Actualizado: 21/11/2019 17:15
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Cuba, Elecciones, Disidencia

Oposición: sin balas ni votos

En el orden constitucional, la dictadura de partido único se ejerce por los números electorales y sobre ellos se empina el castrismo

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Ballots are the rightful and peaceful successors of bullets
Abraham Lincoln, 1861

El 3 de febrero de 2013, casi 800 mil cubanos se abstuvieron de ir a las urnas. La sociología política barata voceó que tanto abstencionismo indicaba oposición creciente, como si la voluntad política inequívoca contra el gobierno no radicara en unos 460 mil electores que anularon su boleta u optaron por dejarla en blanco.

Este 19 de abril fue menos gente todavía: unos 7.553.000 de 8.536.670 electores registrados, pero el 90,52 % votó por el gobierno, al hacerlo por todos, algunos o tan siquiera uno de sus candidatos. Tan sólo el 4,9 % anuló su boleta y el 4,54 % optó por dejarla en blanco.

Estos resultados son preliminares, pero suficientes para sentar que la dictadura volvió a legitimarse con el indicador —siempre aparente, pero también primario— del respaldo popular. Y la oposición volvió a darse de narices con que pregona la luchar por la democracia sin preocuparse por su clave política vertical: la mayoría desorganizada e incluso indiferente es el árbitro de las minorías políticamente activas (Giovanni Sartori, ¿Qué es la democracia?, Taurus, 2003, p. 155).

Dos circos en uno

Desde febrero, una de las tantas coaliciones opositoras fugaces había tachado estas elecciones de circo, porque salían electos “recaderos sin ningún poder efectivo, dirigidos y controlados por el Partido Comunista”. Así y todo llamó a convertirlas en “plebiscito por la libertad y la democracia” para repudiar al gobierno “no asistiendo a votar, anulando la boleta o dejándola en blanco”.

Nada tiene de oposición instar a no votar. El abstencionismo es tan equívoco (obedece a muchas causas) como irrelevante (quienes no votan no luchan). Se sabe que la apatía de masas es clave para la estabilidad del orden político por lo menos desde que Thomas Dye y Harmon Ziegler dieron a imprenta The Irony of Democracy (Wadsworth Publishing Co., 1970).

Además, si sumáramos toda la abstención —ca. 983.000 electores— a las boletas en blanco y anuladas, el tea party cubano totalizaría cerca del 20 % del electorado y antes que oposición reflejaría la incapacidad de la disidencia para capitalizarlo, porque ninguna de sus iniciativas ha conseguido respaldo superior al 0,3 %. Así la oposición viene montando cada dos años y medio su propio circo sobre la libertad y la democracia de un pueblo que vota y vuelve a votar mayoritariamente a favor del gobierno que lo mantiene en afrenta y oprobio sumido.

Los disidentes candidatos

La sociología política barata dirá que Cuba no es Finlandia, pero si algún esbirro de la sangrienta dictadura cometió fraude o expulsó a un opositor que deseaba presenciar el escrutinio, la tanganita mediática se fundaría en la violación de la Ley Electoral (1992) e incluso podría llevarse los tribunales (Artículo 172), en vez de armar revuelos mediáticos fútiles como quejarse de que las comisiones electorales de Arroyo Naranjo y Plaza de la Revolución, respectivamente, manipularon las biografías de Yuniel López, militante de Cuba Independiente y Democrática (CID), y de otro candidato opositor más, Hildebrando Chaviano, para presentarlos como “contrarrevolucionarios”, esto es: justamente la cualidad que todo elector contrario al gobierno entendería perfectamente como atractiva.

Yndamiro Restano, Elizardo Sánchez y otros disidentes fueron infructuosamente nominados antes como candidatos a delegados de sus respectivas asambleas municipales. El bombo y platillo que ahora se dio a los aspirantes igualmente infructuosos López [233 votos] y Chaviano [138 votos] indica más bien que la oposición no acaba de ganarse a esa gente que llama pueblo para irrumpir en las elecciones como la única vía políticamente disponible.

Antes de que anochezca

Los líderes sin masa de la disidencia se han dedicado por décadas a proyectos y peticiones —dirigidos al gobierno, como si fueran a ser escuchados— que nunca han pasado de alharacas mediáticas. No acaban de entender la breve lección dada por Ricardo Alarcón a propósito de Oswaldo Payá: “Que se deje de tanta bobería y que se busque a un amigo, a un vecino y que lo propongan (…) Los votos no se los vamos a buscar nosotros, que se los busquen ellos a ver si los consiguen”.

Ninguna iniciativa de los opositores anima a la gente a proponerlos ni circula como precioso samizdat ni llena las paredes ni se rapea. Ningún diputado alude a tales iniciativas ni el gobierno —desengañémonos— manda a matar a sus autores. En vez de oposición viene generándose trastorno psiquiátrico.

En el orden constitucional, la dictadura de partido único se ejerce por los números electorales. Sobre ellos se empina el castrismo para legislar, gobernar e impartir justicia sin importarle un bledo los derechos de las minorías disidentes, pero estas últimas no podrán jamás sobrepujar semejante orden dictatorial sin alzarse antes con buena parte de los números electorales. Y el paso del tiempo no es opositor.


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