Actualizado: 06/12/2019 17:18
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Una invitación

Sean Penn no es una fuente imparcial sobre las relaciones cubano-norteamericanas, pero su relato sobre Raúl Castro resulta interesante.

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El actor Sean Penn no es una fuente informada e imparcial sobre el estado de las relaciones cubano-norteamericanas. Sus simpatías hacia los gobiernos de Cuba y Venezuela son tan conocidas como sus críticas hacia las políticas estadounidenses con respecto a estos países. Mantiene cálidas relaciones con el presidente Hugo Chávez y admira a Fidel Castro, además de reconocer haberse reunido con este último en alguna ocasión en La Habana.

Sin embargo, su relato sobre un encuentro privado con Raúl Castro, que será publicado en el próximo número de The Nation, resulta interesante.

Penn utilizó sus buenas relaciones con Chávez, durante su última estancia en Venezuela, presionándolo para que persuadiera a los Castro de que lo recibieran en La Habana. Chávez no tardó en complacerlo. Así que con dos compañeros —Douglas Brinkley, profesor norteamericano, y el columnista de Vanity Fair, Christopher Hitchens— Penn voló a La Habana en un avión del gobierno venezolano. Los tres esperaban realizar entrevistas conjuntas con los Castro.

Desafortunadamente, Hitchens y Brinkley fueron excluidos de la reunión con el general Castro, vestido con su uniforme militar de cuatro estrellas. La experiencia del nuevo líder cubano, lidiando con entrevistadores extranjeros, es bastante corta, y nula si se trata de reuniones oficiales con cualquiera que pudiera sondearlo o hacerle preguntas poco amistosas. Incluso, en algunas reuniones con entrevistadores complacientes, ha dicho cosas que debe haber lamentado posteriormente.

Sin embargo, Raúl sabía que estaría a salvo con Penn, pero no con sus acompañantes. Mucho menos con Hitchens, que ha demostrado con frecuencia no tener pelos en la lengua.

De hecho, fue Hitchens quien, antes de su salida para La Habana, y según relata Penn, desafió a Chávez con una pregunta incisiva que, planteada a Raúl Castro, lo habría dejado en blanco. "¿Cuál es la diferencia entre usted y Fidel?". La respuesta de Chávez resultaría reveladora, si fuera creíble. "Soy un socialdemócrata. Fidel es un marxista-leninista. Fidel es ateo. Yo no lo soy".

Quizás sus contactos venezolanos habrían advertido a Raúl que Hitchens podría hacerle la misma pregunta.

Penn afirma que Raúl no había concedido nunca antes una entrevista a un extranjero. No es cierto. En los años noventa conversó largo y tendido con dos amigos periodistas hispanohablantes y durante los primeros años de la revolución también concedió entrevistas al menos a dos norteamericanos. Pero podemos perdonarle este error a Penn, pues su reunión con Raúl constituye una verdadera primicia.

A lo largo de dos años y dos meses, desde julio de 2006 —cuando se produjo la transferencia de poder entre los hermanos Castro—, no existe constancia de que Raúl haya concedido ninguna entrevista [a extranjeros]. Ha evitado reuniones con dignatarios norteamericanos, incluyendo miembros del Congreso deseosos de verse con él.

Sin embargo, en octubre, y anticipándose a la elección de Obama como presidente, Raúl Castro accedió a reunirse con Penn para reiterar su interés en las negociaciones bilaterales con EE UU. Raúl ya había dado a conocer oficialmente esta posición. Sin embargo, con el actor norteamericano fue más allá, aclarando, por primera vez, su intención de sentarse con Obama en algún momento tras su investidura. Curiosamente, y quizás de manera sarcástica y mordaz, propuso que se reunieran en la Base Naval de Guantánamo. "Podríamos hacerle un regalo al presidente… podríamos enviarle a casa con la bandera americana ondeando sobre la Bahía de Guantánamo".

Penn declara que tomó notas, pero no dice si la reunión fue grabada, como seguramente sí hicieron los cubanos. Sólo había un intérprete. Por lo tanto, no se puede saber con cuánta exactitud transcribió Penn las respuestas de Raúl. Queda claro que algunos segmentos de las siete horas de entrevista quedaron fuera de su relativamente reducido relato recogido en The Nation, pero no sabemos lo que se omitió. No existen señales del tiempo que le dedicaron a debatir las relaciones bilaterales, o la importancia relativa que Raúl concedió a estas relaciones. Esperemos que se publique la transcripción de toda la entrevista.

La intención de Raúl cuando se reunió con Penn fue llegar a un público muy amplio, con la esperanza de incrementar la presión sobre los que deciden en Washington, para que levantaran unilateralmente el embargo. Declaró que su prioridad principal era propiciar intercambios bilaterales que condujeran a una normalización en el comercio, que, a su vez, incluyera el levantamiento del embargo. Sin embargo, animó a que Estados Unidos invirtiera en el sector petrolífero de Cuba, aunque su lenguaje, como indicó Penn, es difícil de entender.

No se menciona en el artículo el Acta de Ajuste Cubano de 1966, la política de inmigración "pies mojados-pies secos" de la era Clinton, la inclusión de Cuba en la lista del Departamento de Estado de países preconizadores del terrorismo internacional, ni otros temas que hayan afectado la relación. De la misma manera, Raúl no dio ninguna indicación sobre las concesiones que su gobierno podría considerar. No adelantó nada sobre si tomaría algunas decisiones en áreas como derechos humanos y libertades políticas. Por el contrario, parecía reiterar la posición "estándar" cubana en la que el sistema político no es negociable.

También hizo hincapié en distinguirse de su hermano, de su locuacidad y su narcisismo. Contó una anécdota de una reunión que Fidel mantuvo con una delegación china, donde habló durante tanto tiempo que, uno a uno, los chinos se fueron quedando dormidos. Únicamente quedaba despierto el joven intérprete. Fidel, sin darse por enterado, continuó hablando al desafortunado chico hasta el anochecer. En el relato de Penn parecía que a Raúl le hacía gracia contar la historia a costa de su hermano.

A la edad de 77 años, y con una salud incierta —aunque Penn lo describió como vigoroso—, parecía que Raúl no tenía esperanzas de que las relaciones con EE UU, tirantes durante cincuenta años de conflicto y una larga lista de agravios por las dos partes, fueran resueltas durante su permanencia en el cargo. Le dijo a Penn: "quizás no podamos solucionar todos nuestros problemas, pero podemos solucionar una buena parte de ellos".

Si las experiencias norteamericanas de mejoría de las relaciones con China y Vietnam son una guía importante, podría pasar mucho tiempo antes de que la Sección de Intereses en La Habana llegue a convertirse de nuevo en embajada. La normalización con China llevó siete años y medio, comenzando con el viaje secreto de Henry Kissinger en julio de 1971, hasta que se establecieron las bases democráticas en 1979. Con el Vietnam comunista, el proceso se prolongó más de diecisiete años.

Desearía agradecer la inestimable ayuda de Javier Quintana, mi asistente de investigación de la Universidad de Miami, en la preparación de este artículo.

* Distribuido originalmente en inglés por el Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos (ICCAS) de la Universidad de Miami.


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