Actualizado: 12/07/2024 0:11
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Música

Canciones viejas para el hombre nuevo

Tras cuatro décadas de dogmatismo ideológico y aislamiento, ¿hacia dónde va la música cubana?

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Y es que el baile con ritmos de tambor, de procedencia africana, según teorizaba el Instituto de Neurología, enervaba los sentidos y compulsaba a la violencia. Tanto fue así, que en unos carnavales no hubo tambores, nada de comparsas de El Alacrán, Los Dandys o Las Jardineras. En 1970, desfiló una sola comparsa con música grabada del francés Paul Muriat.

Obladí, obladá, otra cosa pasará

Prohibido el bolero, por pesimista, la rumba por enervante, el son y la guaracha por decadentes, y el rock y el jazz por música del enemigo, los desorientados productores radiales bombardearon a la juventud con traducciones de ripios norteamericanos, interpretadas por combos españoles, ¡para morirse!

Esa absurda política radial cortó el tradicional intercambio musical entre Estados Unidos y Cuba, y dividió a la juventud cubana en dos bandos que se convirtieron en enemigos irreconciliables. De un lado, los que consideraban la música bailable cubana decadente, vulgar y "chea" (insulto de moda). Del otro lado, los que llevaban el tambor en la sangre, y acudían, todos los fines de semana, con riesgo de ir presos, al Mambí de Tropicana y al Salón Rosado de La Tropical.

Los órganos de prensa de la juventud comunista: El Caimán Barbudo y el diario Juventud Rebelde, diariamente atacaban al "mal gusto" de la música del pasado y sus intérpretes. No es extraño que esta política coincidiera con el encarcelamiento de los intelectuales negros cubanos, que acusaban a la revolución de racista, porque detrás de esta política musical, había una enorme carga de racismo. Baste decir que en las escuelas de música estaba desterrada la tumbadora, y prohibido interpretar música popular cubana. Varios fueron los alumnos expulsados del Conservatorio Amadeo Roldán por tocar al piano un son de Matamoros.

Pero las barbas guerrilleras estaban de moda. Muchos intelectuales en Europa y Estados Unidos tenían fe en el "milagro cubano", y el gobierno los invitaba a la Isla, con todos los gastos pagados. ¡Una semana en el trópico! Venían a escuchar tambores y les empujaban un ballet de Chaikovski. Venían a ver justicia social y los llevaban al tour de las maravillas: a ver al boxeador Stevenson y la vaca Ubre Blanca.

La lista de desencantados sería interminable. El poeta estadounidense Allen Ginsberg, fundador del movimiento hippie, creyó en la libertad de la revolución y desde que llegó, se declaró públicamente homosexual, y piropeó, a diestra y siniestra, a los hermosos comandantes: ¡pecado mortal! Lo montaron en un avión rumbo a Praga. El ingenuo poeta no sabía que en la ortodoxia revolucionaria el homosexualismo era un crimen.

Un afamado psiquiatra de la Academia de Ciencias de Checoslovaquia, en una conferencia para psiquiatras y policías, mostró un aparato que, instalado en el pene, registraba la inclinación sexual del hombre. Aquel "cundangómetro", como lo bautizaron en son de burla los psiquiatras del MININT, comprobó que las locas no tenían remedio. En consecuencia, el gobierno creó las UMAP, Unidades Militares de Ayuda a la Producción, siniestros campos de concentración.