Actualizado: 17/08/2018 22:24
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Bolton, Cuba, Ataques

Rubio y Bolton: sordos y virus

¿Cuánto tiempo falta para que renazca el tema de la “amenaza de las armas biológicas en manos del régimen cubano”?

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Si uno lleva suficientes años escribiendo sobre Cuba, tarde o temprano, cada vez que surge un nuevo tema, comienza a sufrir una especie de alucinación auditiva; a escuchar ciertos chirridos, algo parecido a un sonido de grillos.

No es que sea víctima de un “ataque sónico”. Es que a ambos lados del estrecho de la Florida las historias se repiten, se cuentan y escriben dos veces, con cierto empecinamiento —similar en ambos rivales políticos e ideológicos— en no dejar mal parado a Marx.

Durante una audiencia en el Senado el martes, a falta de una mejor explicación ante la incapacidad para dar una respuesta sobre lo ocurrido hace más de un año a diplomáticos y espías estadounidenses y canadienses —que en un principio se identificó como ”ataques acústicos o sónicos” y ahora tiende a referirse más vagamente como “incidentes”—, los funcionarios del Departamento de Estado recurrieron a lanzar la suposición aventurada: la posible utilización intencional de un virus para infectar a los empleados.

Aunque nadie avanzó más allá de la hipótesis, por un momento tantearon una vía con un historial de desacuerdos, desacatos y falsedades; declaraciones sin sustento para ganar favores y votos.

Todd Brown, subdirector del servicio de Seguridad Diplomática en el Departamento de Estado, no mostró pruebas para atribuir los ataques a un virus. Otros funcionarios al tanto de la investigación habían dicho antes a la Associated Press que un virus u otro patógeno no encabezaban su lista de posibles causas.

Pero la teoría del virus acaba de aterrizar en el Senado y no deja de ser tentadora, aunque peligrosa. Más cuando se contempla dentro de la trama actual, de nuevas pesquisas para sustituir a las anteriores, que no encontraron nada, y de tantas preguntas sin respuestas que acercan con fuerza al debate a “la vieja disputa entre quienes apoyan y quienes se oponen a vínculos más estrechos entre Estados Unidos y Cuba”, como bien ha señalado Josh Lederman en un cable de la Associated Press.

Y aquí es donde comienzan a oírse los grillos.

El cuento de las armas biológicas

John R. Bolton, exembajador de Estados Unidos ante Naciones Unidas y exsubsecretario de Estado —ambos cargos durante la presidencia de George W. Bush— terminó quejándose de que dicha administración, de la que ya no era miembro, no mostraba al resto del mundo su agresividad y poderío de una forma enérgica.

Es más, por aquellos años del segundo período presidencia de Bush hijo añoraba la época en que los halcones eran numerosos en la Casa Blanca, cuando cubrían todas los puestos y nada se movía que no fuera aprobado por ellos.

Esos tiempos han vuelto ahora, solo que Bolton, hasta el momento, se ha quedado fuera del reparto. Dicen que por un problema de bigote. Pero no se sabe si en un futuro más o menos cercano decidirá afeitarse o le perdonan la facha.

Bolton se hizo famoso por una actitud muy recurrida entonces, durante la época de Bush, y que ahora vuelve a estar de moda: cuando un informe de inteligencia no le convenía o no le gustaba, simplemente lo echaba a un lado y decía que no servía.

En su época de subsecretario de Estado, Bolton se caracterizó por interpretar con fines ideológicos los análisis de inteligencia y en hacer afirmaciones que no estaban sustentadas en datos (el senador Marco Rubio ahora parece ser su mejor heredero). Un buen ejemplo de ello fue lo que dijo respecto a la supuesta amenaza bioterrorista que significaba Cuba.

El 6 de mayo de 2002, pocos días antes de la visita del expresidente Jimmy Carter a Cuba, Bolton declaró ante una audiencia del conservador Heritage Institute: “Estados Unidos cree que Cuba dispone al menos de un programa limitado de investigación y desarrollo de armas biológicas ofensivas”, tras lo cual agregó que la Isla había “suministrado biotecnología de uso múltiples a otros Estados terroristas”.

