Actualizado: 14/11/2019 12:33
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| Opinión

Cuba, Capitalismo, Tierra

Una aproximación

Para el autor de este artículo, el problema principal de Cuba no es económico, ni político, sino moral. Y un asunto a resolver de primera importancia es el de la tierra, quizás como paso previo a cualquier otra cosa

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La verdadera comprensión del pasado nos recuerda el
deber de la tolerancia; una falsa filosofía de la historia
engendra únicamente fanatismo.
Raymond Aron

Dentro de los cánones de la economía marxista, el capitalismo, como sistema socio-económico, o modo de producción de una sociedad, se encuentra presente sólo y cuando el trabajo, o para decirlo en la terminología más pura, la fuerza de trabajo, se convierte en una mercancía.[1] Cualquiera que haya intentado aplicar este principio a las sociedades coloniales, como es el caso cubano, se habrá sumergido en un insondable mar de contradicciones y de callejones sin salida.

Cada cual ha buscado, y quizás encontrado, sus soluciones a este dilema que afecta el razonamiento ortodoxo dentro de la lógica de una concepción económica o sociológica, el intento de periodizar, dentro de esta lógica o teoría, una sociedad, no nos lleva a ningún lugar si el caso en estudio no se ajusta, o lo ajustamos de alguna manera, a esa concepción.

En mi criterio la aplicación de las formulas marxistas al caso cubano, como a tantos otros que se escapan del modelo europeo [aunque no toda Europa, ni mucho menos, se ajusta a ese modelo] resulta inoperantes y llevan a una especie de parálisis conceptual en el mejor de los casos.

Las formas de producción feudales, feudalizantes, serviles, o como queramos llamarles, se mantuvieron en Cuba hasta mediados del siglo XX, hasta, para decirlo con claridad, el proceso revolucionario eliminó estas formas arcaizantes de explotación,[2] en la agricultura. Es decir, que siendo Cuba un país de avanzada en la periferia capitalista, sin embargo, las relaciones feudales persistían en uno de los sectores básicos de un país no industrializado.

Pero entonces tendríamos que preguntarnos, ¿era Cuba un país capitalista? No creo que se encuentre mucha gente en ningún sector académico, o popular, que niegue esto. Cuba era un país capitalista, dependiente, subdesarrollado, periférico, anómalo, o como mejor queramos decirlo, pero era capitalista, sin lugar a dudas.

La otra pregunta, en aras de establecer una periodización, seria: y ¿cuándo apareció, o se conformó, la sociedad capitalista cubana? Las respuestas, más o menos ingenuas, o muy interesadas, van desde la que diese Blas Roca dentro de los más estrictos principios del pensamiento “sociológico” estalinista, hasta los muy liberales y bastantes oscuros debates acerca de este asunto en los años 70.

A mi buen entender el capitalismo en Cuba hizo su aparición con el proceso de mercantilización de la tierra y con ello la desposesión del pequeño poseedor, y quedará refrendado con las Reales Ordenes, que fijan y definen las formas de propiedad, tantas veces pedidas por los capitalistas cubanos, o criollos si lo prefieren, desde sus instituciones voceras: la Sociedad Económica de Amigos del País, y la Junta de Fomento.

Este proceso fue un parto largo [y doloroso para los que perdieron el usufructo de la tierra] y le podríamos llamar ‘el proceso de acumulación originaria’ del capitalismo en Cuba. Proceso que comienza desde los primeros atisbos de convertir la posesión en propiedad de hecho, si no de derecho, y que pasa por variadas etapas desde las demoliciones[3] no autorizadas propiamente y el uso de las formas censatarias, los ‘pesos de posesión’, las demoliciones hechas con total aceptación, las composiciones, hasta las ventas y compras formales y casi legales de la tierra, y finalmente las legales.

En el siglo XVI comienza esta lucha que no culminará hasta el XIX y en el cual los hacendados azucareros llevan las voz cantante y con ello toman la parte del león, [los corderos fueron los vegueros, los pequeños poseedores con opciones de censo o arriendo, etc.] esos hacendados azucareros, o sacarocracia, nuestra burguesía nacional en su versión más diáfana, preclara y avanzada, a pesar del uso de la mano de obra esclava, se conforma a sí misma en este proceso y llega a su máxima expresión también en el XIX, y con ello determina el alumbramiento de nuestra nacionalidad, y más adelante, en el XX, al deterioro y disolución de la nación.

¡Qué de conflictos y contradicciones! Una clase que se constituye a sí misma, con orgullo y con proyectos más allá de la isla, para que se suicide parcialmente, en lo económico, en las guerras independentistas, para suicidarse nuevamente en lo político y económico poco a poco a lo largo del siglo XX, para finalmente poner la cabeza en el degolladero, cansada al parecer de esta lentitud en su tanática fijación, y acepta su decapitación con una placidez que no tiene explicación sino es en este afán o complejo de Ofelia.

Por otra parte ¡que de incoherencias y dale pa’lante y pa’tras!, el proceso de privatización de la tierra llevó a su mercantilización, a su apropiación irrestricta y a la exacerbación de forma cuasi-feudales de explotación, como la aparcería, formas de arrendamiento excesivas, y al precarismo. Todo ello desestimulante de la inversión, del desarrollo técnico y en definitiva de la capitalización de la tierra.

