Actualizado: 18/07/2018 10:45
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Literatura cubana, Literatura policial, Padura

Las «pauras»* de Padura (II)

Segundo de una serie

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Hay al menos dos Paduras: el que escribe novelas y ensayos, y el que ofrece entrevistas o ejerce el periodismo (es decir, por activa o por pasiva). Puestos a elegir, a un autor debe juzgársele —literaria y políticamente— por su obra, más que por sus declaraciones, las cuales son colaterales a ella, porque en última instancia estas corresponden a su vida personal, al hombre que tiene que comer, vestirse y trasladarse. Quizá eso explique lo que Armando Chaguaceda ha nombrado simpáticamente como “la herejía contenida”, y que un hipotético Oscar Wilde politizado hubiera definido como “el miedo que no se atreve a decir su nombre”. Vivir en Cuba, ya lo sabemos y hasta lo dijo Barack Obama in situ, “no es fácil…” El mismo Padura ha confesado ser “no un hereje —por falta de arrestos— sino antiortodoxo”… Más claro, ni el agua.

Más que sus lectores cautivos (en más de un sentido) naturales (los cubanos de la isla), le interesan los potenciales lectores restantes no cubanos: en la isla se agotan rápidamente las cortas tiradas de sus obras y demoran en reimprimirlas, y por eso los derechos que recibe allí no son en realidad tan sustantivos como las que se imprimen y venden fuera; los títulos suyos que logran ingresar a la isla se comercializan menos, porque hay que pagarlos en moneda “dura” que los famélicos compatriotas destinan a otras urgencias más materiales; y en el exilio, es difícil persuadir masivamente a los posibles compradores cubanos con medios suficientes y gusto por la lectura, para que gasten su dinero en un autor que para muchos sostiene un indefinible y hasta culpable equilibrio o connubio con la dictadura, la cual le permite vivir en la isla mientras no transgreda ciertas fronteras invisibles, pero muy reales. Puede “jugar con la cadena, pero dejar al mono quieto”.

En esa esgrima mental, Padura es un innegable maestro, irónico y hasta socarrón, “mulato ladino” lo hubieran llamado antes, buscando siempre el furtivo y elusivo “centro”. Porque hay que decir que él no es un autor de frontera (literariamente hablando, no en el sentido geográfico ni filológico, sino en el que lo postuló Henry David Thoreau: “Las fronteras no son el Este y el Oeste, el Norte o el Sur, / sino allí donde el hombre se enfrenta a un hecho”), sino de equidistancias, que elude los extremos mediante un cuidadoso trabajo de crochet con su prosa: justo en el momento en que puede brotarle la herejía irreparable, se detiene y regresa. O “habla de pelota”, como ironiza la sabiduría popular. Pero al menos queda implícito –no explícito- lo que sugirió que podía o quiso decir, pero no dijo: la razón de la sinrazón. Padura confesó en algún momento que lo que más le hubiera gustado ser en la vida es pelotero y además del equipo Industriales. Y lo confirmaba en cada una de sus obras. Aunque ahora parece que se pasó para el equipo de Matanzas, los Henequeneros: las vueltas que da la vida… Supongo que si cambió en esto tan medular y sustantivo, pueda también cambiar en otros aspectos…

Hay marcas del lenguaje que definen una actitud política: no es lo mismo referirse a la situación que impera en Cuba desde 1959 como “eso” o “aquello”, que decir “el régimen”, “el gobierno” o “el proceso revolucionario”, con un delicioso eufemismo. En una época fueron muy populares en la isla unos términos rescatados desde los años cuando todavía España gobernaba en Cuba, para señalar a los opositores, los “desafectos” o los “no integrados”, lo cual se complementaba con la alusión a “el proceso revolucionario”… Algo similar ocurre con vocablos como “bloqueo” y “embargo”: las palabras son unas cárceles que nos definen, y nos movemos entre ellas como invisibles Scilas y Caribdis. Y Padura es un diestro Odiseo que navega entre ellas.

