Actualizado: 11/06/2021 18:59
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Ni coqueteo ni ingenuidad de manual

Respuesta al texto Variaciones en torno al cuento de la buena pipa, de Jorge de Armas

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El señor Jorge de Armas, cubano residente en Estados Unidos, ha escrito recientemente un artículo titulado Variaciones en torno al cuento de la buena pipa. En el mismo intenta hacer un análisis sobre el actual diálogo entre la Iglesia Católica y el Gobierno cubano. El texto, en sentido general, es bueno y expone criterios atinados sobre algunas zonas de la realidad nacional. No obstante, tiene momentos que, en mi opinión, tuerce el bueno juicio y llega a adquirir un tono peyorativo.

Cuando el autor discierne acerca de la X Semana Social Católica en Cuba, celebrada del 16 al 20 de junio, lo hace de manera laudatoria y elogia alguna que otra de las opiniones allí expresadas. Sin embargo, cuestiona la ponencia nombrada Todo el tiempo para la esperanza, preparada por tres laicos de la Arquidiócesis de La Habana: Lenier González Mederos, Alexis Pestano Fernández y el autor de este trabajo. Cataloga la exposición como una sombra entre tantas luces emanadas del evento.

Para llegar a tal conclusión, De Armas no analiza el texto completo, con todas sus opiniones y propuestas. Sólo se remite a un pequeño —pero importante— acápite del trabajo dedicado a señalar quienes, en nuestro contexto, podrían ser facilitadores de un camino de encuentro, diálogo y consenso entre todos los cubanos. En dicha parte de la exposición nosotros indicamos que pudieran estar llamados a actuar de esa manera: los intelectuales, porque ellos deben ayudar al pueblo en esa obligatoria responsabilidad de soñar un país mejor; las Fuerzas Armadas Revolucionarias, en tanto deben ser garantes del orden; el Estado, en la medida que logre moverse desde una posición de parte hacia una de moderador y garante de toda la diversidad; así como la Iglesia, porque a ella le compete la atención espiritual del pueblo, así como la misión de procurar el sentido de responsabilidad de cada persona y la concordia entre todos.

Esta propuesta lo molestó, al menos parcialmente. No se pronunció acerca de que el Estado pueda ser un facilitador importante en la medida que logre moverse desde una posición de parte hacia una de moderador y garante de toda la diversidad. Tal vez le pareció bien, o no. Quizá lo estimó tan descabellado que prefirió hacer caso omiso del tema. No sé. Por otro lado, según se evidencia en sus opiniones, piensa bien en relación con el papel de la Iglesia como facilitadora, interlocutora y mediadora en una gestión encaminada a promover el encuentro, el diálogo y el consenso. Quiero, incluso, darle las gracias por muchas de sus apreciaciones positivas sobre esta cuestión.

Sin embargo, mostró una oposición radical en cuanto a la posibilidad de que también los intelectuales y las Fuerzas Armadas desempeñaran un quehacer facilitador. Afirmó que dicha propuesta era un “coqueteo barriobajero con las estructuras de poder o ingenuidad de manual”. Quiero precisarle a Jorge de Armas que para hablar sobre Cuba y su futuro con seriedad, debemos tener en cuenta al país real. No es conveniente hacerlo a partir de uno inventado sobre prejuicios, idealizaciones o desinformación. Hacerlo desde las coordenadas antes mencionadas atenta contra la inteligencia, la seriedad y los necesarios matices.

Le guste al autor o no, le guste a algunos o no, las Fuerzas Armadas tienen que jugar un papel significativo, como pudiera ocurrir en cualquier sociedad que se proponga el delicado desempeño conciliador o reconciliador. El ejército, como usted sostiene, debe preservar la soberanía y la independencia, pero debe conocer que también ha de ser garante de los fundamentos del orden estatal-político-social. Esto no implica que deba inmiscuirse en la protección de las relaciones entre personas, entre personas y grupos, entre grupos, o entre personas o grupos con el Estado, aun cuando estas sean políticas. Ello, y sólo cuando se altera el modo de relación civilizado y legal, le corresponde a las fuerzas policiales, ya sean dedicadas al orden o a la seguridad, según cada caso.

No obstante, las fuerzas armadas, en cada país, aseguran la estabilidad de los cimientos del conjunto de las relaciones sociales, que suelen estar formulados en la constitución política de toda nación. Dicha responsabilidad, casi nunca implica acciones sistemáticas, concretas y directas; sino únicamente el conocimiento general de que el ejército —con la fuerza de las armas— no se parcializa con ninguna persona o grupo, se dispone a reconocer todos los principios políticos y sociales que por voluntad general se vayan asumiendo en la ley fundamental, y está dispuesto —en caso de que falle el resto de las instituciones dedicadas a preservar el orden— a garantizar la armonía necesaria para que no colapse la vida civil de la sociedad y se restablezcan cuanto antes las mencionadas entidades.

