Actualizado: 23/05/2022 11:47
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OPINION

Réquiem por Alarcón

Tras el espectáculo de la UCI ha quedado demostrado: no es la perspectiva ideológica lo que importa a estas alturas, sino la altura ética y el valor personal.

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La noticia corre como pólvora por toda la Isla, de mano en mano, de disco en disco, las secuencias difundidas por una cadena televisiva internacional muestran la imagen de un joven estudiante lanzando al rostro del dr. Ricardo Alarcón de Quesada, presidente del parlamento, varios de los cuestionamientos e inquietudes que día a día agobian a muchos ciudadanos.

Al suroeste de la Ciudad de La Habana, en el antiguo centro de espionaje radio electrónico de Lourdes, se construye el último monumento a la alienada megalomanía de una autocracia en estado terminal, la Universidad de las Ciencias Informáticas.

A ese lugar acudió el señor Alarcón con su ya consabida falta de honestidad, valentía personal y política, y, sobre todo, su falta de entrenamiento para el debate.

No pudo imaginar el otrora diplomático que aquel no sería un monólogo más de manipuladores lugares comunes, argumentos baladíes y autocomplacientes consignas, porque un joven estudiante de origen campesino, sin dejar de reafirmar su adhesión al sistema, con asombroso nivel de coherencia argumental, desde los propios referentes conceptuales del modelo, cuestionó demoledoramente las definiciones estructurales del régimen.

Los asombrados espectadores de allá y de aquí vieron a Eliécer Ávila, estudiante de cuarto año del mencionado centro de altos estudios, reclamar por qué el único gerente del empleo y el comercio interno paga en una moneda y vende en otra que es 25 veces más valiosa, por qué los electores no pueden saber lo que piensan o proponen los futuros concejales y diputados, por qué los ciudadanos no pueden viajar libremente fuera de sus fronteras, por qué los ministros no exponen sus planes y rinden cuenta de su gestión directamente a los ciudadanos o por qué los nativos tenemos tan limitado el acceso a la Internet.

Tantos años de monólogo incapacita a los gobernantes de la Isla para el debate serio y consecuente, pero sobre todo para respetar y considerar al otro. La presentación de Alarcón fue tan patética que hasta el joven moderador, una especie de postmoderno Tío Tom empalagosamente servil, le recomendó —claro, sin querer— que para el próximo encuentro viniera mejor preparado.


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