Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Bush, Cuba, Obama

Por una política más realista hacia Cuba

Esclarecer de que, en el fondo, se trata de un cambio de táctica y no de posición es fundamental para entender el acuerdo alcanzado entre Washington y La Habana

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Durante décadas, tanto legisladores demócratas como republicanos, se mostraron más interesados en aparentar ante sus electores un interés por la situación en Cuba, que en contribuir a un cambio real en la nación caribeña.

Esta realidad siempre ha encontrado en Miami un acondicionamiento político: los republicanos diciendo que eran los demócratas quienes no querían un verdadero cambio político en la Isla y los segundos respondiendo desde una posición defensiva, con el argumento de que los primeros no habían hecho nada útil al respecto. En la práctica ambos partidos hicieron lo posible por no destacar sus objetivos comunes: el impedir una situación de inestabilidad en la Isla que desencadenara un éxodo masivo.

¿Cuánto ha cambiado esta situación, con las declaraciones del presidente Barack Obama y el gobernante Raúl Castro de iniciar los pasos hacia el restablecimiento de relaciones diplomáticas y el anuncio del alivio a ciertas restricciones económicas y de viajes hacia la Isla, por parte de Estados Unidos? De momento, mucho y poco. Mucho, porque es un primer paso que ningún mandatario estadounidense se había atrevido a llevar a cabo. Poco, ya que es una decisión presidencial, que de inicio tiene un objetivo limitado, tanto por el hecho de que los cambios mayores dependen de un apoyo congresional, que aún se desconoce, como por la cautela impuesta debido a la incertidumbre ante la posible reacción cubana: ¿dará Castro los pasos necesarios para al menos justificar el cambio de táctica estadounidense?

Esclarecer de que, en el fondo, se trata de un cambio de táctica y no de posición es fundamental en este caso. Dejar claro que es un nuevo desarrollo surgido en la Casa Blanca y no desde Washington es igualmente importante.

Solo así puede entenderse lo que arriesga Obama y lo que no está en juego.

Pretender que lo que se busca es un cambio político en Cuba a corto plazo resulta tan desacertado como afirmar que en realidad todo se reduce a darle “oxígeno” al régimen.

En principio es válido afirmar entonces que lo que hace Obama es continuar esa estrategia puesta en marcha tanto por gobiernos demócratas como republicanos, y que se resume en lo enunciado al principio: contribuir a que la situación en la Isla no llegue al punto en que se produzca un estallido social, caos y violencia y amenazarían con un éxodo masivo —ignorar que precisamente lo que viene ocurriendo desde hace años es un éxodo silencioso y en aumento es otro punto— y una situación de inestabilidad a noventa millas de las costas de EEUU.

En este sentido, los puntos de vista de Obama y George W. Bush —tan reverenciado aún por parte de la comunidad exiliada— no son tan distantes como parecen a primera vista.

El lunes 31 de julio de 2006 Miami despertó con el entonces presidente Bush desayunando en el restaurante Versailles, donde declaró que la desaparición del gobernante cubano Fidel Castro estaba en manos “del Buen Dios”. Esa noche, por varias horas, algunos alimentaron la ilusión de que en verdad Bush tenía línea directa con el Cielo. Parecía que Castro estaba muerto o a punto de morir y que el cambio había llegado. Pero tras la euforia vino la incertidumbre y luego la inercia.

El jueves de esa misma semana, pese a que comenzó a hacerse patente que Castro estaba vivo, y que su muerte no era en las próximas horas, el nivel de confrontación siguió aumentando. Bush se unió al coro de irresponsables que pedían a los cubanos de la Isla que iniciaran acciones, pese a que desde un primer momento la mayoría de la disidencia había pedido calma y cautela. Llamó a los cubanos a “actuar por un cambio democrático”, aunque insistiendo en que se quedaran en la Isla. Ese “quedarse en la Isla” resultó fundamental, por encima de cualquier otra declaración.

El viernes la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, hizo un llamado similar al del Presidente, pero enfatizó que los cubanos no debían dejar el país.

“Estados Unidos respeta sus aspiraciones como ciudadanos soberanos”, dijo la entonces jefa de la diplomacia estadounidense, quien al tiempo que expresaba el interés de Washington por un “cambio positivo” en Cuba, instaba a sus habitantes a no abandonar la Isla, lo que reflejaba una vez más el temor de Washington de que un periodo de inestabilidad en esta originara un éxodo masivo de refugiados.

Ese mismo día vino la primera señal de un cambio en el énfasis del mensaje. El portavoz de la Casa Blanca, Tony Snow, afirmó que eran “absurdos” los temores del régimen de una invasión norteamericana.

Al mismo tiempo, Snow calificaba de “prematuros” los debates sobre cambios en la política estadounidense hacia Cuba y destacaba que “no hay cambios en la política global ni en detalles de la política” en este momento.

El viraje se hizo evidente el domingo, cuando Rice dijo que Estados Unidos no atizará una crisis política en Cuba.

“No vamos a hacer nada para atizar una sensación de crisis o una sensación de inestabilidad en Cuba”, dijo Rice en el programa Meet the Press de la cadena de televisión NBC.

La funcionaria volvió a advertir contra un éxodo masivo hacia Estados Unidos.

El gobierno norteamericano no ha cambiado su estrategia desde entonces. Si el gobierno de Bush no hizo nada para “atizar” una crisis en Cuba, por qué esos mismos republicanos critican ahora a Obama por hacer lo mismo.

