Actualizado: 24/11/2017 16:37
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CNN, EEUU, Trump

Trumpoloco

Sólo un presidente tan loco como Trump podía comportarse sin importarle un comino lo que diga la prensa

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La locura del presidente Donald Trump viene revelando otras patologías alarmantes en ciertos medios dizque de prensa y en el establishment politiquero. A medida que se disuelve el delirio del impeachment por colusión con Moscú o por obstrucción de justicia con Jim “Abre Goteras” Comey, la bandería perdedora de las elecciones no puede menos que apearse con que Trump está loco de remate.

El representante Jamie Raskin (D-Maryland) empolla el huevito legislativo de que el Congreso disponga pasar a Trump por una comisión médica que determine si está o no apto para desempeñar el cargo. Raskin twitteó que “la incapacidad mental de Trump no es cuestión de risa” y que la Enmienda XXV (1967) “nos brinda una manera de lidiar con este problema”. Sólo que el quid de la enmienda reza:

Sección 4.1. “Cuando el vicepresidente y la mayoría de los principales funcionarios de los departamentos ejecutivos —o de cualquier otro cuerpo que el Congreso autorizara por ley— trasmitieran al presidente pro tempore del Senado y al presidente de la Cámara de Representantes su declaración escrita de que el presidente está imposibilitado para ejercer sus poderes y obligaciones, el vicepresidente los asumirá inmediatamente como presidente en funciones”.

Raskin se ha vuelto tan loco con la locura de Trump que, amén de no darse cuenta de que la enmienda exige contar con Mike Pence, ni siquiera se acuerda del Derecho Constitucional que impartía en la Universidad Americana. La enmienda no tiene que ver con excentricidades, sino con la incapacidad del presidente para tomar o comunicar decisiones. Se habría aplicado, por ejemplo, si Reagan hubiera caído en coma tras el atentado del 30 de marzo de 1981.

La movida con la Enmienda XXV, sugerida ya el 16 de mayo de 2017 por el columnista Ross Douthat en The New York Times, acaba de cobrar nuevos bríos mediáticos con el artículo de opinión “Donald Trump is not well” (The Washington Post, 30 de junio de 2017), de Joe Scarborough y Mika Brzezinski (MSNBC). Como si nadie se acordara de la recholata Clinton-Lewinsky, acompañada de mentira por television, Joe&Mika diagnostican la tuitería de Trump como la aberración más antipresidencial de la historia de la Casa Blanca. Y Raskin llama entonces a salir políticamente de esta “terrible situation”.

Así queda relegada otra situación acaso más terrible, que CNN ilustra ejemplarmente con su aguda mutación de periodismo en anti-Trumpismo. El análisis de contenido del Centro Shorenstein de Medios, Política y Política Pública (Universidad de Harvard) sobre la cobertura de CNN arroja que ningún otro medio dizque de prensa se refiere tan negativamente a Trump. No sorprende entonces que el ciego partidismo de CNN haya llegado al extremo de amañar un reportaje sobre Anthony Scaramucci, allegado a Trump, para vincularlo a cierto fondo de inversiones bajo control de la banca del Kremlin. Aunque CNN embarajó con que el reportaje no se ajustaba a sus “estándares editoriales” y los tres periodistas involucrados renunciaron, otros casos mucho más graves quedaron a la sombra.

Contra Trump, todo; a favor de Trump, nada

Así como jamás informó sobre cómo los mayimbes de la campaña de Hilaria Clinton, John Podesta and Robby Mook, acometieron al día siguiente la tarea de choque de achacar la derrota electoral a la piratería informática de los rusos, CNN se bajó enseguida con que “Intel chiefs presented Trump with claims of Russian efforts to compromise him.”

