Actualizado: 11/12/2019 10:35
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| Opinión

Generación, Cuba

Cuba en dos generaciones (I)

Este ensayo aparece publicado en dos partes. La segunda parte se publicará mañana sábado

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“Generación va y generación viene; mas la tierra siempre permanece”
Salomón. Eclesiastés 1 : 4. Reina Valera (1960)

—¿Te has dado cuenta de que no se parecen en nada a nosotros, a los de antes? —Me soltó la pregunta de sopetón mientras mirábamos las escenas del arribo a una playa floridana de un grupo de balseros cubanos, sobre todo jóvenes, en un noticiero miamense en la TV.

—¿Te refieres a los cubanos de ahora? —Le contesté.

—¡Claro! —Respondió rápido y molesto—. Hablan diferente, se visten diferente, comen y beben diferente, se enamoran diferente, cantan diferente, bailan diferente, caminan diferente, se ríen diferente, miran diferente, y lo peor, mi hermano, piensan diferente. ¿Qué tienen que ver ellos con nosotros?

—Hummm… —Me quedé pensativo.

Detengamos esta conversación ficticia aquí, pero aclarando, ficticia porque la he inventado para ilustrar este breve ensayo, pero diaria, común y repetida de mil formas distintas, palabras más palabras menos, en Miami, en Tampa, en New Jersey, en Ciudad México, en Madrid y en la misma Habana. Siempre para concluir que los cubanos de ahora no se parecen a los de antes, o dicho de otra manera un poco más académica: las generaciones más recientes de cubanos muy poco tienen ya que ver desde el punto de vista formal con las generaciones anteriores.

De acuerdo. ¿pero qué significa eso?

Comencemos por tratar de entender qué cosa es una generación.

En la más reciente edición, el Diccionario de la Real Academia Española trae siete acepciones de la palabra generación, pero solo tres nos interesan para este ensayo:

  • Sucesión de descendientes en línea recta.
  • Conjunto de las personas que tienen aproximadamente la misma edad.
  • Conjunto de personas que, habiendo nacido en fechas próximas y recibido educación e influjos culturales y sociales semejantes, adoptan una actitud en cierto modo común en el ámbito del pensamiento o de la creación.

El portal “Concepto en definición ABC” se apega bastante literalmente al diccionario de la RAE, pero termina con un párrafo que vale la pena acotar:

Actualmente, desde la segunda mitad del siglo XX en adelante, las sociedades occidentales han presentado cambios culturales tan significativos que cada diez años se sucede una nueva generación con intereses, perspectivas, actitudes y valores completamente opuesta a la precedente y a la que seguirá en la línea histórica.

Presumimos que se están refiriendo a las generaciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial que se han dado en llamar: 1- Baby Boomers (1946-1964), 2- Generación X (1965-1981), 3- Generación Y o Millennials (1982-1994) y, 4- Generación Z o nativos digitales o Next generation o Generación Virtual o I-generation (1995-actualidad). Presumimos también que los “diez años” es una aproximación, pues en realidad —casi todos los autores lo piensan así— diez años es un período demasiado corto. Recordemos que otras generaciones anteriores ya tuvieron nombres, como la Generación Perdida (intervalo entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial) o en menor escala la Generación española del 98 (a la que se denominó también Generación del Desastre, por la derrota española en Cuba, Puerto Rico y Filipinas) y la del 27, también en España, o la Generación Silenciosa de la era del franquismo vencedor en la Guerra Civil, e incluso en Cuba la tan llevada y traída Generación del Centenario del Apóstol, una generación bastante mitificada que miraremos con un poco más de atención en párrafos posteriores.

