Actualizado: 29/06/2022 10:50
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Sociedad

Éxodo infinito

Desde las salidas masivas por Camarioca y Mariel a la huida en Tampa de los futbolistas de la selección nacional.

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A unas horas de conocerse que la selección nacional de fútbol había logrado un empate con su similar de Estados Unidos en el preolímpico de Concafaf (Confederación Norte, Centroamericana y del Caribe de Fútbol), en Tampa, que define dos boletos para Beijing 2008, trascendió a los medios que varios jugadores abandonaban la delegación de la Isla.

El éxodo masivo constituye un fenómeno sostenido y en crecimiento, que transita su quinta década. Comenzó en 1959, continuó con la Operación Peter Pan, con las salidas masivas por los puertos de Camarioca y Mariel y la Base Naval de Guantánamo. Mediante el desvío de naves marítimas o aéreas, navegando en un Chevrolet, en una lancha rápida, escondidos en el tren de aterrizaje de un avión, irrumpiendo abruptamente en sedes diplomáticas y huyendo de cualquier misión en el exterior; primero blancos, después de todos los colores, adultos, ancianos, niños y jóvenes, continúan abandonando la Isla.

Los Tres de La Habana, los bailarines del Ballet Nacional y del Ballet Español, Carlos Otero, Susana Pérez y ahora los siete futbolistas del equipo nacional, entre otros muchos, demuestran que por cada ciudadano que opta por huir, otros muchos acechan la primera oportunidad para hacerlo.

Un proceso sostenido

La emigración, un fenómeno que acompaña al hombre desde su origen en la Tierra, tiene múltiples causas, entre ellas las económicas. Las salidas masivas responden siempre a situaciones de crisis temporales. Una vez superadas, los emigrados regresan a sus hogares.

Sin embargo, en Cuba se trata de un proceso sostenido: antes y después del embargo, antes y después de la Ley de Ajuste Cubano, y antes y después de la "Batalla de ideas". Su duración, la diversidad sociológica de los emigrados y el perjuicio de la nación, constituyen razones suficientes para enfrentar las soluciones que correspondan.

La acusación de "escorias", "antisociales" y "delincuentes" contra todos los que abandonan la Isla, ha sido desmentida por el éxito de muchos en el exterior, sobre todo por la ayuda que sus familiares reciben en Cuba.

Por otra parte, si ese argumento fuera válido para las primeras generaciones de emigrados, pierde todo sentido cuando la mayor parte de los que huyen son jóvenes nacidos después de Camarioca o del Mariel. Además, la acusación se vuelve contra el país, pues, después de tener cerca de tres millones de compatriotas en el exilio, ese argumento da la impresión de que la Isla cuenta con una eficiente industria productora de "escorias" y que estos, dado el peso de las remesas familiares, constituyen el sostén de buena parte de los que no lo somos.

La ausencia de derechos, libertades y espacios cívicos que impiden a las personas la participación para satisfacer sus aspiraciones de progreso y bienestar, tiene solución. Para ello, basta emprender las transformaciones posibles y necesarias que la sociedad y los tiempos reclaman, y situar la dignidad de los ciudadanos por encima de cualquier otro interés.

El refrán popular "más vale tarde que nunca" es aplicable a la situación de la Isla. No es un secreto que, con independencia de cualquier factor externo, la causa fundamental radica en la incapacidad del modelo actual para satisfacer las necesidades de la población.

Ahora, al menos han surgido dos elementos nuevos en el escenario cubano: uno, el proyecto de cambio esbozado por Raúl Castro en su discurso del pasado 24 de febrero, con el fin declarado de aumentar la producción para satisfacer las necesidades de la población; dos, la reciente firma por parte de La Habana de dos importantísimos instrumentos de derechos humanos de obligatorio cumplimiento, en los cuales se refrenda, entre otros, el derecho de salir y entrar de su país libremente.

Es decir, si antes se carecía de esos dos elementos, ahora de lo que se trata es de la voluntad y la urgencia de su ejecución. Un reto inmenso pero ineludible de los que detentan el poder, y de cuya solución depende el destino de la inconclusa nación.

Si se avanza en esa dirección —la única en que se puede avanzar—, los atletas, así como el resto de los ciudadanos, podrán salir y entrar al país sin necesidad de huir o abandonar sus equipos. Podrán jugar en el extranjero, poner el nombre de Cuba en alto y después regresar y hacerlo también en su país natal. Entonces, las huidas dejarían de ser noticia y el gobierno se anotaría un tanto en la arena internacional y otros muchos con sus ciudadanos, que no desean marcharse definitivamente, sino gozar de ese derecho de forma similar a como lo hacen, incluso, los vecinos de Haití.


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