Actualizado: 04/12/2020 15:14
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Exilio, Miami, Castro

Respuesta a Frank Calzón

Te he admirado siempre por tu lucha a favor de la libertad de Cuba Frank Calzón, pero pensamos de forma diferente: escribe Dora Amador

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En su artículo De los gusanos de Fidel Castro a las cucarachas de Dora Amador, Frank Calzón omite, tergiversa y miente acerca de lo que yo expresé en el artículo, Mi acto de repudio en el Versailles, publicados ambos aquí, en CUBAENCUENTRO. Sin duda, el nombre de la publicación es muy adecuado para lo que nos sucede a los cubanos que aquí colaboramos: nos encontramos.

Citaré algunas frases de Frank Calzón y le responderé:

“Dora Amador, en su época de monja, cuando no era una activista política pero sí muy cuidadosa en sus declaraciones, ahora lamentablemente acusa a los cubanos de ser cucarachas en su escrito… Es triste que alguien con una educación religiosa no se dé cuenta de la infamia que es juzgar a toda una comunidad, en la forma que ella lo ha hecho, por las supuestas ofensas que recibió en una escena particular en determinado tiempo y lugar”.

En primer lugar, nunca llegué a ser “monja”. Quise entrar en la congregación de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús para, en efecto, ser religiosa —es un error llamar “monjas” a las mujeres que eligen y viven en una determinada orden religiosa, a no ser que esa orden sea de clausura, entonces sí son monjas. Como llamamos “monjes” a los hombres que viven en clausura. A las mujeres de “la vida consagrada” que optan por una vida apostólica, activa, por lo general pasando gran parte del día fuera de conventos o comunidades en muy diversos y arduos campos de trabajo evangelizador, se llaman religiosas—. Yo quise ser religiosa y servir en Cuba. Regresar a mi país y allí entregarme a la nueva evangelización de los cubanos, como hacen miles de católicos y protestantes que viven allá.

Después de renunciar a mi trabajo en El Nuevo Heraldfull time en la sala de redacción por 10 años— en 1998 para entrar en la vida religiosa y regresar definitivamente a Cuba, he escrito sobre esta experiencia que me marcó hondamente varias veces en distintos medios.

Después de tres años en esa congregación religiosa, que viví en Puerto Rico y Chile mientras las religiosas cubanas trataban de que el gobierno de Cuba me diera el permiso de entrada definitiva a mi país, regresé a Miami, porque el Estado comunista me negó la entrada. En ese devastador momento de mi vida me di cuenta de que, en el fondo, mi vocación no era ser religiosa, sino regresar a Cuba para siempre, de donde salí a los 13 años en 1962. Fue un proyecto de vida hermoso que quise llevar a cabo, dejándolo todo atrás: casa, trabajo, relaciones dolorosas. ¿Fue un fracaso? No. Fue un aprendizaje inconmensurable sobre los cubanos, la Iglesia católica cubana, las estructuras ruinosas de la religión católica, que el papa Francisco trata de construir a partir de fundamentos cristianos verdaderos.

Yo no fui “cuidadosa en mis declaraciones políticas”, como afirma Frank Calzón; las religiosas sabían cuál era mi pensamiento político, que estaba en contra de la dictadura castrista expresada por muchos años en mis columnas de opinión en El Nuevo Herald. Mis ideas no cambiaron estando con ellas, sí mi actitud. Dejé de escribir. Ahora me debía a una comunidad de vida religiosa y como tal, mi razón de ser, mi proyecto eran otros: la entrega a Cristo y la obediencia a Dios y la congregación.

Yo no “juzgo” a todos los cubanos de ser cucarachas. La metáfora la utilizo en el mismo primer párrafo aclarando que me refiero a los cubanos que aplauden al presidente Trump.

Y he aquí donde radica el conflicto, lo que tanto lamento de estos deplorables cubanos. Les pregunto a ellos y a Frank Calzón, ¿qué los mueve a votar por Trump? ¿Es el presente y el futuro de Estados Unidos, país del cual somos ciudadanos y al que le debemos estar agradecidos y amarlo y desear su bien, su democracia, su libertad, el respeto y cumplimiento a su Constitución? ¿O votan los trumpistas solo pensando en Cuba sin importarles Estados Unidos, porque creen que la “mano dura” contra Cuba del criminal Trump —ha cometido crímenes y existe evidencia— va por fin a “tumbar” el comunismo en la desgraciada isla? Siempre esperando que otros lo hagan por ellos, estos cubanos. Dan pena.

