar sin coerción las acciones de otros”.

El estudio Portland (2015) define seis factores de poder blando utilizados para crear una escala de medidas nacionales: cultura, empresa, digitalización, compromiso, educación y buen gobierno (gobernabilidad). Otra cosa, el poder blando funciona mejor mientras menos se parezca a la propaganda: cero propaganda es la mejor propaganda. Goebbels, el de la mentira repetida hasta convertirla en verdad no fue, obviamente, un adalid del poder blando.

Los ultrarealistas, los fanáticos de la realpolitik tienen serias objeciones que hacerle al poder blando, sobre todo por la más o menos probable ineficacia del mismo y además por la necesidad de “tener paciencia” para lograr objetivos. Una respuesta entre muchas de los partidarios del poder blando es que un hombre paradigmático de la guerra, el general Sun Tzu, al que ya mencionamos más arriba, escribía que “El supremo arte de la guerra es someter al enemigo sin luchar” y también “nunca ha habido una guerra prolongada de la que un país se haya beneficiado”.

Pero no nos equivoquemos, el poder blando, al igual que el duro, también contiene un elemento de amoralidad y de cinismo. Y lo tiene porque está diseñado para una labor de larga data que apunta a remodelar a los otros a la imagen y semejanza del valedor del poder. Por eso el poder blando también ha sido llamado “la segunda cara del poder”. Es la mano izquierda “buena” de la mano derecha “mala”. El poder blando no es una forma idealista, materialista, democrática, liberal, conservadora, centrista o lo que sea sino simplemente una forma de poder, o sea, una manera no violenta de obtener los resultados políticos que quieren alcanzarse. La chica de la introducción intentó apelar al amor de su madre por ella en lugar de atacarla físicamente, pero se interpuso el poder duro de un balcón en ruinas.

Lo que si puede ocurrir en ocasiones es que elementos no tomados en cuenta por el diseño político terminen por convertirse en armas (valga la paradoja) del poder blando. Se nos ocurre el ejemplo del jazz, un género musical mal visto en su momento por las élites de poder norteamericanas que ha conquistado el mundo. Pero eso fue en un tiempo; en cuánto se dieron cuenta del valor de seducción del jazz y todos sus derivados, pasó a ser un elemento indiscutible, e indiscutido, del poder blando.

Sucede a veces que el poder blando se beneficia directamente del poder duro. Las misiones militares contra los piratas, las operaciones de rescate de civiles secuestrados o en áreas de peligro y las misiones de mantenimiento de la paz, los cascos azules, constituyen básicamente ejemplos de poder duro que funcionan como poder blando. El estudio profundo de estos aspectos, por supuesto, es sumamente complejo.

Los valores y activos del poder blando son casi infinitos. Joseph Nye cita tres como muy importantes: La democracia, los derechos humanos y las oportunidades individuales. Pero, y esto es importante, no todas las personas ni todas las naciones son influidas por los mismos valores. Prueba al canto. Los “ismos” (totalitarismos) del siglo XX, comunismo, nazismo, fascismo, militarismo, falangismo, maoísmo, castrismo, cada uno con sus características propias, pero al mismo tiempo negando todos, incluso oficial y legalmente la democracia, los derechos humanos y las oportunidades individuales han tenido millones de seguidores y militantes. Seguidores muy reales que han combatido y dado la vida por ellos. Puede argumentarse que esos sistemas se han basado en la coerción y la represión brutales, y es cierto, pero eso no explica del todo la enorme capacidad que esos sistemas han tenido en sus momentos de auge para generar mitología y poder blando.

El caso del castrismo y su extraordinaria supervivencia más allá incluso de la muerte del caudillo, aunque no es hoy nuestro tema, es merecedor de un estudio mucho más profundo y mucho más serio del que ha sido objeto hasta ahora. De hecho, y esto es muy aleccionador en cuanto a la fuerza del mito y el poder blando, el anticastrismo actual no proviene (o proviene mínimamente) de la democracia clásica, del capitalismo conservador o de los valores liberales “aplastados a sangre y fuego en los primeros años y ya envejecidos o muertos” sino del propio castrismo, o para decirlo de otra manera, un poder duro, durísimo, engendrando su propia oposición blanda.

Pero dejemos eso ahí, volveremos en su momento, y no nos desviemos.

En el acápite anterior hablábamos de la resistencia griega a la invasión persa. Pensemos ahora en la gigantesca fuerza, un poder blando inconmensurable, que generó el pensamiento griego en la historia de las ideas del mundo occidental. Unas ideas que continúan estando presentes, y muy vivas, en el núcleo de nuestra civilización cuando ya otros sistemas de ideas muy posteriores han desaparecido por no resistir la prueba del tiempo. Como escribió Carlos Marx, quien lo diría, “la práctica es el criterio de la verdad”, y la práctica ha liquidado casi completamente al propio marxismo, pero no al pensamiento griego.

De la asociación del poder duro y el poder blando se deriva el poder inteligente (smart power), teorizado también por el politólogo Joseph Nye (la politóloga Suzanne Nossel es otra de los proponentes del concepto). Es una teorización muy norteamericana y su principal valedora fue la candidata demócrata (perdedora) Hillary Clinton. Ella lo definió así: “El poder inteligente es una aproximación que destaca la necesidad de una armada fuerte y organizada, así como también el establecimiento de todo tipo de alianzas y de asociaciones, tanto entre países como entre instituciones, y a todos los niveles, con el fin principal de extender la influencia estadounidense, y de apoyar la legitimidad y el prestigio del poder americano”.

