Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Desfile, Cuba, Video

La lógica del desfile, el espectáculo y el exhibicionismo

Parece que lo obsceno de las pasarelas entre las ruinas del Paseo de Prado ha sido una invitación a que muchos participan en este afán de ver y ser visto

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Esto es sólo el comienzo: la visita del presidente Barack Obama y la primera dama, el desfile de la casa Chanel, el arribo de los cruceros Carnival, el tour del diseñador Karl Lagerfeld, la llegada del actor Vin Diesel y hasta los Kardashian. Todo esto demuestra que los ricos y famosos están en la etapa de ver y ser visto en las calles habaneras. ¿Quién sabe cuánto dura? Es una verdadera manía. Al mismo tiempo, hay algo de obsceno en un desfile de moda en un país en que la población sufre de vastas carencias en el campo laboral, la vivienda, la comida y los servicios básicos. Extraña aún más que, después de una aparente reconciliación política entre Estados Unidos y Cuba, el VII Congreso del Partido Comunista afirmara que los gobernantes del país no tienen ninguna intención de liberalizar la economía ni la política. Es decir, están muy bienvenidos Walmart, la industria internacional, los turistas y los demás trae dólares, pero de cambios sistémicos no se tratan. En este contexto de parálisis, ¿qué otros medios hay para simular una reconciliación, sino convertir a los revolucionarios de antaño en los excéntricos gliterati de hoy?

Parece que lo obsceno de las pasarelas entre las ruinas del Paseo de Prado ha sido una invitación a que muchos participan en este afán de ver y ser visto. Aunque parezca insólito, una pareja en particular lo llevó a un extremo. En 25 de abril la revista digital Cubanet reportó que un hombre y una mujer tuvieron relaciones sexuales a la luz del día en la acera, en el portal de una de las tiendas en el Boulevard de San Rafael en Centro Habana, rodeados por una multitud enardecida. Tal vez el acontecimiento no hubiera tenido el impacto que tuvo si no fuera por los vídeos grabados en los teléfonos móviles de los transeúntes. Éstos se difundieron a través de las redes sociales a la velocidad de luz y pronto fueron retransmitidos o reportados por Martí Noticias, Ciber Cuba, Habana Linda y América Tevé. La reacción del público fue de esperar. A bien que algunos no encontraron las palabras para expresar su asombro, otros mentaron la carencia de morales. Varios lamentaran la vergüenza no solo por el hecho de que esta pareja se exhibiera de forma pública, sino que también que, al parecer, las autoridades públicas no actuaron para detener el espectáculo.

Pero no es lo todo. Un par de semanas antes de este incidente se circuló una grabación de unos niños en uniformes escolares bailando el “perrero” al ritmo de un reggaetón en una escuela primaria en la Isla. Al mismo momento, sería injusto e erróneo considerar este tipo de fenómeno como exclusivo a Cuba. En los años 70, el llamado streaking, correr en público desnudo, llegó a ser tan popular en Estados Unidos, que mientras el actor inglés David Niven presentaba en los premios Óscar, un nudista corrió de un lado del escenario a otro. Hoy en día, el exhibicionismo al nivel internacional no se limita a este tipo de Dirty Dancing entre los jóvenes, sino que es algo que se escucha en las letras de las canciones, en los mensajes personales de texto, en la moda de vestirse (o no vestirse) y en los anuncios comerciales.

En este sentido, la reacción del público indica la necesidad de racionalizar la escena, explicarla con el fin de disminuir lo traumático. Entre las explicaciones que más esgrimieron los comentarios fueron el uso de drogas, un espectáculo pagado o las posibles enfermedades mentales de los participantes. No descarto ninguna de estas posibilidades, sino que los conjugo con ese placer de ver y ser visto que se lanza a las pasarelas, una especie de narcisismo al aire libre. Es precisamente ese deseo de hacerse el centro del mundo que exhibe el horror (o lo cómico) de la animalidad del sexo. Es decir, la sexualidad sin poesía, sin ritos de cortejo, sin vestidos de novia, lunas de miel, ecos de violoncelos en el trasfondo, luz suave y cortinas moviéndose en la brisa. Lo que se ve es el puro impulso hacia el placer del escenario.

Tal vez, lo único sorprendente es la actitud de sorpresa que se ha mostrado el público. Me refiero al desconocimiento de la actualidad de nuestra cultura mundial. Esta cultura en que las celebridades se exhiben desnudas como si esto fuera una expresión de su libertad de expresión creativa o libertad política. Como lo han señalado los feministas en múltiples ocasiones, lejos de ser una expresión de la libertad sexual, estas invitaciones a mirar equivalen el auto-sometimiento al deseo del otro, un masoquismo que aduce que ser el objeto de la mira es mejor que no ser.

