Actualizado: 20/10/2017 18:43
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10 de Octubre, Cuba, Independencia

¡Viva Cuba libre con España! y ¡Viva el general Prim!

El autor nos brinda su visión de los comienzos de la guerra por independizarse del dominio español en Cuba

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Con estas declaraciones engañosas empezó la primera guerra civil de Cuba. Las noticias de lo ocurrido en la Península, recibidas en La Habana con las de los sucesos de Lares, se trasmitieron rápidamente a los afiliados en las logias del Camagüey y del departamento Oriental. Pero para el teniente gobernador de Bayamo, Don Julián Udaeta, no cabían dudas: la esperada asonada de principios de octubre liderada por Céspedes no representaba una gran amenaza.[1] Las cosas se calmarían por sí solas porque la gente de bien hablando se entiende; y si no bastara el interés general para atemperar los ardores insurreccionales, la tropa acantonada en Manzanillo enseguida le podría coto a la revuelta.

El día 10 de octubre de 1868, utilizando el subterfugio de su inminente arresto, Carlos Manuel de Céspedes, decide adelantar por su cuenta la fecha de la sublevación. Esta precipitación impidió quizás a los españoles de Cuba obtener pacíficamente poco tiempo después, lo que no pudieron obtener por la fuerza de las armas, estima Justo Zaragoza, en su imprescindible, Las insurrecciones en Cuba: Apuntes para la historia política de esta isla en el presente siglo. “Si Céspedes y los suyos dominando sus impaciencias aplazan las resoluciones hasta conocer la marcha del gobierno de la revolución española, hubieran sin duda conquistado en los comicios y sin derramar una sola gota de sangre la independencia en que soñaban”, aseguraba en 1873.

Pero por desgracia, todos sabemos cuál fue la evolución de aquel conflicto civil, dirigido por mercenarios extranjeros, principalmente dominicanos, norteamericanos, franceses, venezolanos y hasta algún polaco; pues los jefes nacionales carecían de experiencia militar. De hecho, la primera acción de Céspedes cuando intentó ocupar la desguarnecida población de Yara, se saldó por un fracaso estrepitoso y la subsiguiente desbandada de sus bisoñas huestes, integrada por los pocos esclavos que podía mantener, y a los que “liberó” para utilizarlos como vulgares acémilas de carga. El resto de la tropa, estaba formado —como asegura Enrique Collazo—, por una banda de jóvenes inexpertos, que pensaban que se iban de fiesta, auto convencidos en las logias masónicas que la guerra duraría unas semanas. El general historiador, mordaz observador de sus contemporáneos, no llevaba a Céspedes en su corazón porque lo consideraba como un “hombre de mediano talento”, y no cesó en toda su obra escrita de matizar su opinión sobre su persona con una cucharada de cal y otra de arena.

Es verdad que el caudillo manzanillero reunía todos los defectos de aquella romántica juventud criolla que se lanzó a la guerra con los ojos cerrados, desoyendo la voz de la prudencia. Es Ramiro Guerra, uno de los historiadores cubanos que, junto con Emilio Roig, más ha contribuido al afianzamiento de la leyenda nacional, que así los califica; para Guerra estos jóvenes que sólo se interesaban “romántica e intelectualmente en las cuestiones públicas”, se pasaron a las filas del separatismo, “por convicción y sentimentalismo patriótico”, tras el fracaso de la famosa Junta de Información. Tal vez por eso, uno de los primeros entusiásticos actos de los sublevados consistió en pedir la intercesión de Estados Unidos, a cuyo presidente prometieron entregar la Isla, una vez que cesase la soberanía de España sobre la misma.

Dados estos datos, los observadores de la época dedujeron enseguida que el levantamiento de Céspedes, poco tenía que ver con altos ideales patrióticos, sino que se produjo como consecuencia de su desordenada vida. Otros más precisos a la hora de juzgar el levantamiento, aseguran que se trató de “una verdadera rebelión contra sus propios partidarios”. Recordemos que los conspiradores se habían puesto de acuerdo para esperar condiciones políticas más favorables, o al menos para cuando se recibieran los pertrechos de armas y municiones que debía traer a Cuba el forajido Manuel Quesada.

En resumen, el movimiento independentista cubano fue secuestrado, casi desde el primer momento por hombres sin escrúpulos que no dudaron en anteponer sus ambiciones personales a los altos ideales que decían defender. Los intentos de Ramiro Guerra y toda la cohorte de historiadores nacionalistas que le han seguido para mitificar la figura de Céspedes, hasta llegar al exaltado y alambicado discurso de Eusebio Leal, el 27 de febrero de 2014 con motivo de 140 aniversario de su muerte, se enfrentan con otra tozuda realidad.