En este reportaje participó hasta Carl Bernstein, pero BuzzFeed publicó el “dossier” que servía de fundamento y la simple lectura deja a CNN sin salida decorosa: o incurrió en la estupidez vitanda de tragarse el dossier o manejó este dossier estúpido para desacreditar a Trump. CNN no verificó siquiera los puntos más inverosímiles, sino que procedió a difundirlos al compás de anónimos oficiales de inteligencia que iban filtrando cositas sobre Trump.

Así CNN soslayó un reportaje en profundidad que hubiera sido de Ampanga: cómo ciertos oficiales de inteligencia de la anterior administración intervenían en el juego político post-electoral. Y así dio vueltas y más vueltas al monigote ruso como si la cobertura periodística se apoyara en info e intel proveniente de funcionarios de Estados Unidos (“US officials: Info suggests Trump associates may have coordinated with Russians”) o concerniente a funcionarios de Rusia (“Trump aides were in constant touch with senior Russian officials during campaign”).

Al saltar la liebre de que hasta Susan Rice estaba echando pa´lante junto con los segurosos filtradores, el corresponsal de CNN para asuntos de seguridad nacional, Jim Sciutto, desestimó la noticia: “The idea that Ambassador Rice improperly sought the identities of Americans is false”. Tanto la idea como la noticia eran ciertas de punta a cabo, pero CNN siguió tirándose por la calle del medio.

Su periodista Gloria Borger espetaría en el aire que el Director del FBI James Comey iba a desmentir la alegación de Trump de no estar bajo investigación. Así lo decían “sources familiar with Comey’s thinking”. Este tiro espantoso salió por la culata, pero ni mató a Borger ni hirió a ninguna de sus fuentes tan familiares con el estilo de pensamiento de Comey. CNN se apeó simplemente con la misma nota “corregida y actualizada” de que Comey “does not directly dispute that Trump was told multiple times he was not under investigation”, aunque el honor de la profesión periodística exigía el hara-kiri de que Comey confirmó por completo lo que Trump venía diciendo.

A la postre nadie sabe ya si la colusión ficticia entre Trump y Putin trae su causa de una colusión real de funcionarios de la administración Obama post mortem, que involucra a la comunidad inteligencia y otras ramas del Gobierno para dar información falsa sobre Trump y su equipo, o si todo es manipulación al descaro de CNN, que acaba de hundirse aún más en el ridículo con empleados cogidos con la lengua en la masa de que la cobertura sobre Rusia es “mostly bullshit” or “nothingburger” e incluso de que Trump tiene razón con que hay “witch hunt”.

CNN y muchos otros medios anti-Trumpistas informaron alegremente que, tras ganar Trump las elecciones, su yerno Jared Kushner habló con el embajador ruso Kislyak —a quien Putin acaba de llamar a Moscú en virtud del impulso irresistible de dar largas a un circo mediático tan bueno— para establecer líneas de comunicación seguras entre la Casa Blanca y el Kremlin. Esto se cae de la mata en medio de tantas filtraciones, que no dan pie a reportajes de CNN a pesar del intenso matiz criminal que tienen, pero desarman también el tinglado del circo. Si durante la campaña electoral Trump había entrado ya en colusión con Putin, ¿cómo explican CNN y demás medios dizque de prensa, o el senador Chuck Schumer y el resto de la bandería Never-Trump, que estos canales de comunicación hicieran falta después?

Coda

Sólo un presidente tan loco como Trump podía comportarse sin importarle un comino lo que diga la prensa, tenerla a la zaga de lo que suelte por Twitter y revelar de paso que la propia prensa no está exenta de la locura de incurrir una y otra vez en el mismo error de ciego partidismo, atizado con el ánimo incontrolable de incrementar los niveles de audiencia.

No en balde Vargas Llosa soltó en La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2012) que la cultura occidental viene forjando un mundo de entretenimiento con primacía de la diversión, en el cual todo se banaliza y el periodismo difunde, antes que información, chisme y escándalo de manera irresponsable. No sorprende que el líder de ese mundo libre sea entonces alguien como Trump.


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