Wikipedia se atiene también a lo que ya hemos señalado pero nos introduce a los trabajos del sociólogo húngaro-alemán Karl Mannheim (1893-1947), que en su obra de 1928 Diagnóstico de nuestro tiempo (En español, Fondo de Cultura Económica de México, 1945 y varias reediciones posteriores) establece patrones para el estudio de las generaciones plenamente vigentes hoy en día: el crecimiento demográfico, el urbanismo explosivo, el paso progresivo de los valores primarios a secundarios, los ideales colectivos, los períodos de transición, la aparición progresiva o brusca de nuevos grupos, la evolución de las formas de autoridad, la constitución de nuevos valores, la evolución (o estancamiento) de las leyes, la formación de nexos y la rotura de los mismos, la autoridad carismática, los grupos secundarios y dependientes, la religión predominante, las tecnologías (Mannheim se refería a las industriales pero la propuesta, creémos, es válida para las digitales), las guerras (o ausencia de), el acceso a la cultura, el sistema de propiedad, la macro y micro economía, etc.

El portal “Glosario de Filosofía”, refiriéndose al filósofo español Ortega y Gasset (1883-1955), nos dice:

En otro sentido, el término generación remite a la idea de uniformidad vital y cultural que se establece entre los individuos de una época determinada y que contrasta con la de otra época anterior o posterior. Ortega y Gasset utiliza esta noción para dotar de significado a la Historia, al asociar los acontecimientos con la generación en que tuvieron lugar, con el contexto cultural en el que se produjeron, que es en donde tales acontecimientos encuentran su auténtico significado.

Estudiando a Ortega y Gasset, el historiador chileno Marco A. Martín, La teoría de las generaciones de Ortega y Gasset: una lectura del siglo XXI (Universidad de Concepción, 2008, 2009), revisa inicialmente la evolución del concepto de generación, un concepto que considera capital para entender el proceso histórico de la sociedad humana. Revisa en su enjundioso trabajo las ideas de Giambattista Vico (1668-1744), Oswald Spengler (1880-1936), Auguste Comte (1798-1857), John Stuart Mill (1806-1873), Justin Dromel (1826-18…), Antoine Cournot (1801-1877), Giuseppe Ferrari (1812-1876) y Willhelm Dilthey (1833-1911), pensadores todos que contribuyeron a dar forma al concepto de generación. Leer el trabajo es provechoso e ilustrativo, pero en aras de sintetizar lo resumimos con esta cita de Ortega y Gasset que el profesor chileno transcribe:

“Alguna vez he representado a la generación como una caravana dentro de la cual va el hombre prisionero, pero a la vez secretamente voluntario y satisfecho. Va en ella fiel a los poetas de su edad, a las ideas políticas de su tiempo, al tipo de mujer triunfante en su mocedad y hasta el modo de andar usado a los veinticinco años. De cuando en cuando se ve pasar otra caravana con su raro perfil extranjero: es la otra generación. Tal vez en un día festival la orgía mezcle a ambas, pero a la hora de vivir la existencia normal, la caótica fusión se disgrega en los dos grupos verdaderamente orgánicos. Cada individuo reconoce misteriosamente a los demás de su colectividad, como las hormigas de cada hormiguero se distinguen por una peculiar adoración. El descubrimiento de que estamos fatalmente adscritos a un cierto grupo de edad y a un estilo de vida es una de las experiencias melancólicas que, antes o después, todo hombre sensible llega a hacer” (O y G,1951).

La investigadora María Isabel Domínguez (Compilación El Viejo Topo, España, 2000) nos formula dos preguntas muy interesantes:

  1. ¿Son las generaciones grupos conformados objetivamente o necesitan para serlo tener conciencia como tales?
  2. ¿Son sus interrelaciones esencialmente conflictuales por lo que el signo distintivo de la sucesión generacional es la ruptura casi permanente o, por el contrario, a pesar de aparentes desacuerdos predomina el consenso y la imitación, que da lugar a la continuidad en la sucesión con cambios evolutivos solo a largo plazo?

Las respuestas a estas dos preguntas son importantes y no carecen para nada de sesgos generados por intereses políticos e ideológicos.

En el primer caso podemos decir que hay generaciones que toman conciencia de sí mismas, siempre mediante agentes de avanzada y llegan al extremo de autodenominarse ellas mismas. La Generación del 30 y La Generación del Centenario en Cuba son dos buenos ejemplos.

Sin embargo, la generación cubana que tiene alrededor de 20 años hoy carece de nombre y no aparenta querer tener uno propio, por lo menos hasta el momento (La Generación Y, por las Yoani, los Yusnavis y los Yulieskis es anterior).

