Actualizado: 12/12/2019 10:24
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Un amigo que está cerca

Sobre el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal y su apoyo a los fusilamientos en Cuba.

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Jorge Luis Arcos comienza su artículo titulado El poeta solo ante el Poder, sobre el más reciente asalto de la pelea entre Daniel Ortega y Ernesto Cardenal, haciéndonos las siguientes preguntas: "¿Recuerdan aquella carta infame que circuló la UNEAC cuando los fusilamientos de los tres jóvenes y la encarcelación de los 75 disidentes pacíficos? ¿Recuerdan que estaba dirigida a "los amigos que están lejos", a los que se les disculpaba su provisoria condena de Cuba por su 'desconocimiento'?"

No he olvidado esa carta, que Arcos califica justamente de infame. Suscribirla era avalar el terror: en ella se justifican aquellos asesinatos y encarcelamientos, con los cuales el régimen castrista quiso demoler la oposición democrática interna y atemorizar aún más a todos los cubanos.

Arcos ignoraba, al salir en defensa del poeta Cardenal, que éste apoyó la infamia que dicha carta defendía. La apoyó con lujo de sofismas en un largo artículo, al que dediqué unos comentarios en La Provincia, de Gran Canaria, el 15 de julio de 2003. A continuación, mis comentarios.

Respuesta a Ernesto Cardenal

El Nuevo Diario, de Nicaragua, publicó, el 25 de junio de este año, un artículo del cura y poeta Ernesto Cardenal titulado Preguntas sobre Cuba. El ex ministro de Cultura del gobierno sandinista —aquella metástasis centroamericana del castrismo, que acabó en la rebatiña conocida como "la piñata"— concluye su artículo afirmando que sus "preguntas son sencillamente las de un lector de periódicos". No es cierto: sus preguntas son las de un prosélito incondicional de la dictadura castrista.

Cardenal empieza refiriéndose a los prisioneros de guerra talibanes confinados en Guantánamo y pregunta si la Unión Europea "ha exigido perentoriamente a Estados Unidos que los ponga en libertad, como ha exigido a Cuba la libertad inmediata de 75 presos". Supongo que no. Faltaría más que la UE no distinguiera entre fanáticos homicidas que sustentaban una espeluznante tiranía oscurantista, aliada de Bin Laden, y unos ciudadanos pacíficos, de ideas y conducta democráticas, que hacían política de oposición a la dictadura más vieja del hemisferio occidental, una dictadura que desde hace más de cuarenta años destroza y empobrece a la nación cubana.

En la prensa europea, y también en la estadounidense, se ha protestado, mucho y con razón, por las condiciones en que están detenidos los talibanes en Guantánamo, las cuales no son más reprobables, por cierto, que las que padecen en Cuba todos los presos. Sin embargo, el padre Cardenal no ha protestado nunca por el sistema carcelario cubano, tan atroz que Castro no se atreve a mostrárselo a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU ni a la Cruz Roja Internacional.

Cardenal dice que la ley norteamericana llamada de Ajuste Cubano promueve el terrorismo porque concede permiso de residencia en Estados Unidos a todo cubano que llegue a ese país, aunque haya secuestrado un avión o una embarcación en Cuba. Lo que no dice es que, en base de los acuerdos migratorios existentes entre Cuba y Estados Unidos, las autoridades de este último país devuelven implacablemente a la isla a los balseros que no logren pisar territorio norteamericano, que son la mayoría. Tampoco dice que el régimen castrista, violando tales acuerdos, impone represalias a los balseros devueltos.

¿No se ha preguntado Cardenal por qué, a pesar de esto, los cubanos siguen echándose en balsas al mar? ¿Piensa Cardenal que, por muchas leyes de Ajuste Cubano que haya, mis compatriotas huirían a Estados Unidos, arriesgando hasta la vida, si en Cuba se sintieran bien?

Antes del castrato, los cubanos no necesitaban una Ley de Ajuste Cubano para obtener la residencia norteamericana, pero casi no emigraban. Empezaron a emigrar en masa después de 1959, y no sólo hacia Estados Unidos. ¿Esto no le provoca ninguna pregunta al ilustre nicaragüense?

Según Cardenal, la palabra "disidente", tratándose de Cuba, se aplica mal, pues "la aplican a los que conspiran, promueven la subversión, y pretenden el derrocamiento del régimen cubano". Cardenal coincide, pues, con la dictadura castrista, y con todos los totalitarismos, en la práctica policíaca de acusar de conspirador y subversivo a todo el que manifieste desacuerdo con el gobierno.

Don Ernesto se ha empeñado en no admitir que los cubanos podamos ser disidentes sin ser conspiradores, y nada menos que "conspiradores a sueldo de la representación diplomática de Estados Unidos en La Habana".

Para este curioso espécimen de sacerdote católico, la pena de muerte es sólo un problema de número, lugar y verdugo. De acuerdo con él, los intelectuales que han protestado por los últimos tres fusilamientos en Cuba "fueron utilizados por la campaña anticubana" porque no se dieron cuenta de que el año pasado hubo 1.560 ejecuciones en el resto del mundo; además, quien haya protestado por estos tres fusilamientos en la isla "debería protestar más por los 165 ajusticiamientos habidos en Texas mientras Bush era gobernador de ese estado".

Lo peor es que este ministro de Dios, que lo es más de Castro, justifica "las tres ejecuciones en Cuba y la puesta en prisión de 75 personas" porque "han ocurrido en circunstancias muy especiales" (no sé si contempladas en la Biblia), en "un país que está en pie de guerra, y ante el peligro de ser invadido". Se trata del mismo país al que acaba de arribar el primer navío yanqui, desde el cual el enemigo imperialista ha invadido el puerto de La Habana con miles de toneladas de madera y papel para periódico.

Cardenal cierra su artículo comentando que quiso escuchar, en Managua, el discurso en que Castro explicaba su última ordalía y que no pudo oírlo porque la transmisión por vía satélite fue interferida por el gobierno norteamericano. "¿Y no es condenable que a una persona a la que se está condenando mundialmente no se le permita su defensa en la radio internacional?", pregunta indignado. Sí, es condenable; pero más lo es difamar, encarcelar y torturar a las personas que ejercen el derecho a disentir, y a eso se dedica Castro en Cuba con el respaldo, entre otros, del lector de periódicos Ernesto Cardenal.


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