Actualizado: 19/06/2024 16:42
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Política

Ese no es el buen camino

Un gobierno que domina hasta la saciedad la vida privada de sus ciudadanos, no necesita que nadie le diga qué sucede en la Isla.

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TEMA: Un 'debate' por decreto

Una vez más, los ciudadanos han sido convocados por los que gobiernan a exponer "de manera abierta, transparente y sincera", los problemas y realidades que les agobian. Esto, a partir de la orientación de debatir el discurso con que por primera vez el gobernante en funciones, Raúl Castro —por cierto, no ha usufructuado las investiduras otorgadas por el convaleciente presidente Castro en la proclama del de julio de 2006—, protagonizó la celebración por el aniversario 54 del asalto al Cuartel Moncada, donde se refirió a algunos aspectos graves de las deficiencias y carencias arrastradas por varios lustros.

No es primera vez que desde el poder se pretende abrir una expectativa de reforma o se orienta hablar sin restricciones. Recuérdese la campaña de rectificación de errores y tendencias negativas, y las reuniones de empresas, de 1986; el llamamiento al IV Congreso del Partido Comunista, en 1991; o los llamados parlamentos obreros de principios de los noventa. Todos con el mismo final, a saber, amplio cuestionamiento de los resortes políticosociales y estructurales del sistema, que quedaron en el olvido y han sido letra muerta.

Las reuniones de empresas dejaron de celebrarse luego de su tercera edición, después que los participantes creyeron que se podía hablar de verdad y criticaron hasta la saciedad a los dirigentes y sus ejecutorias a todos los niveles. Los debates generados por el llamamiento al IV Congreso constituyeron una especie de catarsis generalizada en un momento de incertidumbre y esperanza de cambio, pero fueron bruscamente interrumpidos por el alto liderazgo que, de paso, se enteró qué necesitaba el pueblo, para decidir hacer todo lo contrario.

Un proceso viciado de origen

Volviendo a la actualidad, vale recordar que el vicepresidente Carlos Lage ha llamado a que los planteamientos se hagan con nombre y apellidos, petición que pertenece al género de sainete grotesco, en tanto todo el mundo sabe el precio de la transparencia a la hora de decir la verdad o acaso lo que se piensa. Ese peligro, la desconfianza por las ocasiones anteriores, inútiles y baldías, y la consabida manipulación de las instancias políticas, mueven la desconfianza y el escepticismo sobre el nuevo proceso convocado.

Creo en la buena voluntad de las autoridades en funciones a la hora de hacer la convocatoria, pero eso no basta cuando se trata del ejercicio de la responsabilidad política por el destino de los demás. Este proceso nace viciado de origen, aquejado del pecado original de los experimentos totalitario-populistas de no tomar en cuenta al individuo como valor fundamental y con la asignatura pendiente del respeto al derecho de las minorías.

Es muy cómodo y útil convertir a la masa en el aprobador unánime y permanente de todo lo que dimane de la voz cantante, y deslegitimar de facto toda disonancia, discrepancia o disidencia, para de cuando en cuando, siempre que convenga, orientar a esa masa, que no tiene ni práctica ni confianza, que hable libremente.

Un gobierno con tantos años en el poder y tantos mecanismos e instrumentos políticos y policiales de control, vigilancia y delación; un gobierno que domina hasta la saciedad tanto la vida privada de sus ciudadanos como cada vericueto político o económico de los demás países, no necesita que se le diga qué sucede en Cuba.

Si después de casi 50 años de dominio absoluto e incontestable, desconocen qué pasa en la Isla, pueden bajar a vivir un poco como la gente de a pie, desandar los hospitales, centros de recreación, el sistema de transporte, enfrentar los rigores de la tupida y agobiante madeja burocrática y represiva, o mejor aún, aprovechar la excelente comunicación que conservan con todos sus descendientes, que, callados y seguros, han abandonado el país para preguntarles: ¿por qué, a pesar de gozar de todos los privilegios, prebendas y garantías, huyeron, sin mirar atrás, del paraíso de la censura, el miedo, la envidia, la hipocresía y la chivatearía?

Los de arriba y los de abajo

A estas alturas, lo necesario y recomendable es pedir a los ciudadanos que expongan sus criterios sobre las causas y posibles soluciones o salidas a esta crisis, que sólo se soporta por esa falta de transparencia, debate y sentido crítico que padecemos, y sobre todo, abrir espacios de debate libres de restricciones, condicionamientos y dirigismo verticalista.

Los gobernantes deben aceptar que para respetar los derechos y dignidades de las personas sólo hay que respetarlos y decidirse a asumir las consecuencias políticas de esa aceptación. Para respetar los derechos, no hay que esperar a que aparezca petróleo, levanten el embargo o los sin voz describan lo que es tan evidente.

El comentario generalizado es que esta vez los militantes del Partido guardan silencio ante la desgarrada catarsis de muchos que han hablado o que se han decidido a llamar a las cosas por su nombre, en una demostración clara del nivel de agobio generalizado y de la crisis de argumentos y respuestas de los que, desde arriba, se niegan a aceptar la realidad y sus responsabilidades.

Está por ver hasta dónde llega este nuevo ejercicio, pero sí está claro que la fórmula de "hablen ahora de lo que yo quiero que hablen, para después yo determinar las soluciones o alternativas", no sirve para enfrentar la crisis y los retos.

Son muy grandes los problemas, retrasos, traumas y carencias, para resolverlos sin asumir que la libertad del individuo y su garantía son las principales e insoslayables herramientas en la construcción de la convivencia deseada. No hay por qué dudar que este nuevo llamado a que los de abajo describan lo que podemos ver clara y cotidianamente está animado por las mejores intenciones, aunque ese no es el buen camino.


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