Curiosamente, el actual vicepresidente norteamericano, Mike Pence, ha utilizado en algunos de sus discursos los conceptos del poder inteligente.

La “netpolitik” es una variante del poder inteligente propuesta, hace ya bastante tiempo, por el politólogo David Bollier y los miembros del club de Aspen. Plantea cubrir el mundo con la red de redes, controlada por los norteamericanos, para “ahogar en influencia positiva” las relaciones internacionales. Pero como una cosa piensa el borracho… las cosas del mundo no están yendo precisamente en la dirección de la “influencia positiva”.

Y eso nos lleva al…

Poder agudo (Sharp power)

El autoritarismo está nuevamente en un período de franco crecimiento en el planeta, acompañado de una caída pronunciada del poder blando que estos gobiernos autoritarios pueden generar (el caso turco, entre otros, es muy ilustrativo), pero esta vez los gobiernos autoritarios encuentran servida y lista para emplearse un arma que los iguala, y que en ocasiones les permite superar las posibilidades “blandas” de los gobiernos democráticos: las tecnologías de la información, la inteligencia artificial (AI) y las redes sociales.

El así llamado poder agudo (sharp power), por tanto, viene a ser un híbrido entre el poder duro y el poder blando. Un híbrido altamente agresivo y contra el que no es fácil luchar con eficacia salvo que se esté dispuesto a la confrontación directa, o sea, a la utilización del poder duro a plena capacidad contra el que nos golpea con el poder agudo.

La primera definición clara de poder agudo fue introducida por los académicos Christopher Walker y Jessica Ludwig en el estudio The meaning of Sharp power: How authoritarian statesProject influence, publicado en 2017.

El poder agudo se propone, sin arriesgarse o arriesgándose lo menos posible, provocar problemas, desorden, confrontaciones, caos e inestabilidad en el país blanco, o incluso algo peor, provocar que el país blanco degrade, por miedo o por revancha, sus capacidades de generar poder blando.

Ejemplifiquemos lo dicho. Si somos capaces, mediante la manipulación, la distracción, la mentira, el bullying y otros medios, y sin llegar a la guerra, de producir en un estado blanco cualquiera que este implemente la censura, pierda la fe en sus instituciones, repela sus alianzas y se repliegue sobre sí mismo, habremos obtenido una victoria “barata” sobre ese estado. En otras palabras, habremos acercado a ese estado al autoritarismo, y por tanto lo habremos convertido en una especie de “aliado” mucho menos eficaz y poderoso que lo que era cuando gozaba del máximo prestigio.

Obsérvese que aquí la idea no es derrotar al contrario mediante medios puramente militares o económicos (poder duro) o atraérselo mediante la influencia cultural, el nivel de vida, el consumo, el prestigio, la gobernabilidad o incluso la buena comida (poder blando) sino degradarlo, caotizarlo, hacerle disminuir o perder sus logros democráticos, en una palabra, volverlo loco. Es una forma nueva de obtener la victoria, con paciencia, pero sin los larguísimos métodos del poder blando. Y, por supuesto, tratando de evitar a toda costa los enormes costos de la confrontación bélica.

Y obsérvese también que aquí el estado agresor utiliza “la debilidad” democrática del estado agredido. Hemos supuesto que la democracia, los derechos humanos y las libertades individuales son palancas del poder blando, pues bien, aquí la idea es valerse de esas “palancas” de poder blando precisamente para penetrar y degradar, o sea, vencer, a ese estado. Piense por un momento en las interminables elecciones venezolanas y en el “desmerengamiento” (les suena) de la oposición democrática de ese país y estará pensando sin darse cuenta en el poder agudo. Si hemos estado de acuerdo que tanto el poder duro como el blando tienen un elemento innato de cinismo, aquí, en el poder agudo, el cinismo alcanza niveles insospechados.

Pero sus defensores abiertos, que los hay, alegan que no matan a nadie (o matan muy poquito). Es más, sus defensores niegan rotundamente que el poder agudo exista. Si los países blancos de “ese fantasma” se vuelven inestables y caóticos, es sencillamente porque la democracia no sirve. Obsérvese que ya en el argumento hay una especie de “victoria” lograda sin disparar un tiro. Aquí entramos, ni que decirlo, en el extraño territorio de las “fake news”, la “posverdad” y otras lindezas por el estilo.

La niña lesionada de la introducción solo quería mudarse con su novio. Si lo miramos bien, sobre todo desde la perspectiva actual, no pedía demasiado. Pero cuanto destrozo y caos creó para obtener resultados tan magros. Es que nadie le había enseñado las “virtudes” del poder agudo bien utilizado.

Pero eso es pasado.

Ya es tiempo de señalar que son Rusia y China los principales sospechosos de emplear vigorosamente el poder agudo. Pero probablemente no sean los únicos (Israel sería otro sospechoso). Y por supuesto, la tentación de utilizar estos métodos es muy grande para mucha gente, máxime que se puede recurrir a los proxis, o sea, los que se presten, por dinero u otros medios, a laborar para los verdaderos culpables.

Pero tengamos paciencia y esperemos, que seguramente vendrán otras formas de poder, más duras, más blandas, más o menos inteligentes, más romas o más agudas o de formas que ni nos imaginamos ahora porque lo último que dejarán de lado los seres humanos, cueste lo que cueste, será… el poder.

Qué como muy bien nos decía Orwell, es un fin en sí mismo.


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