Actualizado: 30/09/2022 17:38
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Sobra el apellido

Ni a Hitler, ni a Stalin, ni a Lenin, ni mucho menos a viles reyes y emperadores, se les ocurrió desestimular el trabajo para imponerse.

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Descorazona y descacharra ser testigo de las circunstancias en que el régimen se ha propuesto una vez más reactivar entre los ciudadanos la práctica del trabajo voluntario.

Si bien por momentos ofende ver que lo hace aprovechándose del último descalabro sacado a flote por los huracanes, y aun cuando la mayoría de las veces no muevan sino a risa las inútiles estratagemas al uso, no deja de resultar conmovedora esta constatación de lastimosa ingenuidad por parte suya.

Cuba muy posiblemente sea el único país del planeta en que el trabajo ha perdido su significado como propiciador básico de la existencia y generador del progreso.

Lo que tuvo lugar aquí durante el último medio siglo es la institucionalización paulatina, pero implacable, de la pereza como parte de un sistema de poder que más que explotar el trabajo de las masas bajo su dominio, eligió hacerse fuerte a costa de su desvalimiento general, estimulando su falta de esfuerzos y de iniciativas, premiando su grisura de intelecto y amoldándolas desde pequeñas en la idiosincrasia del rehén a quien se le asegura la vida, precariamente pero sin que mueva un dedo, sólo a cambio de que no se rebele.

Ni a Hitler, ni a Stalin, ni a Lenin, mucho menos a los ambiciosos y envilecidos reyes y emperadores, todos los que en este mundo han sido y son, se les ocurrió una coartada tan chapucera pero a la vez tan efectiva para imponerse.

Tampoco ninguno entre ellos ha conseguido hacer funcionar tan bien y durante tanto tiempo un sistema que se sostiene, sin avanzar pero sin que acabe de hundirse, no con el trabajo de la gente que esclaviza y menos con la eficacia de la propia gestión económica, sino sobre todo a través de la doble subvención parasitaria: desde el exterior hacia él y desde él hacia sus dominados.

Un meticuloso programa de dominio

Quizás este fenómeno no haya sido estudiado suficientemente, en todos sus pormenores, como lo que en verdad es: la causa primera y fundamental de las desgracias actuales y la mayor hipoteca de cara a un futuro mediato.

El desapego, la falta de hábito, incluso el menosprecio que están manifestando ante el trabajo las últimas generaciones de cubanos —con todo y la lista de atenuantes que pueda esgrimir para justificarlo—, es algo que sin duda nos sitúa en la punta del rabo de la civilización y que nos compromete mucho más de lo que comúnmente nos mostramos dispuestos a reconocer.

Podemos seguir inventando el agua fría a la hora de explicar por qué la mayor parte de las tierras fértiles del país han permanecido yermas durante decenios o por qué nuestras producciones de bienes materiales no se acercaron jamás a la suficiencia, como no fuera en los informes de la prensa oficial.

El motivo es uno, único por su fuerza sobre los demás: la función del trabajo, según su verdadero espíritu, es decir, en tanto conducto para el desarrollo y herramienta para la conquista de la independencia individual, por limitada que ésta fuere, y ya se trate de independencia ante el entorno natural o ante las trabas impuestas por los hombres, ha sido sistemáticamente enrarecida entre nosotros. No, como suele afirmarse, gracias a una larga cadena de torpezas administrativas, ni a fallos más o menos graves en el sistema educacional. Obedece, en rigor, a lo trazado por un meticuloso programa de dominio.

Ahora uno no sabe si llorar o hacer gárgaras ante el espectáculo de un grupo de ancianos caciques cayéndose en pedazos, sin disposición para dar un solo paso al frente, pero listos para continuar parapetados hasta el fin tras sus insultantes equivocaciones. Y ellos, nadie menos, son quienes hablan sobre la necesidad de revitalizar el trabajo voluntario como cura contra la inercia.

El trabajo, sin apellido, debe ser realmente nuestra cura. No sólo contra los últimos cincuenta años de inercia y de múltiples involuciones con respecto al mundo real, sino principalmente contra los caciques que a conciencia, impunemente, se empeñaron en enrarecernos su significado, despojándonos en el acto del primero y más imprescindible entre los derechos de los seres humanos.


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