Actualizado: 17/05/2024 12:58
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John Wayne, Memoria Histórica, Estatua

Recuerdos de Santa Ana

Para el autor, derribar las estatuas de personajes famosos, por equivocadas o repugnantes que hayan sido sus ideas o filiaciones políticas, solo se justifica en los casos de genocidas, de autócratas y de dictadores

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Hace pocos días un curioso impertinente me preguntó en que ciudad de California yo había vivido.

—En Santa Ana —le contesté.

—Yo también viví en California, pero en Beverly Hills —me respondió en tono presuntuoso.

Después me enteré que el petulante coterráneo, era un magnífico cocinero que ejercía su profesión en las mansiones que tanto abundan en ese exclusivo suburbio de Los Ángeles. Al fin de cuentas, el individuo no mintió. La cocina es un honroso lugar para vivir en cualquier lugar del mundo.

No es mi intención defender la ciudad en la que residí veinte felices años; después de todo, son las circunstancias y las personas lo que importa.

Pero para informar a quienes no la conocen, en Santa Ana y sus ciudades aledañas como Irvine, Tustin y Costa Mesa hay mansiones comparables a las de Beverly Hills. Ah, y Santa Ana está a solo una hora de Beverly Hills; que, aunque yo no nací ni viví ni fui criado en ella, la visitaba con frecuencia.

El clima, como en todo el sur de California, es excelente el año entero. Durante el verano, la temperatura baja varios grados en cuanto anochece. En contraste con Chicago, conocida como “la ciudad de los vientos”, en Santa casi no los hay. Siempre me maravilló la perenne inmovilidad de sus árboles y flores, solo alterada algunos días del año por losSanta Ana Winds, bautizados con el nombre de la ciudad que visitan, aunque se originan en las colindantes zonas desérticas.

Santa Ana tiene un excelente sistema de transporte. Muchos de sus habitantes usan el servicio local de autobuses dentro de la ciudad; y varias autopistas facilitan el tránsito a lugares más lejanos. Hay también la opción de usar el tren, tan puntual, que muchas personas que trabajan en Los Ángeles dejan sus autos en el amplio parqueo de la estación para viajar cómodamente a su destino.

La ubicación geográfica de Santa Ana es ideal. Dista (en automóvil) 45 minutos de Los Ángeles, 15 de Disneyland y del Angels Stadium, sede del equipo Los Angeles Angels, 4 horas de Las Vegas, 1 de San Diego, 1 1/2 de Palm Springs, 1 1/2 de la frontera con México, 2 de Rosarito y 3 de Ensenada, agradables ciudades de Baja California en la costa del Pacífico. Y a menos de media hora de Santa Ana están Laguna Beach y Newport Beach, para los amantes de surfing y otros deportes acuáticos.

Santa Ana forma parte de un conglomerado de ciudades contiguas de límites invisibles, y está habitada por etnias diversas; baste decir, que si Miami tiene su “Little Havana”, en Westminster existe un “Little Saigon”. En Costa Mesa hay un Performing Arts Center, tan fastuoso como el Arsht Center de Miami. Y a 15 minutos del centro de Santa Ana, está el John Wayne International Airport. Un aeropuerto moderno presidido por la enorme estatua del mítico actor.

Últimamente se han presentado varias mociones para cambiarle el nombre y remover su estatua. Se acusa a John Wayne (1907-1979) de haber sido xenófobo, y homófobo, por las declaraciones que hizo en una entrevista publicada en la revista Playboy en mayo de 1971. Una estupidez del famoso cowboy de los westerns hollywoodenses, ya que sus tres esposas eran de origen español, mexicano y peruano respectivamente. Además, Greg Muñoz el esposo de Melinda, su hija, era de origen mexicano. Por tanto, sus descendientes tienen en sus genes un gran porcentaje de esas nacionalidades.

Sea de ello lo que fuere, no me parece apropiado derribar las estatuas de personajes famosos, por equivocadas o repugnantes que hayan sido sus ideas o filiaciones políticas. Eso solo se justifica en casos de genocidas como Stalin, Putin y Hitler y autócratas y dictadores como Machado, Batista y Castro.


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