Yo critico varias importantes cosas que pasan en Estados Unidos, pero lo amo y lo defiendo.

Cito de nuevo al autor:

“Su malentendido no fue un acto de repudio y Dora Amador a estas alturas debe saber la diferencia, para no caer en paralelismos patéticos entre la dictadura castrista y un exilio democrático. De haber sido un acto de repudio, se hubiera llamado a la policía, por supuesto, y Dora Amador, con la ayuda de un buen abogado, en vez de embellecer su historia en CUBAENCUENTRO, simplemente hubiera debido comparecer ante un juez.”

Sí fue un acto de repudio lo que me hizo un grupo de cubanos trumpistas, porque fue un acto en el que se me repudió con gritos de comunista, y de que me fuera para Cuba. Jamás considere eso de “embellecer” mi historia en CUBAENCUENTRO. ¿Qué belleza hay en esta desgracia? Tuve una experiencia horrible y necesité contarla. “¿Paralelismos patéticos?” Tú lo has dicho. Los comunistas y los exiliados cubanos derechistas son igualitos a los comunistas a la hora intimidar, ofender, descalificar, acusar, desprestigiar a quien no piense como ellos.

“¿Exilio democrático?” ¿Has vivido en Miami alguna vez? Vives en Virginia, qué bueno. Desde la década del sesenta en Miami se ejerce el terrorismo verbal que le ha costado muy caro a muchos cubanos decentes, sencillamente porque no gritaban detrás de un micrófono anticastrista horrores contra los que no pensaban como ellos. ¿Se acuerdan de las bombas? Estallaron en muchos lugares, las ponían cubanos “verticales, patriotas, intransigentes, antidialogueros”, etc: en oficinas de viajes a Cuba; en el primer Museo de Arte Cubano; en la casa de María Cristina Herrera, muy querida por el obispo de Santiago de Cuba, Pedro Meurice Estiu, que iba a su casa a visitarla, lleno de ternura y compasión; en el carro de Emilio Milián, un respetable exiliado que trabajaba en la radio, pero no intimidaba ni acusaba a nadie por sus micrófonos, era un hombre decente, que al salir de su trabajo, al encender su carro, explotó una bomba que le volaron las piernas, vivió de milagro, aunque a los años murió víctima de aquella explosión.

¿“Comparecer ante un juez” yo, en Miami, bajo este gobierno que busca ciegamente ser totalitario, como el de Putin, con la ayuda del fiscal general William Barr, mentiroso y violador constante de la Constitución, jefe del Departamento de Justicia? No. Habría que ser imbécil o loca, y no soy ninguna de las dos cosas.

Todo lo que dice recordar Frank Calzón sobre los actos de repudio en Cuba los recuerdo yo, escribí sobre ellos, los denuncié uno tras otro. En los archivos de El Nuevo Herald se encuentran cientos de artículos míos denunciando a través de los años las violaciones a los derechos humanos en Cuba. Los viví muy de cerca, los sufrí. Y qué decir del efecto devastador que me causó el asesinato de Oswaldo Payá, ordenado, estoy convencida, por el mismo Fidel Castro, que sabía que Oswaldo era su peor enemigo. Oswaldo Payá, a quien ese “exilio democrático” que el autor define como tal, prácticamente lo crucificó, lo acusaban por las estaciones de radio de espía de Castro, de agente de la Seguridad del Estado.

Es muy larga, muy dolorosa esta historia nuestra, Frank Calzón. Te he admirado siempre por tu lucha a favor de la libertad de Cuba, que es mi misma lucha. Te he respetado mucho por tu obra liberadora, incesante por mi misma causa. Pero pensamos de forma diferente.

¿Por qué, ahora, viejos ambos, con menos fuerzas, después de décadas de batallar por la instauración de la democracia en Cuba, no nos damos la mano y reconocemos que tenemos derecho a pensar distinto, a respetar la inclusión, las diferencias? Los dos queremos lo mismo, los dos hemos entregado nuestros mejores años a la misma causa, pero por vías diferentes: el fin del comunismo en Cuba y lograr la libertad para todos los cubanos, entre ellos tú y yo.


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