Luego se supo que la principal intención de Bolton era obstaculizar el viaje de Carter a Cuba y desprestigiar al expresidente demócrata. El propio Secretario de Estado de entonces, Colin Powell, se vio obligado a suavizar —y en parte rectificar— las declaraciones de Bolton.

Al sector más extremista del exilio de Miami le encantaron las declaraciones de Bolton. Siguieron repitiéndolas meses y años después. Agregaron nuevos “testimonios” de desertores; se realizaron programas de televisión y se escribieron artículos y reportajes sobre la “amenaza”.

Aunque quienes salieron en defensa de Bolton y afirmaron que Cuba era una amenaza bioterrorista para la región nunca aportaran alguna prueba concreta al respecto. Al parecer, su silencio fue la única prueba verídica que pudieron brindar. Y pasó el tiempo hasta que el tema cayó por su propio peso. Nadie ha vuelto a mencionarlo. Pero, ¿cuánto tiempo tardará hasta que esta referencia a “un virus” en la audiencia del Senado despierte ese argumento dormido?

El análisis y la ideología

Fulton Armstrong, fue un analista de la CIA que criticó el discurso de Bolton sobre la amenaza bioterrorista de La Habana. Armstrong fue entonces uno de los expertos que Bolton trató de que fueran despedidos (en este caso que la CIA lo sacara de la nómina).

El nombre de Armstrong, con más de 20 años de experiencia, saltó al dominio público por primera vez durante las audiencias de confirmación en el Senado, para que Bolton ocupara el cargo de representante de EEUU en Naciones Unidas —algunos consideraron que de forma inapropiada, ya que se encontraba entonces trabajando como agente encubierto en el exterior—. Bolton nunca fue confirmado, y ocupó la posición de forma interina durante un año.

Armstrong trabajó en la Oficina de Intereses de EEUU en La Habana a finales de los años 80. Luego desempeñó el cargo de director del Hemisferio Occidental del Consejo de Seguridad Nacional para un área que incluía a Cuba. En 2000 fue asignado como principal analista de inteligencia para América Latina del Consejo Nacional de Inteligencia (NIC). Durante esos años realizó informes de inteligencia sobre Cuba, Nicaragua, Haití y Venezuela (el nombre de Armstrong también volvió a aparecer posteriormente en la prensa, porque formó parte del grupo de trabajo interagencias sobre Cuba al que pertenecía la espía Ana Belén Montes; más adelante Mauricio Claver-Carone consideró que Armstrong estuvo detrás de los reportajes de la Associated Press sobre los programas de USAID en Cuba).

De acuerdo a la publicación neoconservadora The Weekly Standard, Armstrong escribió un estudio sobre inteligencia para la CIA en 2002, ya desclasificado. El estudio destacaba la existencia de cuatro prioridades diferentes en los asuntos de interés nacional, de las cuales solo dos eran de una “importancia estratégica genuina”.

Armstrong calificaba a las medidas políticas de EEUU hacia Cuba en la tercera de estas categorías. Estas medidas no estaban, por lo tanto, destinadas a resolver un problema de prioridad nacional. Todos los asuntos concernientes a la Isla —así como las respuestas de Washington— carecían de lo que el analista consideraba una real importancia estratégica.

Según Armstrong, “en ocasiones, cuestiones que no afectan a la nación en su conjunto son elevadas a la categoría de interés nacional debido al poder de los electores. Al tiempo que en un sentido general son consistentes con el interés nacional, estas prioridades políticas favorecen a los intereses de un grupo sobre otros. Estos electores presentan de una forma muy activa sus enfoques [sobre una cuestión considerada de interés nacional], pero sus opositores consideran que estos soslayan aspectos más importantes”.