No escribe, pues, para los cubanos (quienes, por una u otra razón, no son los clientes más sustantivos de sus libros), sino sobre los cubanos, con una obra destinada al lector internacional, ese que quiere consumir “algo cubano”, o al menos que se le presente y venda legítima o aceptablemente como tal: es la misma antigua tradición de los abalorios y espejitos, pero al revés, y eso sí, muy bien preparada, con tono convincente e intenso color local. Su prosa cubana es light, adecuada para ese consumidor ideal, y ofrece un escenario narrativo que –como debe ser- le deja ganancias a él, pero sobre todo a sus editores, quienes son a la larga sus promotores y rentistas. Ellos mandan y pagan y él escribe: no le busquemos más, pues es lo que hay, lo que se vende, como pan caliente. Si Padura se les gastara, los editores buscarían otro; así, tan simple. Porque la maquinaria debe seguir produciendo. De hecho, parece que ya tienen varios en reserva…

Otro escritor insular que también desempeñó un papel en ese mercado internacional fue Alejo Carpentier. Y Padura lo ha estudiado concienzudamente, quizá como ningún otro de su generación. En el momento en que la revolución cubana triunfante necesitaba proyectar una imagen internacional ilustrada, Carpentier resultó el autor perfecto: elegante, cosmopolita, culto, erudito, ambiguo, persuasivo y conectado con las principales editoriales; hasta tocaba el piano: un verdadero primor.

Padura es ahora el equivalente de Carpentier, en el momento de la decadencia y la desintegración de eso que ya ni sabemos qué nombre ponerle. Carpentier vendía una estética, la de lo real maravilloso, correspondiente a una etapa inaugural de asombro y optimismo; y Padura ofrece otra, la de un realismo (pero con riberas[1]) si no sucio, al menos turbio, algo retorcido, imbuido dentro de lo que se ha llamado la novela neopolicial cubana, que representa una etapa terminal escéptica: el paralelo entre ambos autores va desde la grandiosa épica de Makandal y Víctor Hughes, hasta la humilde sordidez resignada de un escéptico Mario Conde.

Esa decadente escenografía cubana que el novelista habanero incrusta en sus obras, post apocalíptica, descreída, amarga y desencantada, tiene un delicioso regusto nuevo para el viejo sabor aprendido de aquellos lectores adictos a “lo cubano” periférico, quienes primero se alborozaron con los autores revolucionarios de la ola inaugural, jóvenes, optimistas y triunfales; pero ya ni ellos, ni nosotros, somos los mismos. Padura, probablemente a su pesar, es el memorialista del derrumbe, el último evangelista del desastre: le tocó (y lo asumió) el papel de San Juan en Patmos. Y para poderlo hacer, es importante, imprescindible, que San Juan esté, precisamente, en Patmos. No se narra el Apocalipsis por referencias de segunda mano. Padura es un novelista-reportero, quizás más fiable que los de CNN, BBC, EFE, AFP y demás progenie.

El “nicho de oportunidad comercial” de Padura está –y hábilmente lo percibieron así sus editores- en esa ávida masa lectora que a nivel internacional ya tiene una idea preconcebida y confortable de lo que para ellos es (o debe ser) Cuba, y desea que no se la estropeen, sino que le presenten el mismo plato, mas con una salsa nueva, destinada a paladares exquisitos cada día más exigentes, sofisticados y refinadamente perversos. Esos “lectores de lo cubano” forman ese nutrido grupo que con un insolente aire de superioridad dictamina que “aunque todo el mundo cambie, Cuba tiene que seguir siendo revolucionaria para que sostenga la bandera hasta el fin”, como nuevos cartagineses y saguntinos. Esto, declarado desde un cómodo reposet y empuñando una copa panzona de buen coñac, mientras leen una novela de Padura, resulta muy reconfortante… Creo que, en toda la historia de la humanidad, la hipocresía no había alcanzado cotas tan altas como hoy: antes, se llamaban Tartufos; hoy, son “las buenas conciencias” de una progresía hedonista.


* Paura, del italiano: Espanto, pavor, miedo.

[1] En 1964, Ediciones UNIÓN en La Habana, publicó por recomendación de Alejo Carpentier el título De un realismo sin riberas, del entonces comunista estalinista francés Roger Garaudy (1913-2012), traducido por Graziela Pogolotti, que tuvo mucha difusión entre los de nuestra generación. Garaudy fue primero católico, y luego, protestante, ateo comunista, disidente después de la invasión soviética a Hungría, y finalmente musulmán negacionista del Holocausto.


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