Actualizado: 22/10/2021 20:51
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Los mismos errores

En la Isla, la opción democristiana no ha tomado fuerza como motor de transición hacia la democracia.

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Un compromiso político activo de los cristianos, en general, y del laicado católico en particular en una opción grupal, podría facilitar un proceso de transición hacia la democracia en Cuba.

Si echamos un vistazo a diversos procesos de transición democrática encontramos que las fuerzas políticas inspiradas en la doctrina social de la Iglesia han jugado un papel destacado, en algunos casos convirtiéndose en preponderante. La opción demócrata o socialcristiana ha sido la predilecta de las sociedades que han decidido afrontar el desafío del establecimiento del Estado de derecho.

Hay que ser muy sectario para no reconocer el rol ejercido por los sindicatos, movimientos y partidos de vertiente democratacristiana, por ejemplo, en Polonia, Alemania, Hungría, Lituania, Panamá, Chile, Guatemala, México, entre otros.

La defensa de la centralidad política, la solidaridad, la subsidiaridad, la primacía de la personas humana sobre el Estado y sobre el mercado, son principios que la doctrina cristiana propone, atractivos para los pueblos que buscan la liberación. A lo que habría que agregar la coherencia de vida y la audacia que el mensaje evangélico exige.

Pobre desempeño político

A lo largo de la historia de Cuba han existido diferentes expresiones del humanismo cristiano en la actividad política, pero muy pocas se han convertido en determinantes y ninguna en el ámbito partidista.

Si hablamos de la etapa que va desde la fundación de la República hasta 1959, la actividad política de los cristianos fue de poco calado. Interactuaron con el mundo político, principalmente mediante la participación de algún católico (a título individual) en el gobierno de turno, o puntuales declaraciones públicas de alguna asociación, como la emitida por la Federación de Juventudes Católicas en 1958 pidiendo el reestablecimiento del Estado de derecho, pero poco más. Algo que contrastó con el apogeo que sí tuvo la actividad social del catolicismo.

Según el profesor Leonel de la Cuesta, en 1949 comenzó a gestarse un partido político bajo el nombre de Movimiento Humanista, inspirado en el pensamiento de Emmanuel Mounier y Jacques Maritain. Un desprendimiento de éste llegó más tarde, en 1954, a formarse como partido: el Movimiento de Liberación Radical. A dichos grupos les faltó, entre otras cosas, un medio de comunicación o programa radial que les lanzara al ámbito nacional y les pusiera en contacto con las masas. En resumen, ninguna de estas iniciativas cuajó en el sistema político de entonces.

Oportunidad perdida

Entre 1954 y 1958 ocurrieron dos hechos de relevancia para el catolicismo y, en algún sentido, para la política nacional: las dos principales encuestas de la Agrupación Católica Universitaria (ACU), una sobre el sentimiento religioso en Cuba y otra sobre la situación del campo.

Según la encuesta nacional de la ACU "sobre el sentimiento religioso del pueblo cubano", publicada en1954: el 96,5% de la población creía en Dios, un 72,5% se consideraba católico, un 19,0% sin religión, un 6,0% protestantes, y el porcentaje restante se repartía entre espiritistas, santeros, masones y hebreos. Esta encuesta abrió un debate sobre el papel de la Iglesia en la sociedad.

La segunda encuesta (1958) fue muy relevante, esta vez sobre la situación del campesinado. De haberse hecho una buena lectura política de la misma se hubieran evitado muchos males posteriores.

Dicha encuesta puso en evidencia las condiciones de miseria y estancamiento en la que vivían los campesinos. Sacó a la luz la abrumadora desproporción entre el nivel de vida de la ciudad y el campo.

El estudio también señaló que la Iglesia había descuidado la acción social en el sector campesino. Sus obras, como las del Estado, se concentraban en la capital y grandes ciudades. La evangelización del campo y el apostolado social campesino eran asignaturas pendientes para la Iglesia cubana.

Las referidas encuestas propiciaron dos momentos políticos de reflexión que los católicos desaprovecharon. Era ese el momento del compromiso, de formar un gran partido o coalición de inspiración humanista cristiana, que partiendo de esa potencialmente amplia base social de creyentes, respondiera a las necesidades del mundo rural, como ya en otros países hacían los democratacristianos con el sector obrero.

Una fuerza política de inspiración cristiana podría haber canalizado toda la conciencia crítica y el malestar que había contra la dictadura. Era el momento de presentar una alternativa que reestableciera cívicamente el régimen constitucional. Pero eso nunca sucedió.

Según monseñor Carlos Manuel de Céspedes, "los obispos en Cuba nunca quisieron que se fundara un partido demócrata cristiano, porque pensaban que los católicos tendrían que tener sus ideas claras acerca de la fe y el pensamiento social de la Iglesia pero, cómo concretarlo en un partido, que dependiera de la conciencia de cada uno (marzo de 2008)". Ese enunciado, aparentemente inobjetable, escondía el deseo de mantener la sartén por el mango, como único interlocutor y representante de un sector específico de la población, o simplemente de no molestar al régimen de turno.

Por muy admirable que haya sido la labor de las distintas agrupaciones católicas, no se puede afirmar que estas hayan jugado un papel esencial en la política. El compromiso de los cristianos se concentró en las obras de caridad, las campañas sobre temas morales y en la participación en procesiones y concentraciones masivas. Estos grupos siguieron, de manera casi estricta, los deseos de la jerarquía eclesiástica de que se mantuvieran apartados de la militancia política, tal y como establecía la Circular Conjunta de 1957.

Paradójicamente, contrastando con ese rechazo (impuesto y a veces libremente asumido) a la política de manera grupal y sistemática como cristianos, un significativo número de estos decidió empuñar las armas contra la dictadura de Batista. Luces y sobras de una sociedad que no fue capaz de implementar una política suficientemente seria y responsable, pero sí de ir apasionada a las armas. Y aquella falta de compromiso cívico trajo el resultado que todos sabemos.

Falta de compromiso y paternalismo

En estos 50 años no han faltado expresiones cristianas en relación con la política, pero igual que antes, pocas se han convertido en hechos políticos significativos. A raíz del triunfo revolucionario fueron creados diferentes grupos de inspiración cristiana, como instrumento de resistencia y denuncia al nuevo orden marxista que se estaba imponiendo. La mayoría de estos grupos y sus líderes terminaron en el exilio.

Uno de los más destacados fue el Movimiento Demócrata Cristiano, fundado en 1959 por José Ignacio Rasco, en el que militaron católicos, judíos y agnósticos. Por cierto, cuenta Rasco que mientras monseñor Boza (al parecer la excepción) elogiaba su postura, la revista católica La Quincena, que dirigía el sacerdote Ignacio Biaín, les atacaba con igual ímpetu que los panfletos del naciente régimen. Nada extraño si tenemos en cuenta la advertencia del entonces embajador español, Juan Pablo Lojendio sobre la "inclinación cada día mayor de una parte de la jerarquía, una gran parte del clero y una mayoría de la masa católica hacía la simpatía, primero, y la abierta colaboración después, con la causa revolucionaria…".

A finales de la década de los ochenta surgió el Movimiento Cristiano Liberación (MCL). Liderado por Oswaldo Payá, tiene el mérito de impulsar el Proyecto Varela, en solitario primero y como parte de Todos Unidos, después. El MCL se identifica como un "movimiento de inspiración cristiana, cívico-político no confesional" (declaraciones a la ACI, 2004). Asimismo, hay otros grupos más pequeños que también se declaran inspirados en el pensamiento cristiano.


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