Es imposible desconocer este rol, que constituye un desafío para las Fuerzas Armadas cubanas. Resulta insostenible preferir que dicha institución no juegue, o no pueda jugar, ese papel. Ello debilitaría la armonía de cualquier proceso gradual y efectivo de ajuste nacional –que es, según parece, la metodología de cambios anhelada por la inmensa mayoría de la población residente en la Isla.

Por otra parte, estoy convencido de que el ejército puede llegar a asumir ese quehacer. El mismo constituye la institución más fuerte, cohesionada y profesional del actual sistema, no está directamente comprometida con vejaciones, es nacionalista y se siente —según tengo entendido— muy comprometida con el desarrollo armónico de la nación.

Es tan fuerte también en lo económico y político, que será necesario tenerlo en cuenta no sólo como facilitador, sino además como un actor protagónico más —entre tantos que ya existen en la sociedad cubana—. Ojalá sea capaz de integrar los dos roles, sin que los intereses particulares —en lo económico y político— perjudiquen la esencia del desempeño facilitador. Debe procurarlo, con mucho tesón, por el bien de Cuba y de cada cubano. A eso fue que invitamos a las Fuerzas Armadas durante la Semana Social, convencidos de que es posible.

Como se puede ver, nuestra propuesta está muy lejos de pretender, como ironiza el autor, que el ejército lance sus efectivos a las calles para reprimir a quienes se opongan al diálogo, custodien los carros jaulas, o proteja las puertas del despacho de Raúl cuando vaya el Cardenal. Asumir el futuro de Cuba sin el concurso de las Fuerzas Armadas sería acoplarnos a una aritmética estéril y simple, que da la espalda al país real. El autor tiene el derecho personal a sentir desconfianza del cuerpo castrense cubano, incluso tiene el derecho de manifestarlo públicamente, pero ello no lo capacita para minar de un plumazo la legitimidad de las Fuerzas Armadas cubanas, so pena de hacer el ridículo y terminar aplastado por la realidad.

No es menor su error cuando analiza la pertinencia de que los intelectuales se desempeñen como facilitadores. En este caso, sus consideraciones llegan hasta la injusticia. Acusa a este gremio de instrumento aberrado que ha tergiversado su papel. Es innegable que nuestro sector intelectual posee límites y que puede haber cometido errores, pero no es posible desconocer el aporte que han hecho y hacen muchísimos de sus miembros, tanto a la cultura como al diálogo que hoy se realiza en la sociedad cubana. Es importante, además, destacar la cantidad creciente de jóvenes con un pensamiento profundo, articulado y muy comprometido con la vida nacional.

Es cierto que las estructuras que pretenden ordenar el quehacer de éstos —en especial el Ministerio de Cultura, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, la Unión de Juristas y la Asociación de Economistas, etcétera—, pueden llegar a limitar dicho desempeño, pero ellos y sus obras son mucho más que esas entidades. La gestión creativa y orientadora de este gremio trasciende estos marcos, y aún dentro de los mismos suelen hacer aportes muy valiosos, como muestran muchas de las recientes investigaciones históricas y sociales que se publican. Es verdad que esta labor no tiene la magnitud ni la publicidad requeridas, pero existe. Sólo se hace necesario trabajar para ampliarla y ponerla mucho más en contacto con el público.

Pienso que debemos estar abiertos a escuchar con respeto todas las opiniones, incluso las críticas. Sin embargo, opino que al emitir las opiniones, sobre todo de manera crítica, hemos de ser capaces de ruborizarnos antes de hacerlo si no poseemos la suficiente autoridad para ofrecerlas. Creo que para cuestionar la faena académica y patriótica de los intelectuales cubanos que residen en la Isla, se hace imprescindible haber hecho un aporte similar al de ellos en beneficio del bien de la nación y haber alzado la voz —al menos alguna vez— dentro de Cuba. He buscado la obra del señor De Armas, que lo capacite y autorice para emitir ese juicio tan severo, y no la encuentro por ninguna parte.

Quiero culminar dándole un consejo que recientemente ofrecí a otro cubano que también nos criticó, aunque por otro análisis. Este vive en Cuba y parece enarbolar un fuerte estalinismo, pero comparte con la autor esa mirada distorsionada y suspicaz hacia lo que no comprende. “Abrace a todos los cubanos, concédale un mínimo de confianza a cada nacional y, por favor, discierna sin prejuicios, pues sólo así su aporte contribuirá realmente al bien de Cuba”.



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