En menos de una semana, el fantasma de un éxodo masivo se convirtió en el factor determinante en la política de Washington hacia Cuba. Lo demás han sido declaraciones retóricas de cara a Miami. Si en un principio la administración de Bush dijo que “aceptaría un gobierno dirigido por Raúl Castro”, en la práctica terminó aceptándolo. No buscó establecer relaciones diplomáticas, es cierto. También es verdad que impuso restricciones al envío de remesas, viajes e intercambios culturales y académicos. Pero en la práctica ninguna de esas medidas repercutió en el aumento de los derechos humanos en Cuba ni en el inicio de una vía democrática para los cubanos. Lo demás es retórica antigua, acomodo a los intereses de cada cual y fines partidistas.

En el diálogo —pronunciar esta palabra fue durante años un tabú en Miami— en el diálogo a iniciarse entre ambos países, lo que se busca de inmediato es el mejoramiento de los vínculos en temas que aparentemente pueden conversarse sin provocar un rechazo de acuerdo a “principios” —como inmigración, narcotráfico, correos, protección ambiental— no una discusión política.

Visto bajo esta perspectiva, resultan absurdas las declaraciones del senador Bob Menéndez, en el sentido de considerar una “falacia” que “el régimen cubano vaya a cambiar” a la luz del acuerdo de acercamiento alcanzado con el Gobierno de Barack Obama. Lo más probable es que el legislador tenga razón. Lo que debió agregar es que ese no es ese el objetivo supuesto e inmediato del acuerdo.

En cuanto al asegurar que éste solo logrará “perpetuarlo”, se trata de una opinión personal, tan válida como cualquier otra.

Con relación a esta segunda parte de su opinión, lo que Menéndez no tiene en cuenta son dos factores: uno es la edad del gobernante cubano y otro es que el gobierno de EEUU está abriendo una vía no tanto con Castro sino con quienes posiblemente lo sustituyan. Lo demás es empecinamiento “castrista” e incapacidad o deseo en estos momentos, por parte del gobierno norteamericano, de ensayar otros métodos para forzar un cambio de régimen en la Isla. Y en esto, Obama tampoco se diferencia de Bush. Que Menéndez sea un miembro importante del Partido Demócrata queda a un lado en sus declaraciones.

Desde los lejanos planes de la CIA para exterminar a Fidel Castro, una y otra vez en este país se ha repetido un esquema similar, difícil de entender fuera de Estados Unidos: la utilización de amplios recursos y fondos millonarios con el objetivo de no lograr nada. Lo que en muchas ocasiones se ha interpretado como torpeza o franca ineficiencia no ha sido más que la apariencia de un proyecto destinado al fracaso. Sólo una nación que cuenta con un presupuesto de millones y millones de dólares, entre ellos algunos destinados al despilfarro, puede llevar a cabo tal tarea. En el caso cubano, Washington lo ha hecho con éxito durante décadas. La consecuencia es que ha surgido un “anticastrismo” que es más un empeño económico que un ideal político, alimentado en gran medida por los fondos de los contribuyentes.

Cuando a finales del siglo pasado la transformación de este modelo se acercaba al punto clave, en el cual la estrechez del objetivo político del grupo del exilio que lo sustentaba hacía dudar de sus posibilidades futuras, la llegada al poder de George W. Bush dilató su supervivencia, al tiempo que impuso un gobierno con una carga ideológica —afín precisamente a los principales beneficiarios del “modelo anticastrista”— como no se conocía en esta nación desde décadas atrás. La política de extremos pasó a ser la estrategia nacional y no una maldición miamense. Pero al mismo tiempo, y en lo que respecta a Cuba, esa política de extremos no fue más allá de la retórica y de medidas inútiles.

En Miami muchos exiliados cubanos no han podido sacarse los clavos del castrismo, pero quieren que los demás carguen la cruz por ellos. Se han ido de la Isla para continuar con una comparación inútil y absurda. Responder al mal con el desatino y a la represión con la intransigencia. Empeñarse en el estancamiento con la excusa de lo perdido.

El presidente Obama está intentando romper un modelo repetido hasta el cansancio, tanto por republicanos como por demócratas, respecto al tema cubano. Este aire renovador es necesario. En lo que respecta al caso cubano, se debe terminar con el engaño de que se “está haciendo algo” para derrocar al gobierno de La Habana cuando en realidad no así. Puede, es muy posible, que este mejoramiento en los vínculos entre ambos países no produzca a corto plazo avances en cuanto a derechos humanos y libertades fundamentales. Nada hace esperar que así sea.

No hay razones tampoco para disminuir los esfuerzos para lograr un cambio democrático en la Isla y se deben incrementar las denuncias sobre su carácter despótico. El senador Menéndez critica al presidente Obama por aceptar el asistir a la Cumbre de las Américas a la que también acudirá una delegación cubana, posiblemente presidida por Raúl Castro. Menéndez dijo estar “extraordinariamente decepcionado”. Es cierto, es realmente decepcionante. Pero un acto no hace una política, aunque indudablemente contribuye a ella. Es tema al que se debe volver, cuando se conozcan más detalles sobre los participantes en la delegación estadounidense y a quienes buscará promover la Casa Blanca en dicho evento.

Por lo pronto, nunca hay que olvidar que EEUU responde siempre a su interese como nación, como cualquier Estado. Uno puede estar a favor o en contra. Si en su momento Bush todo lo dejó en manos “del Buen Dios”, por qué pretender ahora continuar con el estancamiento, bajo el pretexto a priori de lo “equivocado de la política”. Intentar hablar con los demonios es muy peligroso, pero al parecer la línea con el Cielo sigue dando ocupada, pese a los adelantos de la telefonía.


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