Actualizado: 05/08/2021 10:23
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Viagra venezolana

¿Cómo fundar un 'socialismo del siglo XXI' cuando se ignoran los datos más elementales del fracaso del socialismo del siglo XX?

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Desde el anuncio de la imposición, por voluntad de Hugo Chávez, del "socialismo del siglo XXI", analistas de todos los ámbitos del espectro político han multiplicado opiniones y conjeturas acerca de ese nuevo producto ideológico que se propone imponer a la sociedad venezolana.

Opinar acerca del "socialismo del siglo XXI" presenta de entrada dos opciones. En el escenario de la real politik se le puede despachar a la manera tajante del canciller de Brasil, Celso Amorim, al ser entrevistado con ese propósito por el diario O Globo (16-1-07) en vísperas de la reunión del MERCOSUR: "El socialismo del siglo XXI no es más que un eslogan: si es bueno o malo, eso es otra cosa".

Sin lugar a dudas, se trata de una respuesta adecuada, por tratarse del responsable de velar por que Brasil no se desvíe de su empeño de contar entre las grandes potencias mundiales. Semejante responsabilidad inhibe detenerse en nimiedades y obliga a ir sin titubeos a lo esencial. Pero tampoco un representante genuino de Itamaraty podía concluir una entrevista de manera tan abrupta, por lo que, a manera de explicación, recurrió a una imagen cristalina: "El régimen del presidente Chávez funciona muito bem para o Brasil". "Para os interesses do Brasil, foi ótimo".

Vale la pena acotar que en 2006 las exportaciones de Brasil a Venezuela se elevaron a 3,3 billones de dólares y las importaciones de Venezuela a Brasil fueron de 548 millones).

Por otro lado, el consejero para asuntos internacionales del presidente Lula, Marco Aurelio García, considera a Brasil como el gestor de un modelo de "substitución de importaciones" en Venezuela. Lo que inspiró a un columnista brasileño a opinar que Chávez es el "retrato del perfecto idiota latinoamericano".

Considerar el "socialismo del siglo XXI" como un simple "eslogan", significa que el jefe de la diplomacia brasilera lo toma por un simple procedimiento publicitario. Se trataría de una marca de identidad que la llamada revolución bolivariana precisa para su lanzamiento como novedad en el mercado de las ideologías. De hecho, en el plano de la opinión pública internacional, incluso entre los simpatizantes del "proceso", el fenómeno venezolano se reduce a la imagen de Hugo Chávez, y a la versión de la realidad venezolana, forjado por la agencia de publicidad política de Le Monde Diplomatique.

La cultura de la corrupción

En el plano venezolano es donde la situación se torna ambigua, y se vive con angustia, incluso entre los simpatizantes del "proceso", pues el propio dueño del proyecto no ha facilitado las claves de lo que significa su propuesta. Se ha limitado a declarar: "vamos hacia el socialismo. Uno nuevo, propio. Ese tenemos que idearlo, y parirlo…".

No se trata de un proyecto concebido con cierta racionalidad, como sería lo sensato cuando se busca trastocar un modelo de sociedad para imponer otro. Parecería más bien una idea inspirada en ese pensamiento mágico, expresado con tanto talento por Michael Taussig en The Magic of the State, donde sin nombrar al país, el autor nos entrega una descripción de las representaciones mentales de un lugar que no deja dudas de que se trata de Venezuela.

Y mientras que el castrismo, fuente primigenia del proyecto "bolivariano", se ha caracterizado por un forcejeo entre el realismo y la ilusión, el modelo propugnado por el venezolano nace mancillado por el petróleo, y por la cultura que éste ha generado: una cultura rentista, la del menor esfuerzo, la del desconocimiento del trabajo como elemento primordial en la construcción de la sociedad, la cultura de la impaciencia, pues todo se puede adquirir con el solo gesto de blandir la abultada billetera del nuevo rico. En síntesis, la cultura de la corrupción.

Blandir el petróleo en lugar de argumentos, en lugar de pensamiento. Cuando Hugo Chávez conminó a los mandatarios presentes en la II Cumbre Sudamericana de Naciones, celebrada en Cochabamba en diciembre pasado, al consumo de Viagra para "revitalizar la situación regional del MERCOSUR porque el CAN no sirve, pero tampoco el MERCOSUR", expresaba una realidad meridiana.

Su política, su liderazgo, su socialismo del siglo XXI, se sustenta en el Viagra del petróleo. Y como bien se sabe, el Viagra es un sucedáneo de una falla, o de algo que ya no se posee: es un paliativo de la impotencia; es una apariencia de potencia, una simulación de lo extinto.

La metáfora del "tener que parirlo" avisa que se trata de un estado de embarazo, por lo que se deberá esperar que éste llegue a término para conocer la buena nueva del nacimiento de este Mesías novato. Pero habrá que indagar antes en las estadísticas cuáles son las posibilidades de gestar gracias al Viagra.

Es cierto que un socialismo que se sustenta en el Viagra es de por sí una novedad. Un Viagra-socialismo es una representación que, sin discusión alguna, sitúa en un lugar de honor de la postmodernidad a la revolución bolivariana, producto no de una nueva filosofía del pensamiento, sino de la obscena practica de un petropopulismo nuevo y rico.

Artefactos de segunda mano

El "socialismo del siglo XXI" significaría el resurgimiento de la figura del milenarismo que creíamos catapultado bajo los escombros del Medioevo. Quedan así obliterados, clausurados, en el país el acerbo civilizatorio del Renacimiento y la Ilustración. El "socialismo del siglo XXI" aparece así como un artefacto destinado a borrar varios siglos de historia y convertirse en un nuevo mito fundador del origen. Esa obsesión tan latinoamericana, educada en la fobia a todo cuanto sucedió antes de la independencia; de ahí que se cultive la ignorancia de la historia.

De ahí que ignoren que Bolívar, quien oficia de ángel tutelar del nuevo Mesías, es hijo directo de la Ilustración. Bolívar privilegió como enseñanza las ideas de Benjamín Constant, para quien proteger al individuo de los abusos del poder era lo primordial. De donde se desprende la idea de Bolívar de que "la libertad civil es la verdadera libertad; las demás son nominales", y por eso quería garantizar "la seguridad personal, que es el fin de la sociedad, y de la cual emanan las demás". Una clara demostración de la evolución de su pensamiento del republicanismo hacia el liberalismo, como lo demuestra en un brillante ensayo el historiador Luís Barrón (CIDE).

El gran mérito de Simón Rodríguez radica en haber leído a J. J. Rousseau en París y haber importado sus ideas a América.

Los elementos que manejan los líderes del nuevo milenarismo "bolivariano", ni siquiera son los forjados por Marx, Engels, Lenin o Trotski, sino que provienen de las lecturas de los manuales más elementales de marxismo que estuvieron al uso en los años sesenta del pasado siglo. Son artefactos de segunda mano y en mal estado.


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