Actualizado: 10/07/2020 19:25
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Para Vigo me voy

Pasaportes españoles para 150.000 cubanos: Quince años después del 'maleconazo', el éxodo masivo no falta a la cita.

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Con puntualidad astronómica, desde 1965 el castrismo ha producido cada quince años una oleada de refugiados dispuestos a abandonarlo todo —familia, amigos y hacienda— con tal de escapar de Cuba. Las crisis migratorias de Camarioca (1965), Mariel (1980) y los balseros de 1994 fueron los hitos de esa estampida recurrente. La exactitud de la frecuencia invita a la glosa sociológica. Quince años son el plazo de una generación, según el cómputo de Ortega y Julián Marías. De manera que tres generaciones sucesivas habrían corroborado con su fuga el fracaso del sistema.

Porque, a fin de cuentas, el flujo migratorio es la piedra de toque, la prueba de la coneja. Nadie abandona un país medianamente vivible; nadie emigra con lo puesto a un destino incierto, si la circunstancia política o económica no lo oprime en demasía.

A punto de cumplirse tres lustros del "maleconazo" de 1994, la nueva fuga masiva no falta a la cita. Sólo que esta vez reviste un aspecto más ordenado y providencial: una cláusula de la Ley de la Memoria Histórica aprobada por el Congreso español que les permitirá a muchos cubanos adoptar en breve la nacionalidad de sus antepasados. Ya son miles los que hacen cola en La Habana para pedir los formularios.

¿Cuántos se beneficiarán de la disposición salvadora? Los servicios consulares esperan más de 200.000 solicitudes y calculan que unas 150.000 "llegarán a buen puerto". Si se toma una media familiar de cuatro personas, eso significa que más de medio millón de españoles instantáneos tendrán pronto derecho a abandonar la Isla. Barcelona, Málaga, Algeciras, Vigo o Santander son puertos amplios y bien habilitados (Bilbao y San Sebastián no parecen tan recomendables, al menos mientras gobiernen allí los nacionalistas enfeudados a ETA). Tanto monta.

Los balseros virtuales de 2009 se aprestan a atracar en cualquier ría, golfo, ensenada, bahía o dársena que los acoja, con tal de que se encuentre lo más lejos posible de la isla que dejan a sus espaldas.

Discursos, promesas, "reflexiones", aniversarios y consignas triunfalistas palidecen ante este dato pavoroso: 600.000 súbditos del castrismo están haciendo ya la maleta (así, en singular, porque todo cabe en una) para largarse cuanto antes del paraíso socialista. Eso representa más del 5% de la población actual del país, que, dicho sea de paso, viene disminuyendo desde hace dos años.

Se van sin importarles la educación y la medicina gratuitas, sin prestar atención a los éxitos deportivos ni a las operaciones de cambio de sexo que reclama Mariela Castro; sin esperar el fruto de las reformas que quizá se aprueben dentro de unos meses o unos años; sin estimar la "dignidad", la "soberanía" y otros atributos que el régimen dice haberles conquistado. Se escapan por la primera rendija de la muralla de bagazo y estupidez que el totalitarismo erigió en torno a la Isla, y que nadie sabe ahora cómo desmontar sin que le caiga encima.

El destino final

Es obvio que la mayoría de estos nuevos emigrantes pasarán en la Península el tiempo mínimo indispensable para abordar el primer avión que los lleve a Estados Unidos, donde los españoles pueden entrar sin visado. Algunos apenas llegarán a conocer el aeropuerto de Barajas o, como mucho, las pensiones de Atocha, la Plaza de Colón o Chamartín. Una vez desembarcados en Miami o Nueva York, se despojarán del pasaporte español con la misma celeridad con que lo adquirieron y reclamarán su condición de Cuban refugee, de conformidad con la norma de pies secos/pies mojados vigente desde la década pasada.

A mediados de 2009, cuando el fenómeno adquiera velocidad de crucero, el flamante gobierno del presidente Obama se verá confrontado a una peculiar "crisis de balseros", sólo que entonces éstos llegarán por vía aérea y con España interpósita.

En ese momento, con la falta de agilidad de suele caracterizar a la política norteamericana en su trato con Cuba, Washington tendrá que escoger entre dos opciones incómodas: o cambia el acuerdo bilateral con España y restaura la obligación mutua de visado, o abroga la Ley de Ajuste cubano y elimina la política de pies secos/pies mojados. Un regalito póstumo del Comandante, que previsiblemente estará ya en el Cielo —como premio a sus buenas obras— riéndose de la última pasada que les jugó a los yanquis.

Por eso los jerarcas del partido único se frotan hoy las manos ante esta carambola inesperada. Menos bocas que alimentar y menos descontentos ojalateando en las calles; más asientos libres en las guaguas y más remesas y turistas domesticados en perspectiva. De nuevo la providencia le guiña un ojo al sátrapa moribundo y una democracia occidental, indirectamente, acude a socorrerlo por los caminos más inescrutables. La válvula se abre para dejar escapar la presión amenazadora y el conflicto socioeconómico se traslada de las calles de La Habana a las de Hialeah: welfare, medicaid y medicare seguirán financiando la construcción (es un decir) del socialismo del siglo XXI.

Se equivocó Mallarmé con lo del "coup de dés". El azar juega a veces con los dados cargados y las cartas marcadas. Una vez más el régimen castrista sobrevive sacrificando el futuro de la sociedad civil. Adiós Cuba, esa abstracción de pesadilla. Para Miami me voy, con escala en Vigo o Barajas (tanto monta).


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Cubanos hacen cola frente al Consulado General de Madrid en La Habana para pedir la nacionalidad española. (REUTERS)Foto

Cubanos hacen cola frente al Consulado General de Madrid en La Habana para pedir la nacionalidad española. (REUTERS)

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