Actualizado: 18/01/2020 16:08
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Fascismo, Comunismo, Utopía

Un nuevo Núremberg, ¿pero contra quién realmente?

Poner al comunismo al mismo nivel del fascismo es la máxima aspiración de los fascistas solapados del presente

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Ahora que este humanista liberal a la kantiana una y otra vez recibe invitaciones para sumar su firma a un juicio tipo Núremberg, en el que se condenarían los indiscutibles crímenes del comunismo; ahora que la nueva derecha borra nombres marxistas y valora la obra del Gigante de Tréveris sobre todo en base a un desliz con su criada. Me preguntó: ¿es lo mismo comunismo que fascismo?

Permítaseme comenzar por recordar que en el tan sobrevalorado Núremberg no se juzgó a las masivas violaciones cometidas contra las alemanas por las tropas soviéticas, y polacas, pero tampoco los masivos bombardeos sobre ciudades alemanas y japonesas por la aviación americana o inglesa, como tampoco se juzgó a los genocidios de los franceses contra las tribus argelinas durante todo el siglo XIX, o la costumbre americana de encerrar en “reservaciones” a las tribus aborígenes, o aquella sui generis práctica inglesa de ejecutar a los rebeldes de la India amarrándolos a la boca de un cañón. En Núremberg solo se juzgó a quienes ingenuamente quisieron seguir los adelantados pasos de otros en la práctica sistemática del genocidio, pero quienes para su desgracia perdieron la guerra con que pretendieron sustituir a esos otros en el exclusivo club de las Naciones hegemónicas en el Sistema Mundo.

Es está una mucho más inconveniente verdad, a la que, si tan ávidos nos mostramos ahora en poner en solfa al pensamiento políticamente “correcto”, necesariamente nos debería llevar esa consecuencia que supuestamente hemos adoptado como norte de nuestra actitud ante la historia.

Yo también he padecido ese mal, confieso. Me recuerdo a los veintitantos años, en que al leer uno de aquellos gruesos tomos de la francesa Historia General de las Civilizaciones, en específico el séptimo, dedicado a lo que había corrido del siglo XX hasta 1960, no conseguía entender a derechas, y desde la derecha cerril, la obstinación de los autores en negarse a igualar a ambos credos políticos.

Pero para mal, pero también para bien, ya no tengo 20 años. Con el correr de mi vida, ya sabemos camino de qué, he entendido los argumentos que entonces las hormonas no me permitían digerir, y por eso ahora mi respuesta a la pregunta de arriba es un no rotundo. El mismo que a amigos muy cercanos les he dado cuando me han convocado a firmar el pedido de Bukovsky.

No, no es lo mismo comunismo que fascismo, como no es lo mismo una religión de humillados y ofendidos, que una religión de altivos guerreros. Es bueno entender que el comunismo no es una invención extracristiana: fueron precisamente los primeros cristianos los proponentes de esta utopía en Occidente, y en el planeta, y fueron los cristianos medievales, con sus “herejías”, quienes mantuvieron vivo el ideal durante la mayor parte de los últimos dos milenios.

El comunismo real es en todo caso la corrupción de un ideal humanista, como lo pueden ser las múltiples formas reales que el cristianismo ha adoptado a lo largo de su historia, en que su credo central: amarás a tu prójimo como a ti mismo, ha sido demasiadas veces sustituido por la heterofobia rampante, por el miedo al otro, al que no se nos parece como una gota de agua, al distinto.

Si no me cree, o no me entiende, no necesita irse a los libros de Historia. Todos los domingos, en infinidad de iglesias cristianas, se escucha a la heterofobia chillar su mensaje de odio, no de amor, tan distante del original discurso humanista de Cristo. No en todas, por supuesto.

El comunismo es en esencia un credo político que no excluye a nadie: propone un paraíso sobre la Tierra que no es sólo de los blancos, de los amarillos, de los verdes o de los de esta u otra nación particular. De hecho, los crímenes del comunismo tienen como paradójico origen el empeño de quienes creen en él en su deber de conducirnos a todos hacia esa arcadia, hacia esa utopía final en qué el sufrimiento y el miedo desaparecerán del pecho humano. Conducirnos allá, pero a pesar de que lo deseemos o no.

El comunista, como ciertos padres sobreprotectores, cree que sabe que es lo mejor para nosotros, y por ello su voluntad de arrastramos a punta de pistola tras de ellos. Nadie quita que tengan razón, y realmente hayan entrevisto lo mejor para todos. Sin dudas algo mejor debe de haber, o en todo caso la vida humana sin horizontes carece de un sentido, valga la redundancia, humano.

Para mí, por ejemplo, la Utopía es la Sociedad Abierta de Kant, aquella en qué los motivos de actuación de los hombres no están en las constricciones morales de su medio social, sino en los imperativos categóricos al interior de sus almas… un ideal que, tras mucho leer a Marx, sospecho era también el suyo (aunque ya no el de sus epígonos, de almas mil veces más bastas).