Luego se preguntaba: “¿Debe un analista aceptar el punto de vista de intereses muy particulares y limitados, como una expresión válida del interés nacional, cuando una administración parece apoyarlos?”.

El dilema, presentado por Armstrong en el estudio, tiene una plena vigencia en lo que respecta al supuesto “ataque sónico” o de otro tipo ocurrido a estadounidenses y canadienses.

Con hechos y sin pruebas

El doctor Charles Rosenfarb, director de la oficina médica del Departamento de Estado, ha rechazado las conjeturas de que los problemas de salud fueron psicosomáticos. La AP ha informado que anormalidades en el cerebro fueron detectadas en los estadounidenses que enfermaron, específicamente cambios en los tractos de la materia blanca que forman el sistema de comunicación interna del cerebro.

Se desconoce cuántos pacientes presentaron las anormalidades. Sin embargo, Rosenfarb dijo que, de los 80 empleados de la embajada y sus cónyuges, que fueron examinados entre febrero y abril de 2016, 16 tenían síntomas y “hallazgos clínicos médicamente verificables” correspondientes a una leve lesión traumática en el cerebro. El verdadero total quizá sea más alto, porque otros estadounidenses fueron sometidos a exámenes después de que ocurrieran supuestamente nuevos ataques, de acuerdo a la AP.

Algunos síntomas comenzaron “a los pocos minutos y hasta horas después del evento”, como “dolor agudo y focalizado en el oído”, fatiga extrema y visión borrosa. En muchos pacientes, los síntomas desaparecieron días o semanas después, pero luego desarrollaron otros males persistentes, como problemas de memoria y concentración. La pérdida auditiva en un solo lado, así como problemas de sueño y equilibrio también fueron persistentes. De los 24 pacientes, 10 regresaron a laborar al menos tiempo parcial.

Por otra parte, un total de 27 canadienses destinados en Cuba han sido examinados, después de que varios de ellos sufrieran diferentes dolencias inexplicadas.

De estos 27 individuos, entre personal diplomático y sus familias, ocho necesitaron atención sanitaria por síntomas como mareos, dolores de cabeza y hemorragias nasales.

Las autoridades canadienses han explicado que, hasta el momento, las familias de tres diplomáticos destacados en La Habana han regresado a Canadá, dos de ellos tras sufrir síntomas, pero que los niveles de personal diplomático canadiense en la capital no han cambiado. Canadá ha descartado el cierre de su embajada.

Algo ocurrió, pero hasta ahora la opacidad de la información no permite más que conjeturas. Y lo más importante en este sentido es que la naturaleza del hecho se ha mezclado con las reacciones al mismo, hasta el extremo de que las justificaciones de estas, o su ausencia, dominan la discusión.

Dos respuestas

Estamos entonces ante un mismo misterio sin respuestas, pero con dos reacciones muy distintas por dos gobiernos a los que une e identifica la proximidad geográfica e ideológica, más allá de diferencias partidistas de ocasión, pero a los que también separa la presencia de un poderoso sector poblacional, formado por exiliados, en solo uno de ellos.

Por lo tanto, las dos reacciones tienen más que ver con la política, y los electores, que en su momento señalaba Armstrong, que con la realidad de lo ocurrido.

Hay que agregar que el Departamento de Estado ha mostrado una cautela, en no lanzar una acusación directa y sin fundamento contra el Gobierno cubano, que llega ahora al extremo de suprimir una alerta que aconsejaba a los estadounidenses no viajar a la Isla, sustituida por una recomendación de que reconsideren un posible viaje (al mismo tiempo, suprimió una referencia a la responsabilidad del Gobierno cubano de prevenir ataques a sus diplomáticos).

Pese a la alerta anterior, más de un millón de estadounidenses viajaron a Cuba en 2017, casi un 200 % de incremento con relación a 2016. Parece que el senador Marco Rubio necesita que Bolton regrese al Departamento de Estado. Y por esa maldición bizarra que suele acompañar siempre a lo que ocurre en Cuba, al final todo se resume en un bigote.


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