Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Humor

Carta a Anselmo Suárez y Romero

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Pazguato y franciscano Anselmo Suárez y Romero:

Cada vez que veo el siglo XIX —y lo veo muy poco, lo justo— me conmuevo. Cuánta gente grande hubo en el siglo XIX. Me pregunto cómo cabían todos en ese siglo. Y en pensando eso comprendo por qué a muchos de ustedes los expulsaban o tenían que salir huyendo. Para que cupieran. No hay más vuelta de hoja. Si no lo hubiera hecho así, se habría armado una revoltura tremenda entre próceres, capitanes generales, quintos, conspiradores, patriotas, poetas y representantes de la corona. Era un problema dental: en una corona no caben tantos dientes.

Pero usted sobrevivió. Mínimamente, que todo hay que decirlo. Grisesito y con pespuntes negros. Y los pespuntes negros vino a ponérselos ya muerto con la publicación de la novela Francisco, de tema oscuro y trama entramada, que siempre es mejor que decir de trama oscura, porque uno nunca sabe que traman los oscuros cuando se les novela. Aunque peor es cuando no se les ve o si no se les vela. Creo que el título de su obra fue una especie de reajuste semántico, una roñita fonética para atornillar lo castizo del idioma.

Como Anselmo es un nombre bastante desolado, que más tarde rescatarían las telenovelas, quitándoles el aire sapingolo y triste, componiéndolo —porque lo compuesto atrae, inexplicablemente— con un José o un Luis que lo hace ligeramente menos soso en los galanes protagónicos que son llamados José Anselmo, Luis Anselmo, Carlos Anselmo, usted tituló su novela con otro patronímico que rimara más alegremente, y que poseyera aristas más enjundiosas para los chiqueos.

No se puede bajar cariño o intimidad con Anselmo, que es asmático en la aspiración Ans, y que suena ridículo en su variante Ansel. Francisco, sin embargo, lleva su Pancho fuera de borda, con remos recios en la vertiente manchega: Paco o Paquito; en la catalana con Cisco, Chesco o Cesco, o en la burlona con Pancholo, Pacolo, Paquirri o Panchitín. Un Francisco puede pasar desapercibido a pesar de su fuerza, y en la marea de la multitud no desentona. Pero un Anselmito tira indefectiblemente a pluma o trajinada.

Tuvo en suerte nacer en familia armónica. Otros lo hacen en filarmónica hasta que alguien desafina y se tienen que ir con la música a otra parte. Por eso, sus primeros años fueron tan bien compuestos que no constan en ninguna parte, y luego se esforzó para seguir manteniendo esa costumbre. Logró, no obstante, clavar un récord disífilis de igualar en la historia patria: ser uno de los intelectuales más olvidados de este mundo, lo que en lenguaje campestre equivale a ser un pan con na, y en la definición citadina un ñiquiñaqui. Llegó a ser tan brillante en esa obsesión, que pocos recuerdan haber coincidido con usted en fiestas, reuniones, paradas de ómnibus o actos masivos, y mucho menos en aquellas sabrosísimas tertulias que se mandaba el buenazo de Domingo del Monte.


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