Actualizado: 10/12/2018 18:40
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Literatura cubana, Literatura policial, Padura

Las «pauras»* de Padura (V)

Último de una serie

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Una posible aproximación al perfil psicológico de Padura como autor, muestra una acusada predilección por los personajes en conflicto consigo mismos, su circunstancia, y con los demás. Cuatro escritores han sido especialmente estudiados por él: de joven, el Inca Garcilaso de la Vega, un mestizo indeciso entre el mundo quechua y el hispánico, padeciendo el conflicto permanente entre su pasado y su presente, víctima de una dramática neutralidad; después, Alejo Carpentier captó su atención crítica y revisó los rincones de este autor cubano nacido en Suiza, quien aunque se esforzó mucho nunca pudo asumirse auténticamente como cubano; después, se concentró en el neurótico por excelencia, el gran Ernest Hemingway, en conflicto con él, con los demás, con su país y con todo el mundo. Y para coronar este grupo, se aplicó, con gran provecho, en la agónica personalidad del fundador de los exilios cubanos: José María Heredia; acechado por la envidia y las traiciones, en medio de su patria natal y la adoptiva, despechado del mundo, hastiado de todo, busca en la escritura su refugio y su bálsamo. Esa sostenida inclinación de Padura por este tipo de autores puede indicar algo significativo, revelador quizá de una profunda escisión personal.

No creo casual que Padura se haya aplicado en un autor como El Inca, con un profundo conflicto como mestizo racial; en otro como Carpentier, quien tiene un conflicto agónico en sus fuentes, como un mestizo cultural; en Hemingway, que sufre también un conflicto existencial como mestizo literario (periodista y novelista), y otro como Heredia, quien, por sus ideales políticos, padece un conflicto político, entre España y Cuba, como un mestizo patriótico. A esta serie se agrega el conflicto ético entre las fidelidades y las dudas y escrúpulos que mueven y destruyen finalmente a Ramón Mercader. Son muchos los conflictivos que han atrapado la atención de Padura.

En la etapa republicana anterior a la dictadura actual, el género policial gozaba de muy buena salud comercial. Novelas de muchos autores –ingleses, franceses y fundamentalmente norteamericanos- circulaban con gran éxito en la isla y ganaban lectores cada día. Eso lo apoyaban la propia radio y la televisión, desde las Aventuras de Chan Li Po (obra de ese asombroso mulato llamado Félix B. Caignet) hasta Perry Mason.

En las librerías y en los abundantes estanquillos cubanos resultaba fácil adquirir las novedades, pues había libertad comercial, como en todo lo demás. Sin embargo, cuando se impone el comunismo, esto cambió radicalmente. Con el pretexto de “ahorrar divisas”, las importaciones particulares de libros se suspendieron. Se prohibió que circularan libros impresos en el extranjero, aunque fueran de autores cubanos, como fue el caso de un cargamento de ejemplares de la Obra lírica de Dulce María Loynaz, editados por Aguilar de Madrid, detenidos en la aduana, incautados y luego destruidos. Las revistas extranjeras (en primerísimo lugar, la satanizada Selecciones del Reader’s Digest, editada e impresa en español para toda América Latina en el barrio habanero del Cerro), también corrieron la misma triste suerte.

Aunque había habido algunas muestras nacionales anteriores a 1958 (Leonel López-Nussa publicó El ojo de vidrio en 1955 y El asesino de la rosa en 1957), en realidad el género policial fue visto con profunda suspicacia durante los primeros años del castrismo, como un subproducto cultural del capitalismo. En 1970, Ignacio Cárdenas Acuña logra publicar su Enigma para un domingo, una novela decorosa sin muchas pretensiones, que tiene al menos el mérito de inaugurar la narrativa policial en la dictadura.

Al clausurar el Primer (y hasta la fecha el único) Congreso Nacional de Educación y Cultura, en abril de 1971, Fidel Castro declaró enfáticamente que “el arte es un arma de la Revolución”, y esto de arma lo dijo en más de un sentido: porque puede servir para amenazar, matar y hasta suicidar.

Al año siguiente, en 1972, se convoca al Concurso Aniversario de la Revolución, organizado por el MININT. Desconozco si el KGB soviético patrocinó en algún momento algún concurso literario en la URSS, así que este sería un aporte original cubano.

En la televisión y la radio se bombardeaba al público cautivo e inerme con programas como “Días de Combate”, “17 instantes de una primavera”, “Sector 40”, y el paradigmático “En silencio ha tenido que ser” (1979). Fue un lapso glorioso del control cultural monopólico de la dictadura, sin competencia ni paliativo posible: ese fue “su momento estelar y sublime”, sin caseteras ni antenas parabólicas, aún menos internet, ni NETFLIX… El único “paquete” que se conocía entonces era el de la propia programación oficial, tan única como el rojizo partido: más que “paquete”, era un “paquetazo”.