Es hora de que sepa de una buena vez, que no es cierto, como asegura Ramiro Guerra, que en el momento de la insurrección se había ganado el respeto de sus convecinos; tampoco a pesar de los que afirma el historiador, era uno de los menos impacientes en echarse al monte. Todo lo contrario.

Por otra parte, Céspedes no otorgó la libertad a sus esclavos, los enroló de fuerza en la aventura contra el poblado de Yara, y como ya hemos dicho antes, él y los otros revolucionarios los utilizaron como bestias de carga o carne de cañón mientras duró la guerra. No hay que olvidar que uno de sus primeros bandos como Capitán General, ¡nada menos!, publicado en El cubano libre de Bayamo, y todavía vigente a la hora que el general Valmaseda escarmentaba a Mármol en El Salado, precisaba en su artículo segundo que “Serán juzgados y castigados (…) los que se introduzcan en las fincas ya sea para sublevar o ya para extraer sus dotaciones de esclavos”.

La toma de Bayamo, presentada como una de sus mayores victorias, también ha sido adulterada por la historiografía oficial. En realidad, la ciudad, defendida por una guarnición de apenas 150 hombres, hizo apenas resistencia. El teniente gobernador de la misma, si bien no estaba abiertamente con los complotados, los conocía a todos personalmente; y confió en que entregando la ciudad —hay que decirlo—, administrada por los cubanos y defendida por una compañía de milicianos de color, evitaría males mayores. Por esa razón, según el coronel Novel e Ibáñez, fue sometido a Consejo de Guerra y condenado a 10 años de cárcel. Su imprudencia, casi le cuesta la vida meses más tarde, cuando los peninsulares de La Habana dieron un golpe de Estado al verdadero Capitán General, Domingo Dulce, y por su pasada cobardía, casi lo sacan de La Cabaña para fusilarle en la plaza pública.

La guerra desencadena las pasiones humanas y Bayamo no fue una excepción a esta regla. El teniente gobernador Julián Udaeta, inspirado por los altos principios del buenismo de la época, cometió el error de ignorarlo. Poco duraron sus esperanzas. Desde que los rebeldes comenzaron a administrar la ciudad las propiedades de los peninsulares fueron intervenidas y pilladas, pero lo mismo ocurrió con la de los españoles de Cuba que no simpatizaban con la revuelta y que intentaron mantenerse al margen del conflicto. Sólo consiguieron salvarse algunos cafetales franceses. Al final, cuando empezaron las cosas serias, todos salieron perdiendo. Pero dejemos que sea un cronista de la época que nos cuente lo que ocurrió antes de que los rebeldes quemaran la ciudad:

“Hicieron al comercio abandonar sus casas sin permitirles sacar ni una muda de ropa, y conducidos entre bayonetas los llevaron al monte. Entonces empezó la escena de horrores y de crímenes de que quisiera no tener que ocuparme. Se resiste la pluma a describirlos: no hallo frases en mi mente con que poder pintarlos, no encuentro imágenes suficientes para darle su verdadero colorido. Comenzó el robo: las carretas empezaban a salir cargadas de ricas telas, de valiosas prendas y muebles... Los negros se acuchillaban por una alhaja, sus jefes registraban ávidos las cajas. Continuaba el desorden: el pillaje, se estupraban las mujeres, se vejaba e insultaba a los ancianos cada cual había elegido un teatro para la representación de tan repugnantes cuadros.

Una comisión compuesta de lo más selecto de las señoras de la población acude a gritos medio desnudas huyendo de los horrores del fuego a la casa de Gobierno: allí estaban Mármol, Maceo, Milanés y otros dirigiendo tanto exterminio, y tanta desolación. Lloran, gritan, se postran, pidiendo con sus hijos en brazos no consumen su obra de desolación, que roben pero que no incendien, que no violenten a las mujeres. Era en vano”.[2]


[1]Novel é Ibáñez, Dionisio, Memoria de los sucesos ocurridos en la insurrección que estalló en la ciudad de Bayamo en octubre de 1868 y observaciones sobre el estado en que la población se encontraba y elementos de que se disponía, desde antes de declararse la rebelión hasta fin de enero de 1869, 1872.

[2]Feyjoo y de Mendoza, Teodorico. Diario de un testigo de las operaciones sobre los insurrectos de la Isla de Cuba: llevadas a cabo por la columna a las órdenes del Excmo. Sr. General Conde de Valmaseda, 1869.


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