Pero está en ese empeño en no permitirnos soñar a los demás, en haberlo hecho ya por nosotros, en impedir la de otra manera inexorable consensuación de ese destino mejor entrevisto por ellos, el principio de esos crímenes indiscutibles de que hablábamos, en todo semejantes a los de la madre que encierra a su hijo en una burbuja y ya no lo deja vivir en propiedad.

Los crímenes del fascismo no tienen ese carácter. No son los de aquel que pretende proteger o buscar lo mejor para el otro, y en el proceso lo mata él mismo como individuo, sino los del individuo demasiado cobarde que solo persigue defenderse de los otros, y que en el proceso pone ante ellos dos opciones: o se convierten en algo idéntico a mí mismo, o los mato, como a los judíos, como a Marielle Franco, como a los infinitos ejecutados bajo Stalin…

El fascismo en particular es en esencia solo eso, miedo al otro, al que no es alemán, pero también, y sobre todo hoy, a aquel que no vive como nosotros en la medianía de una clase media “correcta”. No es un humanismo, porque el humanista no es alguien que reduce la definición de lo humano a sí mismo, sino por el contrario acepta que lo humano es una potencialidad de manifestaciones infinitas, nuestro mayor capital para enfrentar un universo al que Santayana nos advertía le es indiferente nuestra existencia o no.

San Agustín, un cristiano humanista, decía que los seres humanos somos hechos a semejanza de Dios, solo que como la naturaleza de Dios es infinita, y la nuestra no, gracias a nuestra pluralidad inacabable en cada uno de nosotros hay un rasgo de esa infinitud divina. No encuentro, en realidad, una manera más gráfica de mostrar esa esencia inclusiva del humanismo, no importa el adjetivo que lleve, sea cristiano, liberal, socialista -más nunca fascista.

El fascismo es sin embargo todo lo contrario de eso. Es la materialización, más allá de la aldea —y la aldea es aquí sólo un símbolo que no debe de ser tomado en sentido literal—, de ese resquemor heterofóbico que siempre sobrenada en la conciencia común de los hombres que viven demasiado aislados en su pequeño cacho de mundo. En ese cacho del mundo en que nada parece cambiar de una generación a la otra.

El fascismo es el sistema político que se eleva sobre la tierra cuando esa bestia peluda, el miedo, que habita en el subconsciente de todos nosotros, sin excepción, se apodera de la consciencia de la mayoría de las mujeres y hombres.

Se manifiesta hoy, por ejemplo, en esos cerdos satisfechos y privilegiados para quienes el mundo como está, está muy bien, y por tanto para ellos la protesta social, y por sobre todo el pensamiento y la acción de quienes vivimos en la profunda insatisfacción ética frente a un mundo que no es como nuestros sueños nos dicen podría ser, es sólo el resultado de alguna peligrosa sarna mental, a la que hay que eliminar a un tiempo con aquellos que la padecemos, o en todo caso el producto de la envidia monda y lironda. O sea, para los cerdos satisfechos, los Sócrates insatisfechos no somos más que unos enfermos mentales, o aún peor, unos ruines envidiosos.

Quizás tengan razón en lo de la enfermedad, y por ello el vivir de otra manera nos sea imposible a nosotros… mas en todo acaso tendrán que admitir los ilustres señores que sin ese impulso “enfermizo”, más o menos fuerte en cada alma humana, todavía viviríamos trepados en las Matas, de las que ningún arriesgado proto-reformador social nos habría animado a bajarnos, con su ejemplo, para arriesgarnos en la pradera.

Distingamos: hay la evidente envidia de ese pobre infeliz que atraviesa su carretilla en la calle y no deja pasar al chofer en su auto, porque aquel tiene carro y él un armatoste con ruedas que tiene que empujar con su fuerza muscular, alguien que quizás, consciente de su incapacidad constitutiva para manejar un auto, su ideal envidioso de mundo consiste en hacer desaparecer de la Historia al motor de combustión interna. Hay sin duda mucha envidia de este tipo en el mundo. Pero también hay mucha inconformidad por evidentes e injustificables privilegios de nacimiento que hoy, como ayer, les facilitan a algunos comenzar la carrera de la vida desde una mucho más ventajosa posición de partida.

Porque más allá de la retórica de las ideologías supuestamente meritocráticas, en sociedades como la brasileña, o la americana (también en la cubana, por cierto sea dicho, aunque no venga al caso), no es lo mismo nacer blanco que negro, ni de clase media que trabajadora (cierto: en la feudal Cuba es aún más grande la diferencia entre nacer hijo de Raúl Castro, o de vecino; en el primer caso aún con retraso mental se llegará a general o gerente, en el segundo es muchísimo menos probable); como tampoco es lo mismo nacer en un país de mierda, que en alguno de aquellos que tienen el privilegio de un pasado capitalizado en el presente de sus patentes.

