Actualizado: 16/10/2019 8:52
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EEUU, Trump, Inmigrantes

Trump, autoritarismo y sentimientos antiinmigrantes

¿Razones para la esperanza o la desesperación?

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El auge de un autoritarismo que propone una eficiencia y estabilidad a toda prueba, y ofrece el bienestar económico y la seguridad ciudadana a la vuelta de la esquina, no solo es un fenómeno que amenaza a las democracias europeas. Con la presidencia de Donald Trump, es un riesgo que se extiende cada vez con mayor fuerza en Estados Unidos.

¿Razones para la esperanza o la desesperación?

Según David Runciman[1], profesor de política de la Universidad de Cambridge, “las democracias desarrollan confianza en su elasticidad a largo plazo, basada en parte en su capacidad de adaptación (en contraste con la autocracia rígida). Esta confianza de que todo terminará bien conduce a los estados democráticos a ser complacientes, permitiendo que los problemas se infiltren, seguros de que, cuando realmente importen, los resolverán”.

En el caso de Trump, hasta ahora no parece existir, dentro de una parte del electorado estadounidense, conciencia alguna del peligro que este representa como gobernante. O sea, Trump no importa como problema y se pasan por acto sus palabras, sus mensajes y comentarios en general.

De acuerdo a Runciman, dichos problemas “finalmente llegan a un punto crítico en forma de una crisis grave. Pero frente a una crisis de ese tipo, las democracias generalmente se adaptan lo suficiente para sobrevivir”.

Su libro, publicado en 2013 brinda una conclusión pesimista —“la democracia nunca puede escapar de ello”— y al mismo tiempo esperanzadora: “muchos pequeños fracasos se combinan para producir un éxito duradero”.

Podría agregarse a dicha conclusión que los líderes democráticos no aprenden de los errores anteriores. Esta impresión, que parece confirmarse tras una mirada somera al desarrollo de la política estadounidense a partir de las últimas cuatro décadas, vendría a ser la explicación de la persistencia dentro de dicho sistema del temor y el pesimismo.

Aunque ello es solo una cara del fenómeno. La otra —y más determinante— es el hecho innegable de que la democracia ha logrado imponerse en muchos países en los últimos cien años, como la forma más avanzada, aunque imperfecta, de gobierno, y que resulta un ideal a imitar o seguir.[2]

Runciman identifica cuatro desafíos para la democracia: la guerra, el caos financiero, los peligros que amenazan la conservación del ambiente y la rivalidad internacional. Estados Unidos se ha enfrentado a todos ellos en las dos últimas décadas, desde las guerras de Irak y Afganistán, la Gran Recesión, la falta de respuesta al cambio climático y la amenaza de China como gran potencia mundial.

Aunque EEUU se ha librado del hundimiento económico de la última crisis, los embates en lo social, cultural y político continúan. Y uno de ellos es la agresividad contra los inmigrantes.

El recurrir al repudio hacia el extranjero sin recursos ha sido una constante en la campaña de Trump desde que se lanzó a la conquista de la presidencia.

Pero para la nación, el riesgo que acompaña a la explotación de este sentimiento antiinmigrante —mientras al mismo tiempo se tergiversa y no se trabaja verdaderamente por resolver los problemas fronterizos— es de los que llevan a dudar de la confianza de Runciman en el sistema democrático.

Confianza que, si bien se justifica en términos de fenómenos históricos de larga duración, para el ciudadano común tiene una repercusión inmediata; más allá de los ciclos o períodos considerados, no a cuatro o diez décadas sino respecto a hoy o a los próximos cinco años.

“Cuando las democracias, en su totalidad, se arriesgan y cometen errores, las personas son las que sufren”, señala el académico.

Pobre consuelo entonces, pensar que en el futuro Trump será solo un número en la lista de presidentes estadounidenses.


[1] David Runciman. The Confidence Trap: A History of Democracy in Crisis from World War I to the Present.

[2] Dos libros recientes de Mario Vargas Llosa tratan el tema: La llamada de la tribu y Conversación en Princeton con Rubén Gallo.


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