¿Cómo entendemos este tipo de exhibicionismo en términos culturales? Marjorie Garber, en su importante estudio sobre el travestismo titulado Vested Interests, arguye que la apariencia del travesti en la historia es indicio de una crisis cultural que no sólo cuestiona las categorías que definen lo masculino y lo femenino sino que también cuestionan la categoría misma. El travesti es la tercera posibilidad que altera la relación binaria porque al transgredir las fronteras que dividen el terreno masculino y el femenino, inevitablemente el travesti demuestra que todas las fronteras son arbitrarias, impuestas por convenciones sociales y pueden transgredirse. Cruzar una frontera implica que las que dividen las clases sociales, las razas, las nacionalidades y los géneros también pueden cruzar.

El exhibicionismo puede verse de la misma manera: es indicio de una crisis cultural que divide lo público de lo privado y lo personal de lo colectivo. De este modo, es útil pensar en este tipo de obscenidad, no como un acontecimiento asilado en el orden simbólico, sino como parte de otra serie de alteraciones del orden simbólico que socavan la integridad de los binarios imperantes: el acercamiento entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba, la visita a La Habana del presidente Obama, la llegada de los cruceros turísticos junto con el tráfico aparentemente sin fin de balseros llegando a las costas de la Florida. Por eso mismo, los testigos frecuentemente carecen de palabras para asimilar los hechos y, en muchas instancias, lo único que queda es recurrir a los patrones antiguos que, después de recibirle a Obama y su señora en La Habana Vieja calificar la visita como una agresión y afrenta a la cultura cubana.

Hay que tener mucha cautela al emplear la palabra “perversión” porque en muchas instancias se ha usado como medio de estigmatizar las sexualidades de las parejas gay y lesbianas. Sin embargo, creo que la definición que emplea Jacques Lacan presenta un modelo que sirve para ubicar el exhibicionismo como parte de la etapa del espejo, esa instancia en que el sujeto presume ser el centro del mundo. Desde la perspectiva del psicoanalista, el acto de la perversión implica el desconocimiento del padre simbólico, su nombre, su ley y su prohibición. El exhibicionista masculino se hace pasar como el poseedor plenipotenciario del falo, total y completo, y la mujer exhibicionista es la que hace imagen de ella misma, disfrazándose como el objeto de deseo con valor icónico. El exhibicionismo, como han argumentado los psicoanalistas, está vinculado con el complejo de castración, al individuo que —a pesar de los límites que cada uno enfrenta en la vida— rechaza sus propias carencias y confunde el placer inmediato de la transgresión como único soporte de un ego asediado por los sentimientos de la inseguridad e insuficiencia, el dolor y la baja autoestima. De ahí el exhibicionismo se convierte en la compulsión excesiva de ostentar públicamente la falta de la falta. El peligro es que este afán de ser visto queda sometido al deseo de ver. El mirón, el que ve la obscenidad pornográfica, reduce al otro a mero objeto sexual, un objeto apropiable para su propio placer, lo cual implica un acto de violencia porque la objetificación no es identificación. No hay compasión ni simpatía porque el mirón no se involucra en su intimidad del otro; no arriesga perderse en el otro.

Ya que el performance no duró sino un par de minutos, es posible que la policía local no tuvo tiempo para responder y detener el performance. Pero la escena también puede sugerir, como lo indica Luis Cino Álvarez, que al desintegrar los antiguos binarios que la izquierda, anticapitalista y anti-burguesa, se ha quedado sin referente. Esta falta de referente equivale el desconocimiento de la función del padre simbólico. Aquí no me refiero al anciano Comandante ni a la vieja guardia (o sus nietos) de la revolución, sino a un cuerpo de leyes y prohibiciones que dividen los actos del ciudadano entre lo público y lo privado, una especie de superego que funciona al nivel del sujeto que suprime el desvergonzado narcicismo y que hace posible una sociabilidad funcional. Como bien señalo arriba, este tipo de perversión no es exclusivo a la situación de la Isla. El llamado sexting, el sexo casual sin compromiso, el uso recreativo de drogas sin ningún valor terapéutico, y la generalizada falta de dirección de la generación actual son pan de cada día. En este sentido, no solamente comento el desmoronamiento del orden socialista como medio de proveer una vida digna y un código ético moral que le corresponde, sino también a la inmoralidad de prácticas neoliberales que desconocen la obscenidad del calentamiento global, la desnacionalización de la riqueza nacional en sociedades de papel en Panamá. ¿Qué queda para el ciudadano de a pie como código moral, capaz de canalizar su deseo y su esfuerzo de manera creativa y socialmente productiva sino ver y ser visto?


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