Multitud de estudios muestran que en una sociedad tan “móvil” como la de EEUU se tiende a heredar la clase social privilegiada, y no sólo entre el famoso 1 %, sino también y sobre todo entre el restante 9 % de la cima (en mayo de 2018 la revista TheAtlantic le dedicó un muy exhaustivo artículo central, en su edición mensual en papel, a este problema); y casualidad que los individuos chinos se hayan demostrado, entre todos los individuos tercermundistas, los únicos capaces de avanzar a la puntera tecnológica mundial, solo cuando su Estado decidió usar de la fuerza dormida de su número para imponerse a los poderes centrales en el asunto de las patentes y los traspasos tecnológicos…

No, no es sólo la envidia la raíz del pensamiento comunista, aunque sin duda tiene en el su parte. Hay, además de una persistente tradición nuestra de religión de humillados y ofendidos, de insatisfechos y vapuleados, también mucho de indignación ante la desigualdad injustificable. Hay en el comunismo mucho de sueño humanista en el mejoramiento humano. Un sueño que repetimos no inventó Marx en la cultura occidental, para que luego Lenin y sus seguidores lo pervirtieran en método para hacernos regresar al pasado premoderno, feudal.

Poner al comunismo al mismo nivel del fascismo es la máxima aspiración de los fascistas solapados del presente, y téngase presente que lo dice alguien que se opone tanto a uno como otro credo político, aunque ante el segundo no puedo más que mostrar una intolerancia sin vacilaciones. Aquella intolerancia que sólo se justifica, según Popper, ante el intolerante absoluto, o sea, ante quien no tolera lo distinto, al otro que no forma parte de su tribu.

Poner al comunismo al nivel del fascismo implica satanizar a la protesta social, imponernos el presente como el mejor de los mundos posibles, cuando evidentemente no lo es, colocar los motivos del imprescindible pensamiento utópico en la enfermedad de los “raritos”, o en la envidia, o borrar de nuestra tradición cultural la central herencia cristiana —que no en balde los proponentes del nuevo Núremberg suelen ser los mismos que acusan al Papa Francisco de comunista.

Si satanizáramos la protesta social, por ejemplo, tendríamos que repudiar a la Revolución Francesa de 1789. Lo que quizás sería hoy muy del agrado de los tatara-tataranietos de muchos plebeyos de entonces, que hoy sin embargo se indignan por aquel hecho trascendental, sin el cual su presente sería muy otro. Porque, dado su desconocimiento de la historia, muchos de los más furibundos seguidores de la nueva derecha amante de lo tradicionalista son paradójicamente aquellos que más le deben al movimiento de protesta social de los últimos 200 años. Por eso siempre que tengo la oportunidad suelo recomendarles a estos noveles derechosos que vean películas como Novecento

Hay algo central que me aterra en esta espuria comparación entre fascismo y comunismo: aceptarla sería el fin del Iluminismo, el triunfo de la mediocridad y la medianía, que no habría de tardar en dar paso a nuevos Führer a través del populismo y los demagogos. No por gusto todo este renaciente tradicionalismo irracionalista del todo está bien, y ¡hay de quien venga a amenazar mi parcelita de privilegios!, se ha asociado a los Hombres Fuertes: a los Trump, a los Erdogan, a los Bolsonaro, a los Putin.

Son sin dudas condenables los indiscutibles crímenes del comunismo. Merecen ser gritados a voz en cuello. Merecen sus autores materiales la sanción y el castigo. Pero no puede pretenderse condenar al humanismo iluminista, y al humanismo cristiano, que es lo que en definitiva se busca mediante esta operación de poner a un mismo nivel un anti-humanismo total, con un humanismo descarriado por los excesos de celo, pero también de los oportunistas habituales.

Porque sin lugar a duda es ese el objetivo de ciertos poderes oscuros actuales, que aprovechándose de la justificable indignación por los crímenes que aún al día de hoy se cometen en nombre del comunismo, imponen su oculta agenda anti-humanista. Poderes cuyo centro de irradiación contemporáneo estuvo sin duda en Moscú, pero que hoy se han extendido como una nueva peste parda por todo el planeta, y se aferran tanto en Brasilia, como en Washington.

En definitiva, comparar al comunismo con el fascismo sería lo mismo que desechar a la prédica humanista de Cristo por los crímenes de Torquemada, renunciar al cristianismo porque unos curas han cometido crímenes imperdonables contra niños, o porque algunos pastores evangélicos obligan a algunas de sus pastoreadas a acostarse con ellos.

Todos los excesos son malos, tanto los de aquellos que por guiarnos a un futuro que creían mejor cometieron lo imperdonable, como los de quienes por evitar lo connatural al hombre, el error, ahora amenazan a todo aquel que proponga abandonar el status quo con la execración de terminar comparado con un fascista. Así, sin lugar a duda, solo se apoya a aquellos que sueñan con retrotraernos a una nueva Edad Oscura.

No, lo siento, para mí los crímenes del fascismo, y los del comunismo, no son para nada comparables. Como en el derecho prefiero graduar la naturaleza del crimen en función de la intención del mismo.

Nada, será porque como un humanista ilustrado sigo fiel a los ideales de Libertad, Igualdad, Fraternidad, aquellos que empujan a la Humanidad toda al Ideal Utópico de una Sociedad Abierta.


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