Actualizado: 23/10/2019 9:47
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Revolución: Los Aldeanos o el desmontaje semiótico de la palabra

El grupo de rap Los Aldeanos, animadores del nuevo movimiento de la “canción protesta”, logran reciclar la vieja retórica y la convierten en un boomerang.

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Hace años, en un ensayo que titulé ¿Quiénes son los contrarrevolucionarios y por qué? intentaba una autopsia de la palabra revolución, una aproximación semiótica a su connotación cultural y política. Entonces advertía que para superar el estado de violencia simbólica de la Cuba posrevolucionaria se hacía imprescindible, en primer lugar, un desmontaje de su retórica; porque el cubano no sólo está preso en una cárcel natural, física; es además reo de conciencia de una estructura ideológica, de un mundo de construcciones semánticas. Eso implica que no exista liberación real sin el desenmascaramiento de la esencia reaccionaria de esos discursos ideológicos de sometimiento.

He dicho en otras oportunidades que la revolución cubana tiene mucho de Ready Made y de performance. Es de cierta forma una revolución pop, iconoclasta, pintoresca, dirigida al consumo de masas, que se alimentó del escenario político y cultural de los años 60. Al capitalizar esos discursos y somatizarlos, estaba garantizando una legitimidad universal. Para lograrlo tenía que elaborar conceptos, dotar de un sentido etimológico y una connotación nueva a los que existen, ya que el hombre interactúa con su entorno a través de representaciones mentales. En una palabra: darle a su “producto” un sentido y un discurso original y distribuirlo mediante agresivas campañas de marketing social.

Esta estrategia no es nada original, la aplicaron los césares en la edad antigua y el nuevo césar Adolfo Hitler en su delirio expansionista de inspiración neoromana; y hasta ciertas democracias modernas. Una transformación política debe venir acompañada de un idioma nuevo, que ponga de manifiesto que todo lo anterior es obsoleto, que no deje espacio para ser juzgada con las herramientas tradicionales. Por eso lo primero que hace un gobierno autoritario y demagógico es reelaborar la tradición, enmendar o derogar las constituciones y generar un nuevo sistema lingüístico: la jerga de los vencedores. El glosario de las dictaduras es amplio y está lleno de eufemismos y ambigüedades: GULAG y UMAP para enmascarar con siglas campos de trabajo forzado, “delitos contra la seguridad del Estado” que propician un limbo legal en el que se incluye lo mismo un acto terrorista que la oposición pacífica; en fin, tarea para los lingüistas. Separando la hojarasca, que es mucha, se puede llegar a los conceptos esenciales de esa andanada ideológica. Dentro de ellos el principal es el de Revolución. Es por decirlo de algún modo, el skandalón, la trampa, el mayor obstáculo y la piedra sobre la que se levanta ese edificio simbólico.

Hace unos días he podido ver el excelente documental Revolución, de Mayckell Pedrosa, sobre el grupo de rap Los Aldeanos, animadores del nuevo movimiento de la “canción protesta”. Es divertido reciclar la vieja retórica, verla retornar como un boomerang; porque de eso se trata, de un fantasma que regresa de forma autógena, y si ya existe el concepto ¿para qué inventar uno nuevo? A eso me refería en ese viejo ensayo de hace más de una década: un sistema simbólico cerrado y autofágico sólo puede desmontarse desde su propia lógica, utilizando su propio lenguaje. Si la canción protesta original le cantaba al idilio de la revolución estos nuevo músicos le cantan a su desencanto, a su decadencia y a su traición… y su música, sin lugar a dudas es una protesta. Así que califica perfectamente dentro de la canción protesta.

Lo más sorprendente del documental no es la excelente facturación, el montaje, la historia, el resultado visual del material cinematográfico, sino el debate sobre un término de alta teoría culturológica, que parece esencial en la estética y el sistema de valores de Los Aldeanos. Un tema que parece anacrónico en medio de una conversación con un músico popular. Me refiero a la apropiación y relectura del concepto de Revolución. Borges lo vería como la encarnación de las obsesiones de un escritor. Yo lo veo como un cambio en la mentalidad de cambio, una de las premisas indiscutibles para progresar. Es reconfortante que una generación descubra por sus propios medios, sin la ayuda de ningún tipo de pensamiento organizado, de ninguna sombra tutelar escrituraria, esas verdades. De esa manera el encuentro es más auténtico y sincero. En aquel ensayo de marras intentaba explicar el porqué no debe temérsele al adjetivo de contrarrevolucionario en el contexto cubano, pero que era preferible llegar a la raíz del fenómeno, entender que el hecho de capitalizar una palabra no basta para darle sentido a las acciones.

Hay términos fraudulentos que esconden sobrada impostación. No hay por qué aceptar un epíteto que no nos corresponde, sobre todo cuando la realidad es otra: la revolución cubana, anquilosada en viejos conceptos, cerrada a los cambios, adocenada por su ideología obsoleta, ha terminado convirtiéndose en un sistema de gobierno profundamente reaccionario. Por esa razón, es inaceptable que un Estado cosificado en el tiempo, apelando a un acto de prestidigitación ideológica, se autodenomine portador de una vitalidad de cambio perpetua, y califique de contrarrevolucionarios a los que se le oponen, intentan superarlo, transformarlo, o simplemente ponerlo a tono con la dinámica de la sociedad contemporánea. Los Aldeanos le han descubierto el truco al viejo mago, y tensando las cuerdas de ese discurso, usando la misma nomenclatura —es casi imposible desmontar una lógica discursiva sin usar sus mismos códigos; algo en que ya practicaba la dialógica socrática—, denuncian la engañifa política rebelándose como herederos de un pensamiento revolucionario real, de una manera descarnada, grave y directa. También lo hace Porno para Ricardo, pero su mecánica es otra: enfrentarse, burlarse, ridiculizarla, desafiarla, colocarse en la posición del otro. Está bien. A veces es recomendable esa dosis de irrespetuosidad frente a los dioses falsos.