En el segundo caso también la historia recoge rupturas generacionales importantes, a veces muy bruscas e incluso catastróficas —la generación rusa de la Revolución Bolchevique, la norteamericana del Crack del 29 (la de la Ley Seca) o la europea central y oriental que derribó el Muro de Berlín, por poner tres ejemplos bien conocidos—, pero otras veces la transición de una generación a otra es muy poco conflictiva, digamos que ocurre de manera suave, light o blanda, como es generalmente el caso en los países escandinavos, en Islandia o en los cantones suizos.

Un concepto interesante, muy relacionado con el de generación, es el de “espíritu de la época”, que suele reflejar la toma de conciencia de una generación asociada a un fenómeno político y/o cultural determinado: La Generación Perdida de entreguerras es, realmente, un constructo cultural de un grupo de escritores y editores, sobre todo estadounidenses (Gertrude Stein, Ezra Pound, Ernest Hemingway, Sylvia Beach, Francis Scott Fitzgerald, etc.) que decidieron, en buena medida por snobismo, autoexiliarse en París.

El espíritu de época que se vivió en las capitales europeas justo antes del estallido de la Primera Guerra Mundial se ha estudiado, y reflejado literariamente, hasta la saciedad. El denominado “período especial en tiempo de paz”, decretado en Cuba por Fidel Castro en el año 1992, ha dejado, así lo creemos, un espíritu de época que explica en parte la conversación ficticia con la que comenzamos este ensayo.

Como puede apreciarse revisando la literatura al respecto, aunque relativamente complejo y discutido desde diversos ángulos, el concepto de generación es mucho más comprensible, aceptado y homogéneo que otros conceptos manejados habitualmente por las ciencias sociales y el discurso político tradicional: nación, nacionalismo, patria, patriotismo, pueblo, populismo, estado, gobierno, democracia, liberalismo, totalitarismo y un largo etc. entrañan complejidades teóricas —muchas veces prácticas— y dan pie a discusiones académicas que no son tan comunes cuando se habla de generación.

Acerquémonos entonces, tratando de no prejuiciarnos, a Cuba y sus generaciones.

La historia cubana, si tomamos como referencia comparativa a Asia o Europa, incluso a Africa, es relativamente corta, y la sucesión generacional nos parece bastante fácil de analizar y periodizar.

Simplificando:

La isla de Cuba tuvo un período colonial bastante más largo que toda su historia posterior (1492-1902) por venir, en el que se fue desarrollando, primero lentamente y luego algo más rápido, una identidad criolla (que cuajara totalmente o no esa identidad es tema de discusión y no viene al caso aquí). Después vivió un siglo XIX marcado por nuevas ideas —anexionismo, reformismo, separatismo—, pero siempre bajo el estigma y la dominación fáctica colonial —y por un buen tiempo el lastre de la economía de plantación y su correlato esclavista— y en su segunda parte sumergido en guerras cada vez más crueles y devastadoras (y eventualmente inútiles), por lo menos en una parte del territorio (la oriental y central), que terminaron con la intervención militar, y política, de Estados Unidos. Y luego, con los dos primeros años bajo el control militar norteamericano, un turbulento siglo XX partido en tres:

  1. La república inicial (1902-1933) signada por la decadencia política y la corrupción de buena parte de los mambises sobrevivientes (los generales y doctores de Loveira), las limitaciones soberanas de la Enmienda Platt y la búsqueda infructuosa, sobre todo en el ámbito cultural, de lo mal hecho y de cómo arreglar lo mal hecho.
  2. Una revolución que se fue a bolina según la frase de uno de sus protagonistas (Raul Roa Kouri) y entonces la república intermedia (1934-1959), más o menos democrática —a veces sí, a veces no tanto—, dictatorial otras veces (Batista, 1952-1958), pero algo más soberana, por lo menos desde el punto de vista legal al desaparecer la Enmienda Platt, más moderna y rica (aunque muy desigual) y si cabe, más corrupta que la república inicial.
  3. El fenómeno denominado Revolución Cubana (1959-presente, mientras que para otros investigadores 1959-1976), que a su vez pudiera periodizarse (lo ha sido, y mucho) de diferentes maneras, y que ha sido descrito y narrado desde la hagiografía más obsecuente, escandalosa y fanática, pasando por los (muy pocos) intentos de objetividad analítica, hasta el repudio más acrítico, visceral y obtuso, que —cosa curiosa— proviene casi siempre de personas que ayudaron, colaboraron, lucharon (y hasta mataron) por el triunfo y consolidación de esa misma revolución.

