Actualizado: 20/10/2021 13:39
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La izquierda recalcitrante en La Habana

El desastre moral y material de Cuba es el monumento a la tozudez de Castro, que los revolucionarios profesionales celebran junto a su lecho de muerte.

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La aplazada celebración del octogésimo cumpleaños de Fidel Castro reúne en estos días en La Habana a más de un millar de "personalidades" de la izquierda internacional que acuden a un encuentro que parece tener más de funeral, o al menos de despedida, que de festejo. Castro se muere, o está en vías de morirse, y los que apostaron por un sueño del cual él ha venido a ser la más antigua encarnación, se juntan para reafirmar una idea o una época y, sin duda, para hacer votos por su perpetuación.

Los ochenta años de Castro y su inevitable desaparición son, pues, pretextos para esta cita con la nostalgia que agrupa a gente de diverso pelaje, religiones y procedencia a quienes sólo asocia una actitud, un descontento con las jerarquías tradicionales —eso que en inglés suele llamarse establishment— y el orden que de ellas dimana; una furia contra los poderes que defienden el derecho al enriquecimiento (aunque muchos de ellos sean ricos) y la libertad que lo ampara; vehemencia juvenil (aunque en su mayoría sean viejos) contra los estamentos políticos y militares que preservan o extienden la supremacía de Occidente. Es la izquierda, con su inconformidad y su desaliño, sus gritos y consignas, sus sueños y sus mitos. Castro ha sido por medio siglo la representación de muchos de ellos.

A los que hemos sido víctimas del castrismo no deja de sorprendernos la simpatía que todavía suscita en esos círculos el tirano de Cuba, a contrapelo de sus fracasos y sus crímenes. El resultado neto de eso que aún llaman "la revolución cubana" es tan pavoroso y sus secuelas tan devastadoras (represión y corrupción, incompetencia y arbitrariedad; ineficacia económica permanente y latrocinio; desarraigo y alienación; derrumbe físico del país y colapso moral de la nación) que no podemos entender como quedan aún académicos e intelectuales, artistas y políticos, promotores de derechos civiles y líderes obreros que se identifican con ese orden espurio y su figura máxima y estén dispuestos a gastar su prestigio en defenderlos.

Rencor e ingenuidad son las dos actitudes principales que pueden explicar el fenómeno de una adhesión tan ciega y tan abyecta. Este rencor es una suerte de fermento que sale de un antiguo alambique —español en el caso de América Latina— que destila veneno y prejuicio contra Estados Unidos y todo el orden que este país representa, aunque consuman y reciclen productos e ideas norteamericanos.

El mejor exponente del rencor antinorteamericano

Del fracaso del proyecto de América Latina, si es que puede hablarse con seriedad de tal engendro ("Gran Colombia" de Bolívar; "Nuestra América" de Martí) derivado directamente de nuestras taras étnicas y culturales, de las estructuras políticas, económicas y sociales heredadas de España y de su maridaje con las tanto o más opresivas del mundo nativo, se ha querido culpar hace mucho a Estados Unidos, a su pérfida política regional que contempla la explotación desmedida de nuestros recursos y el apoyo a regímenes despóticos y oligarquías depredadoras.

A los americanos los culpan por el proteccionismo con que alguna vez defendieron sus productos y por el libre comercio que ahora propugnan; por el "robo de nuestros cerebros" y, al mismo tiempo, por cerrarle las fronteras a nuestros inmigrantes; por interferir en los asuntos internos de nuestros países y por ser indiferentes a las violaciones de nuestros derechos humanos, en una larga lista de agravios en que yace soterrada la vieja envidia hispánica y su inadaptación a los presupuestos de desarrollo inventados, promovidos e impulsados por la cultura anglosajona, política y económicamente superior.

Fidel Castro ha sido por medio siglo el mejor exponente de este rencor tercermundista en general y latinoamericano en particular. Ha sido capaz de articularlo, una y otra vez, a las puertas del poderoso vecino y ha logrado sobrevivir. Esa supervivencia —en alguna medida milagrosa, o al menos resultado del azar— lo ha engrandecido a los ojos de la izquierda recalcitrante de cuya emotividad y truismos él ha sido un impenitente portavoz.

A este papel lo ha sacrificado todo, empezando por la integridad y la prosperidad de su pueblo; y esa izquierda lo reconoce como un gesto de máxima generosidad. No importa que Cuba se caiga a pedazos y que los cubanos se ahoguen por millares intentando huir del paraíso diseñado por Castro, si éste sigue encarnando y predicando una irrenunciable utopía en los foros del mundo. La ruina moral y material de Cuba es el monumento a la tozudez de Castro, una tozudez que los revolucionarios profesionales y nostálgicos de todas partes acuden a reafirmar junto a su lecho de muerte en La Habana.


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