Los Aldeanos, en cambio, sintonizan y descortezan el discurso ideológico, socavándolo desde adentro. Pueden tener una expresión punk, como advierte el crítico y ensayista Roberto Zurbano, entrevistado también en este documental, pero es indudable que portan un contenido patriótico de izquierda. Frente a Porno para Ricardo la dictadura aún tiene recursos —uno de ellos es la cárcel, por la que su cantante Gorki Águila ha pasado varias veces—, pero con Los Aldeanos queda hecha trizas, pierde su esencia revolucionaria, aquella dinámica vital que le ha garantizado su legitimidad. ¿No apelan Los Aldeanos al guevarismo radical, al romanticismo revolucionario, despertando a uno de los fantasmas predilectos de la izquierda internacional? Aunque sólo sea una pose, ese recurso de alguna forma les garantiza inmunidad temporal, y les granjea simpatías en el mundo occidental, donde el prestigio intelectual e ideológico de la archinominada revolución cubana ya deja mucho que desear. Sería francamente alucinante que Aldo o El B (miembros de Los Aldeanos) fueran encarcelados por “revolucionarios”. Pero en una dictadura brujuleante cualquier cosa es posible.

Lo cierto es que el episodio de Los Aldeanos es una estupenda excusa para pensar sobre el discurso simbólico que se teje entorno a la Revolución. No porque sea vital, como lo es en este caso, sino porque esa trampa semántica atrae como un imán. Surte el efecto de los cantos de sirenas. Es la tela de araña en la que se teje el mito, la mirada de la víbora que petrifica antes de atacar. Y en ella corren el riesgo de caer, o han sido atrapados durante estos cincuenta y un años, además de los oportunistas y extremistas sin remedio, gran parte de la intelectualidad honesta de izquierda del mundo. Las construcciones simbólicas tienen ese poder de autoregeneración, esa habilidad para trastornar las mentes incluso en los confines más remotos. Sobre todo en los confines más remotos. Eso en parte explica por qué cuesta tanto trabajo que los líderes de opinión y partidos de izquierda del mundo asuman una posición objetiva con respecto a los desmanes del gobierno cubano; aún ellos, entrenados en democracia, defensores de derechos humanos, activistas de las causas más justas, palidecen frente a ese avatar. Y es que criticar al centro reificado, la verdinglichung del pensamiento progresista, la Revolución encarnada, te convierte de súbito en un apóstata. Sobre todo porque La Habana se ha ocupado de insinuar constantemente que ser de izquierda en un país democrático es una alternativa cómoda: lo que es totalmente incierto. Que un comunista europeo, en cuanto a conciencia social y política, no le llega a los calcañales a un militante cubano: una abierta provocación para alardear de superioridad, ningunear la independencia de pensamiento de sus correligionarios y un vulgar recordatorio de quién es el que manda. ¿De donde proviene esa autoridad moral y esa legitimidad ideológica? De su lugar histórico, de su autoproclamada condición de ejemplo. Desde muy pronto, Cuba se ocupó escrupulosamente de contrarrestar su limitada importancia geopolítica con acciones concretas que la llevaron a convertirse en un papado alternativo de la izquierda pobre y más tarde a heredar el liderazgo perdido de la ex URSS. Ese considerable poder político se basa en una constante semiótica. En Cuba han cambiado muchas cosas a lo largo de los años, pero algo ha permanecido inalterable: su vocación revolucionaria expresada en la capitalización de una palabra. Una palabra que sobrevive más allá del fin de las utopías gracias a su mítica trascendental. Son el estandarte de la revolución social. Se las ha ingeniado para convertirse en ese mar de la historia en el que confluyen todas las revoluciones que la anteceden, desde la revolución francesa, la de octubre, hasta la república de Weimar. Cuba es la Revolución, así a secas.

Los mitos también tienen su fecha de expiración. Falta poco para que se desconstruya la fachada de ese edificio simbólico. Entonces, como ya sucedió en la década de 1970, cuando la Revolución apenas se descascaró un poco, otra generación de la izquierda internacional se descubrirá traicionada, defensora de un espejismo político, verá tras los altares a un pueblo manipulado por una obsesión totalitaria, que quizás, y sólo para otorgarle el beneficio de la duda, pudo haber tenido un origen genuino. Además de un ejercicio liberador, presumo que sea una lección histórica. A lo mejor entiendan por qué hay que dudar de las palabras y los discursos, esas caprichosas ingenierías mentales que deben estar al servicio de los hombres y no a la inversa. Ninguna autoridad ideológica, política, militar o religiosa es más legítima que lo que nos dicta nuestra propia conciencia de hombres libres. Es decir, de hombres que actuamos con conocimiento de causa. Por mucho oro, mirra e incienso que reciban, los dioses seguirán siendo de yeso. Nada podrá salvar esa imaginería histórica ni los sacrificios aplacarán su ira nunca; porque detrás de esas estructuras vacías se esconden las ambiciones y la demagogia de los hombres.


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