Esa ha sido, y repetimos, sumamente simplificada, la historia de la isla de Cuba, una historia, que por supuesto, ha sido construida y vivida por una sucesión de generaciones.

En un repaso de esas generaciones es que queremos poner en contexto a esta última —la que no piensa, ni viste, ni habla, ni canta, ni baila, ni come, ni se enamora, ni camina, ni mira, ni se ríe, etc. como las anteriores—, comparándola de una forma que creemos novedosa pero objetiva (aunque, por supuesto, discutible), con algunas de las generaciones anteriores.

Antes de continuar, vamos a introducir un concepto, extraído de la biología y la medicina (de ahí venimos), que queremos emplear, de una forma un poco metafórica, en nuestro análisis generacional.

El concepto se denomina “tasa de letalidad”. En epidemiología la tasa de letalidad es la proporción de personas que mueren por una enfermedad entre los afectados por la misma en un período y área determinados. Se puede decir que es un índice de la virulencia o de la gravedad de una enfermedad cualquiera. Se expresa por una fórmula matemática que no creemos sea necesario explicar a los efectos de este breve ensayo.

Según el portal “Concepto en definición ABC”, el término letalidad hace referencia al alcance que un producto, una situación, un modo de actuar puede tener sobre la vida de una persona o de un animal. La letalidad no es más ni menos que decir cuán mortífero o peligroso puede ser un producto o un fenómeno. Este término se relaciona con el concepto de letal, de que algo es muy peligroso y altamente relacionado con la muerte. La letalidad es, entonces, la capacidad que ese elemento o fenómeno letal tiene de desarrollar resultados efectivos —producir la muerte— al ser aplicado o al suceder.

En realidad, y lo decimos desde ya, lo que queremos es comparar la letalidad de una generación con respecto a la otra, sabiendo, y dejando claro, que estamos aplicando el concepto de una manera acientífica (no matemática) y subjetiva, pero lógica. Lo hacemos porque nos parece que puede constituir una manera diferente de enfocar la tan común idea de degradación social y cultural, evidentemente cierta, por lo menos en parte, de los cubanos jóvenes, los de ahora. Pero enfocando una arista diferente, la ética, sobre todo esa peligrosa distorsión ética que es la violencia. Para decirlo de otra forma; en lugar de comparar la educación formal, la cultura, las (buenas o malas) maneras de hablar y proyectarse, la adscripción a una u otra religión, el “patriotismo”, el “martianismo”, el trato íntimo, las prácticas musicales y un sinfín de manifestaciones más que suelen utilizarse, decidimos comparar el grado de violencia practicada por cada generación, o sea, la tasa de letalidad.

No intentamos nada extraordinario —quién pone en duda que la generación de Adolfo Hitler fue mucho más letal para Europa y para los propios alemanes que la actual, o qué duda cabe que la generación de las maras (pandillas) salvadoreñas es mucho más letal para ellos mismos y el pueblo del Salvador, que, digamos, la generación salvadoreña de 1950—, pero sabemos, no nos engañamos en eso, que el tema, conociendo a los cubanos (lo somos) es espinoso. Pero la búsqueda de la verdad —siempre lo ha sido— es espinosa, dolorosa, pero al final, eso creemos, vale la pena.

Adelante entonces.

(La segunda parte de este ensayo aparece mañana.)

Félix J. Fojo es escritor, médico y apasionado de la historia de Cuba y Estados Unidos. Fue profesor de la Cátedra de Cirugía en la Universidad de la Habana. Tiene varios libros publicados.


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