Como dijo alguien, en algún momento, la vida es mucho más rica que cualquier teoría, y yo añado: los modelos no se ajustan nunca o casi nunca a las realidades.

El caso cubano, para mi tan único como lo puede ser cualquier otro, es un buen ejemplo de ello, con un siglo XIX sin equivalentes en toda la América, con la clase burguesa más avanzada[4] dentro de las excolonias españolas, con un proceso de formación de la conciencia nacional tan sólido y por el cual tanto se luchó, termina en menos de un siglo en ceder, primeramente, sus bases económicas; posteriormente estancarse política, cultural, y socialmente, y finalmente aceptar su derrocamiento para después, o clamar desde posiciones negadas ya en el XIX que venga alguien a sacar las castañas del fuego, o simplemente tomar las de Villadiego.

Los llamados al orden de los herederos de la intelligentsia del XIX de nada sirvieron en el XX y nuestra economía fue pasando a manos extranjeras y nuestra cultura se fue degradando, que no es igual a internacionalizarse, y el pensamiento político perdió sostén y quedó paralizado, sin nada nuevo que ofrecer y con ello quizás abrió la puerta a una oferta no nacida de nuestro devenir.

Y ocurrió lo peor, nuestra fuerza más sana, el campesinado, se unió de inicio a un proceso que al final, como a la burguesía, la llevó al suicidio, a su aniquilamiento casi total.

Ese campesino que como Liborio era nuestro símbolo como pueblo, ese que elaboró las formas primigenias de nuestra música y de nuestra literatura, el que peleó en las luchas de independencia, el que usó la guayabera y portaba la guampara, ese, se acabó.

Ya no existe un grupo social con amor a la tierra, que fuese capaz de restaurar la economía patria en menos de 10 años después de terminada la terrible guerra del 95 y sus secuelas weylerianas.[5] Que no se necesitó inversión extranjera para ello, sino moral de trabajo, dedicación y esfuerzo sostenido.

El campesino convertido en obrero agrícola [‘proletario de verdad’] o, por geniales decisiones estatales, en rentista de la tierra, o en falsos cooperativistas, y en una minoría de pequeños propietarios ‘organizados’, controlados, sin estímulos para la producción, más bien desestimulados por un sistema estatal de mercado que esta copiado de un manual de economía surrealista aplicado por pacientes activos de los mejores hospitales psiquiátricos. En este campesino, que espera que el maná le caiga del cielo, no se puede confiar a que reconstruya la producción agrícola, y con ello las bases del despegue económico, en 10 años como ocurrió a inicios del siglo XX.[6]

Para mí el problema principal de Cuba no es económico, ni político, sino moral, y es también mi criterio de que un asunto a resolver de primera importancia es el de la tierra, quizás como paso previo a cualquier otra cosa. La cuestión no es si esta tierra, o esta casa, o esta fábrica o tienda, o lo que sea, era o fue de fulano o mengano, o si la posesión durante tantos años da, o no, derechos a la propiedad plena. La cuestión es cómo reconstruir un grupo social que sea capaz de elevar la nación a una vida civilizada, de trabajo, de logros, de esperanzas.


[1] Y produce un valor mayor que el valor de su propia producción, es decir genera una plusvalía.

[2] Para utilizar otras más “avanzadas”.

[3] El termino demolición indica el proceso de reparto y distribución de una hacienda mercedada en sitios de labor con un status más amplio desde el punto de vista jurídico, en la más que flexible aplicación de los criterios jurídicos de la época. Lo cual permitió la evolución de las pautas de propiedad-posesión y de las formas y usos de la tierra, y con ello del surgimiento de formas más modernas e intensivas de producción, dentro de lo que ello significaba en esos momentos.

[4] En mi criterio era la más avanzada no solo en lo económico, sino también en su pensamiento político y social, fue el cemento que fortaleció nuestra nacionalidad mucho antes y con mayor coherencia que en cualquier otro lugar de la América

[5] La primera indicación sobre este asunto la recibí mientras dirigía las investigaciones históricas de la provincia La Habana, un amigo y colaborador al cual le había signado el estudio del periodo posterior a 1898 llegó a la conclusión de que esta provincia [que junto a Pinar del Río y Matanzas, estuvo entre las más devastada por la guerra] había alcanzado los niveles de pre-guerra en menos de 10 años. Mi investigación personal de Arroyo Naranjo, cuyo territorio fue totalmente aniquilado, arrojó como resultado, que en menos de 7 años se recuperó totalmente, ese proceso fue facilitado por algunas peculiaridades que resultan imposible abordar aquí.

[6] Un ejemplo: A inicios de los 60 conocí de primera mano al campesinado en varias regiones del país, tan alejadas como la Sierra Maestra y el extremo noroccidental de la provincia pinareña, en general era un ente sociable, generoso, por lo menos con un plato de malanga a la disposición del recién llegado. A finales de los 80 en la región montuosa de Baracoa lo que me encontré fue un campesinado que no tenía ni una malanga para comer, su único condimento era el achiote que crece silvestre, y para que hablar de alguna gallinita para hacer un caldo, lo mismo ocurría, sin el achiote, en las proximidades de La Salud en la provincia de La Habana. Menos de 30 años fueron suficientes para liquidar a una clase social y su psicología.


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