Actualizado: 28/10/2020 15:50
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Emigración

Si de fuga de cerebros se trata

Mientras que desde hace rato en el mundo se debate acerca de la “circulación de cerebros”, en contraposición al viejo concepto de “fuga”, en Cuba se recuerdan términos obsoletos para politizar el asunto migratorio

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Hay que sentirse desesperado, sin esperanza alguna en el porvenir, cuando un joven deja todo atrás para tantear el asentamiento —sin red de apoyo familiar, con mujer e hijos pequeños—, en un país nuevo, de lengua ajena, clima y costumbres ajenos también. Más desesperada aún es la mujer que intenta todo lo anterior sola, hacia Canadá en otoño, con una niña de cinco meses y una maleta en la que no hay un solo abrigo. Pero nada se compara con las decenas que salen de Cuba para atravesar el estrecho de la Florida en una barcaza. Las historias de las salidas o las fugas de Cuba son todas duras, tristes e interminables. Cualquiera de nosotros tiene una que contar sobre un familiar economista, biólogo, ingeniero, músico, sobre un artista, obrero o profesional.

Desde hace décadas, en círculos académicos y políticos de Cuba se viene advirtiendo acerca de las graves repercusiones para el país de la continua fuga de cerebros de miles de jóvenes profesionales cubanos. No es asunto que haya preocupado solamente a la comunidad de exiliados o a la oposición. Recuerdo a inicios de la década de los años 90 a un colega decir, en una reunión del núcleo del PCC, que no quedaría nadie para apagar la farola del Morro, y con tristeza usó el ejemplo de su grupo de graduados de la Universidad de La Habana, del que solo quedaban 3 en Cuba. De eso hace ya más de 20 años.

Es un constante flujo negativo de la población apta laboralmente, que no obedece a plan alguno del “imperio”, sino a la ausencia de perspectivas reales de desarrollo económico y social en el país, que contemplen empleos adecuadamente remunerados, posibilidad de contar con una vivienda y alimentación apropiada para los hijos. Lo mínimo, ni más ni menos. Pero, los reclamos han tenido la callada por respuesta por parte del régimen de los Castro, o cuando más, la promesa en los últimos años de reformas que deben estudiarse con cuidado y tardan, tardan mucho en implementarse, a pesar de citas magnas del PCC, y un discurso tras otro. A pesar de que el propio General Castro ha admitido que “las aspiraciones de mejorar el nivel de vida constituyen la principal motivación para los movimientos migratorios, no solo en Cuba, sino a escala global”.

El actual régimen ha prometido una reforma migratoria para “modificar” —dijo el General Presidente— “diferentes decisiones que jugaron su papel en determinadas circunstancias y después perduraron innecesariamente”. Pero son cambios muy temidos por los Castro. De ser implementados como se debe, según requieren los tratados internacionales de derechos humanos firmados por el propio Ministerio de Exteriores de Cuba, les deben dar la libertad a los cubanos para entrar y salir de su país, y los Castro perderían un control vital para el sostenimiento de su poder. De ahí que en sus medios oficiales se hayan enfatizado siempre las críticas a las leyes existentes en EEUU que penalizan los viajes de sus ciudadanos hacia Cuba, le hayan otorgado el sobrenombre de Ley Asesina a la Ley de Ajuste Cubano —cuando mediante ella se acoge en nuevo suelo a quien en Cuba se desterró, como no se les hace en Haití, Dominicana o México a sus ciudadanos— y propaganda tras propaganda hayan intentado poner la culpa de los males propios sobre conciencias ajenas.

De ahí que la estén todavía pensando, como Nerón cuando tocaba la lira mientras ardía Roma, y traten de readecuar el embrollo de las regulaciones migratorias actuales hacia una fórmula que les limpie en algo la imagen internacional, les conserve una entrada de dinero por motivo de autorizaciones, cuños o artilugios afines, les permita mantener controles de alguna manera, y con eso —ilusamente— puedan detener, así sea en algo, la marea constante de salidas del país. Para eso ya se dijo la tontera de que se tendrá en cuenta “el derecho del Estado revolucionario de defenderse de los planes injerencistas y subversivos del gobierno norteamericano y sus aliados”, y que también “se incluirán contramedidas razonables para preservar el capital humano creado por la Revolución frente al robo de talentos que aplican los poderosos”.

Sucede que en momentos en que cualquier académico del Caribe, México o EEUU hace rato que debate acerca de la “circulación de cerebros”, en contraposición al viejo concepto de “fuga” (Dodani etal: 2005; Batista etal; y L.R. Dawson: 2007), o en países africanos, Taiwán o la India se echan a andar programas para el retorno de la migración cualificada (Ratha, etal; OIT; y Orozco: 2011), en Cuba se recuerdan términos obsoletos para politizar el asunto migratorio, debido a objetivos que no tienen nada que ver con la seguridad nacional, sino más bien con lo contrario.

Si junto a una reforma migratoria radical, que les permita a los emigrados reciclarse en su país de origen, después de acumular capital en el país receptor —incluido capital humano—, el país se abriera a las fuerzas productivas todas, a las propuestas que la sociedad civil aun en medio de la represión ha desarrollado (véase “Cuba sí tiene Pensamiento, Proyectos y Protagonistas para su Futuro”, de Dagoberto Valdés), no habría que preocuparse por la tan socorrida “fuga de cerebros”. Esa ya existe desde hace décadas, y no precisamente hacia los “centros de poder”, sino hacia cualquier lugar. Todo lo contrario, con una combinación de buenas regulaciones migratorias y reales transformaciones productivas y políticas que pulsen los recursos de la sociedad cubana, se estaría frente a una potencial utilización de los cerebros que un día se fueron, y de sus inversiones.

Si no fuera solo porque es un derecho de toda persona, la reforma migratoria se hace necesaria, además, en momentos en que la crisis europea puede estar poniendo en precario la estabilidad de mucho cubano emigrado en España, Italia o cualquier otro país del viejo continente. Ese potencial pudiera ser aprovechado en el país de origen, después que otrora se le desechó. Pero, lamentablemente, no espero que este escenario sea realidad en época de los Castro, con el viejo Fidel acordándose del muy reformador Den Xiao Ping para aplastarlo con su crítica, y el hermano asumiéndolo como el Máximo Líder a quien todavía se le publica en la primera página del Granma.

Es lamentable que mientras estos ancianos se aferran a una utopía convertida en miseria social, a un poder afianzado en mecanismos represivos, pasen los años y se pierdan más y más buenos cerebros de cubanos, manos que hubieran estado dispuestas a emprenderla por el bienestar de la patria, de haber tenido en ella la posibilidad de un plan de futuro, uno mínimo, real y sustentable, como el que buscan a diario en cualquier lugar de este planeta.


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