La literatura policial cubana tomó un rumbo insospechado: auspiciada y vigilada por el MININT —mecenas próvido pero atentísimo, y vigilante como Argos de mil ojos— se fundó primero una sección nacional de escritores, y luego crearon en 1986 la Asociación Internacional de Escritores Policiacos, AIEP, con sede en La Habana, que tuvo una revista, Enigma, y hasta un congreso anual en la Semana Negra de Gijón con un premio, el Dashiel Hammett; promovieron autores, premiaron y editaron obras y al final, todos los fundadores del movimiento terminaron burlando a sus vigilantes y fugándose del país: para sorpresa y molestia de uno de los principales y decisivos gestores del proyecto, el acérrimo guevarista y hoy lopezobradorista de güesocolorado Paco Ignacio Taibo II, Alberto Molina primero, Rodolfo Pérez Valero después, e Ignacio Cárdenas Acuña poco más tarde, dejaron Cuba. Todos viven ahora en Miami o sus cercanías. El único que se quedó en la Isla fue Padura.

Trabajador obsesivo (podría decirse que es todo un stajanovista de la literatura), Padura pare obras macizas y plúmbeas, las cuales algunos dicen podrían ser utilizadas como armas contundentes en caso de perentoria necesidad, y que a varios comentaristas parecen le sobran la mitad de las páginas. Pero él produce fértil y puntual, cumpliendo eficazmente sus compromisos, y en ese sentido su casita de Mantilla le sirve como la cueva del anacoreta, donde como hormiguita laboriosa se aísla y trabaja durante meses, para después entregar su fruto y recoger su premio. No es en modo alguno una vedette literaria que ponga en apuros a sus editores, sino un obrero cumplidor y ejemplar que siempre está en su lugar, y gira cuando tiene que girar y da el salto a la altura que le pidan. Todo lo que escribe últimamente, aún lo de mayores pretensiones literarias es, en el fondo y en sustancia, una novela policial: Herejes y El hombre que amaba los perros son novelas policiales, con el triple o cuádruple de la extensión habitual. 440 páginas tiene su obra más reciente, La transparencia del tiempo, donde dicen que habla de una virgen negra, una moreneta como la catalana de Monserrat, tema sin duda de coincidente y palpitante notoriedad, que sus editores habrán apreciado convenientemente en la coyuntura actual. Algo vagamente catalán, escrito hoy por un cubano, despierta interés y, por tanto, ventas.

Sus patrones editores le dicen: “para tal fecha tantas libras de novela” y cuando llega ese día, ahí están todas las que le fueron requeridas y contratadas, puntuales, macizas, razonablemente concebidas y pulidas. Listas para la imprenta y a vender se ha dicho: él mismo lo ha declarado –y nadie se ha atrevido a contradecirlo- que no tiene mucha imaginación (confesión sin duda difícil para un fabulista), pero sí que es un trabajador muy cumplidor y un atento observador de su entorno.

Ya no cambiará. Así seguirá porque además le va bien; así que, como para qué, pues. Si así le funciona, no hay que tocarlo. Él mismo lo ha dicho hace poco: ya es “demasiado tarde para cambiar y demasiado pronto para morir”.

Sin embargo, temo que por su comportamiento más reciente, en una entrevista televisada en su programa Otra vuelta de tuerka, con el español Pablo Iglesias, sobre quien sí no hay ni la menor duda de sus ideas, Padura acaba de dar un paso de definición que no lo favorece nada. Quizá ha recibido alguna presión del régimen donde le avisan del cercano fin de una cierta tolerancia. No sé, es sólo “un suponer”… Pero minimizar las muertes de cubanos en la guerra de Angola (2,085 según la cifra oficial castrista y 10 mil según otros estimados), diciendo que fue “ridículamente baja”, y afirmar que “la mayor parte fueron por accidentes o enfermedades”, es de una insensibilidad insultante: fueran uno o diez mil, esos jóvenes murieron en una guerra que no era la suya y en una tierra ajena, donde muchos nativos los consideraron invasores e intrusos. Hasta Mario Conde creo que lo miró con una callada y amarga reprobación desde atrás de su vaso de aguardiente… Por mi parte, aunque esta no es la primera vez que escribo sobre Padura[1], sospecho que será la última.

Allá él: en su eterna casa de Mantilla Leonardo Padura se prepara, rodeado de sus recuerdos y fantasmas, de sus laureles y sus libros, para ser el cronista y reportero del fin de un mundo, que de tanto soñarlo se gastó, y terminó en una abominable pesadilla, pero que todavía vende artículos para nostálgicos.


* Paura, del italiano: Espanto, pavor, miedo.

[1] Compañero de generación y de afanes, y de aquella juvenil Brigada “Hermanos Saíz” de los principios de los 80, he publicado varios textos sobre Leonardo Padura: “Heredia: iniciador de caminos” (Revista Encuentro de la Cultura Cubana, Nº 26/27, Otoño-Invierno 2002-2003, p. 283-294); y “Padura y el reloj de Jruschov” (Otro Lunes, Revista Hispanoamericana de Cultura y Literatura, Nº 43, Septiembre de 2016, Año 10). Y hasta dirigí una excelente Tesis de Maestría en Literatura Latinoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM: Thelma Alcántara Ayala, “Las cuatro estaciones de Leonardo Padura: una nueva propuesta de la novela policiaca cubana”. Mayo de 2010. Este trabajo obtuvo una merecida Mención Honorífica.


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La narrativa policial de Dashiell Hammett ha influido en los autores cubanosFoto

La narrativa policial de Dashiell Hammett ha influido en los autores cubanos.