Actualizado: 03/07/2020 15:57
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Sociedad

Síndrome del chicharrón

¿Por qué los aristócratas de la cultura no reclaman que sus compatriotas no sean encarcelados ni arrastrados por las turbas paramilitares?

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TEMA: Un 'debate' por decreto

Aunque el chicharrón no pasa de ser aire frito, en La Habana lo venden a precios de carne de cerdo. Es lo mismo que sucede con casi todas las buenas nuevas relacionadas con eso que llaman cambios renovadores en la política del gobierno.

Por ejemplo, el ministro de Cultura declaró hace poco que "cada día va a ser más ridículo que alguien diga que lo persiguen aquí por sus ideas". Y conste que estuvo a punto de acertar. Basta con que hubiera dicho "difícil" donde dijo "ridículo", porque difícil es que un opositor disponga aquí de tiempo (antes de caer preso), o de espacio (a no ser que lo trasladen envuelto en papel de regalo desde la cárcel a Madrid), para denunciar que ha sido apurruñado por sus ideas. Lo ridículo es más bien el intento de desconocer que ahora mismo hay más de dos centenares de presos en Cuba sólo por lo que piensan.

Que el totalitarismo no puede prescindir de su parafernalia para la persecución y el abuso, ya que son el hilo que lo entreteje, es harto conocido. Lo nuevo parece ser este síndrome del chicharrón cuyos afectados dicen digo donde debieron decir diego, pero lo dicen tan campantes como si estuviesen hablando a solas delante del espejo y no para cientos de miles de personas con dos orejas y con boca para abuchearlos.

Silvio Rodríguez, otro del vértice de nuestra aristocracia cultural dicen que revolucionaria, ha declarado que el hecho de que los cubanos dependan de un permiso de salida y de entrada a su propio país, que el régimen debe otorgarles (o no, y además cobrándoselo a precio de oro, aunque eso no lo dice Silvio), es algo que ha sobrevivido durante demasiados años y que no tiene razón de ser. De pronto, pareciera que hay carne en esta declaración. Pero basta con hurgar un milímetro más allá de la superficie para comprobar que no es sino aire frito.

Entre lo mucho y lo muy esencial que Silvio calla al decir digo donde debió decir diego, queda la oprobiosa circunstancia de dos millones de cubanos que hoy viven dispersos por el mundo (sin patria pero sin amo) y que no sólo dependieron de un humillante permiso de salida, sean cuales fueran los motivos de su mudanza, sino que en mayoría han sido despojados de su condición de cubanos: no se les permite el regreso, a muchos ni siquiera de visita; además, antes de tomar el avión debieron renunciar, obligados por el régimen, a sus propiedades y a todos sus derechos como ciudadanos del país natal.

Vista como es debido (y como está a la vista de quienes quieran ver, si es que en verdad son revolucionarios o juegan a serlo), limitarse a enfocar la problemática del permiso de salida y entrada sólo para el interés de una pequeña claque entre quienes vivimos hoy en Cuba, es, en rigor, inflar el chicharrón.

Incluso también lo es referirse a nuestro impedimento de entrar a los hoteles, o al de comprar teléfonos celulares, si junto a tales reclamos que, desde luego, son justos y elementales, los aristócratas de la cultura cubana no mencionan ciertas desesperadas esperanzas de sus compatriotas.

Por ejemplo, la esperanza de poder dormir tranquilos, no en hoteles de lujo, sino en sus propios hogares, junto a su familia, sin la preocupación de ser metidos en la jaula a media noche o la de ser arrastrados por las turbas paramilitares, sólo por haberse opuesto abierta aunque pacíficamente a la política del régimen.

Cuando tales urgencias, entre muchísimas otras, sean declaradas (y tenidas en cuenta) en tanto fibra sólida y no pellejo de nuestras realidades, entonces sabremos que al fin la falsificación está dejando de sentar plaza de autenticidad entre nosotros. Y que en verdad renunciamos a la virtualidad totalitaria.


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