Actualizado: 16/10/2019 8:52
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Cuba, Cubanos, República

Y así estamos

Es en el comportamiento cotidiano donde más tendemos a sublevarnos cada vez que se nos señala un defecto o limitación

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Las raíces de la valoración exagerada de lo propio, y la justificación a priori de nuestros defectos, se remontan a la herencia hispana y al surgimiento y desarrollo tardío del capitalismo de libre empresa en los países de habla española, tanto en España como en Latinoamérica.

En lo económico, las consecuencias han sido un proteccionismo, que lejos de proteger la industria local ha impedido su desarrollo; un mercantilismo en que el Estado ha sido al mismo tiempo parásito y protector de una burguesía anquilosada y de una clase comercial atrofiada, que no han podido alcanzar la plenitud por sí mismas.

En lo cultural, la sobrevaloración de nuestra identidad se convirtió en un recurso eficaz en días difíciles, pero también en una limitación a la hora de conocer y analizar nuestras capacidades. El fenómeno no es propio de los cubanos, y se repite en otras etnias y nacionalidades, en donde el temor a una asimilación o sincretismo —que conlleve una disolución paulatina de algunas de sus costumbres o características— los obliga a aferrarse de forma agresiva e hipócrita a moldes superados por el devenir histórico y social.

Pero es en el comportamiento cotidiano donde más tendemos a sublevarnos cada vez que se nos señala un defecto o limitación. Nos negamos a la crítica porque pensamos nos denigra, en lugar de aprender de nuestros defectos.

Durante muchos años, a todo aquel que se atrevía a formular la más leve crítica en Cuba se lo tildaba de “hipercrítico”. Es curioso el arraigo de ciertas palabras. La mentalidad del militante del partido comunista que imponía su discurso, del profesor de filosofía marxista que propagaba el dogma y del vigilante del Comité de Defensa de la Revolución que espiaba al vecino se extiende más allá de la disidencia y del derrumbe de la sociedad cubana.


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