Actualizado: 29/05/2020 12:36
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¿Viaje a la libertad?

Estados Unidos empeñará su interés nacional si comercia con Castro, quien busca créditos sin tener calificación para obtenerlos.

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El Capitolio de Washington se vistió de largo con la conferencia de prensa en que el senador demócrata Byron L. Dorgan (Dakota del Norte) tachó de fallida la política de restricciones de viajes a Cuba y abogó por llevar adelante, con el régimen de Castro, el mismo compromiso constructivo que Washington estableció con los demás países comunistas, en particular China y Vietnam.

 

Dorgan patrocina un proyecto de ley que permitiría a los estadounidenses viajar a Cuba, salvo que el presidente lo prohíba por las clásicas razones de situación de guerra, peligro inminente a la salud pública o amenaza a la seguridad de los viajeros. Lo secundan su colega demócrata Christopher Dodd (Connecticut), así como los republicanos Richard Lugar (Indiana) y Mike Enzi (Wyoming). En la Cámara de Representantes, el tándem Bill Delahunt (D-Massachussets) y Jeff Flake (R-Arizona) tiene igual proyecto, que cuenta con 120 copatrocinadores.

 

 

La combinación perfecta de Cámara de Comercio y Human Rights Watch imprimió vigor a este primer paso hacia la meta ineludible: levantamiento del embargo y normalización de las relaciones entre ambos países. Porque de esto se trata: que las cosas discurran normalmente, y vamos a empezar por los pasajeros.

 

Claves del pragmatismo

 

Los ciudadanos americanos de origen cubano no tendrán ya que adquirir primero el pasaporte más caro del mundo, en la oficina consular de Castro, para viajar a la Isla. Ni tendrán que hacerlo en las condiciones de monopolio fijadas por Castro con sus socios privilegiados John Cabañas, Franscico Aruca y sucesores de Fernando Fuentes-Coba o Vivian Manerud. Y una vez abierto el libre tráfico de americanos hacia la Isla, ¿qué sentido tendrían barreras en la dirección contraria?

 

Hasta el "ajuste cubano" caería por su propio peso, después de anularse los acuerdos migratorios que conjugan la lotería especial de visas para cubanos con la regla absurda de "pies secos-pies mojados". En la normalidad, Castro no tiene por qué disponer de una válvula de escape de 20.000 visas americanas al año, que controla a su antojo con la llave picoloro "permiso de salida", sino que más bien tendría que aprestarse a recibir a más de 30.000 cubanos con orden firme de deportación residentes en EE UU.

 

Y tras la libertad de viaje vendría la normalidad en los envíos de remesas y paquetes, así como en los intercambios académicos, deportivos y culturales. Pero si Byron, Lugar y los demás se atienen a su prédica de sentido común, entonces deben reparar en que Castro no sólo tiene aherrojadas esas mismas libertades en la Isla, sino que lleva adelante la colonización del sur de la Florida por lo menos desde que Tony de la Guardia y José Luis Padrón conversaron con el "activista demócrata" Bernardo Benes (Panamá, agosto 22, 1977) para montar el trapiche que saca el jugo verde a los exiliados. Ni qué decir de la última innovación de Castro en esta maquinaria de expolio: su "chavito" (CUC) por encima del dólar estadounidense (USD).

 

Los grupos de presión que mueven a estos congresistas no podían menos que sucumbir a la tentación de comerciar con Castro. No sólo porque así los productores agrícolas venden de un solo golpe a un solo comprador, sino porque éste comprador único impresiona con la redondez de sus negocios. Las exportaciones de alimentos a Cuba, por ejemplo, suelen estar subsidiadas o respaldadas con dinero de los contribuyentes, entre ellos los exiliados, y esos alimentos terminan por venderse dentro de la Isla en moneda dura, que los propios exiliados proporcionan a través de sus remesas familiares.

 

Quizás no estén prevenidos contra la tesitura del régimen castrista de no pagar a tiempo a los proveedores y manejar las inversiones extranjeras a toque de timbales. Acaso en medio de la euforia por la primera conferencia Cuba Trade Expo [Exposición Comercio con Cuba, Miami, marzo 20 de 2009], no prestaron atención al doctor José Azel (Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos-Universidad de Miami): "Si estamos hablando de exportar a Cuba, la compañía sólo tiene que preocuparse de que le paguen, pero si estamos hablando de invertir en Cuba (…), me parece muy arriesgado invertir en un lugar donde no se ofrece seguridad jurídica".

 

La deuda reconocida oficialmente por el gobierno de Castro con sus proveedores rondaba los $2.5 mil millones (2006). Y el caso ejemplar serían las exportaciones por $208 millones que empresas panameñas llevaron a Cuba en 2003 desde la Zona Libre de Colón: todavía se arrastra una deuda declarada de $200 millones (La Prensa, Panamá, agosto 25 de 2004).

 

Para ilustrar a Byron, Lugar y los demás, el Congreso podría dar audiencia a los pioneros de la inversión extranjera en la Isla, como el empresario español Manuel Camacho Mesa, quien se aventuró en Cuba hacia 1990 y podría narrar la experiencia que animó este diálogo con el entonces ministro de la Industria Ligera, Jesús Pérez Othón:

 

—Dime, Jesús, ¿cómo se puede hacer una pequeña fortuna en los negocios conjuntos con Cuba?

 

—Déjate de juegos, Camacho, no sé.

 

—Pues trayendo una gran fortuna.

 

Pero no. Byron, Lugar y Cía prefieren oír a Kirby Jones, quien con su cartelito de "consultor especializado en negociaciones comerciales con Cuba" afirma que el control estatal de la economía en la Isla se concentra en la educación y la salud, las fuerzas armadas y la industria de alimentos a granel, mientras "el resto de sectores está bajo control mixto", por obra y gracia de 225 empresas de capital extranjero asociadas con el gobierno y otras 500 compañías internacionales.

 

Un vistazo a la Ley de la Inversión Extranjera (Gaceta Oficial Extraordinaria 3, septiembre 6 de 1995, páginas 5 ss) convence de que no hay posibilidad, siquiera formal, de control mixto. Y fuera de la letra de la ley suceden cositas que las empresas estadounidenses deben estar listas para encarar cuando Cuba se abra al mercado, por ejemplo: que su socio cubano en la empresa mixta sea una compañía fantasma, sin capital social efectivo, creada solamente para formar asociaciones económicas internacionales, con el propósito de proteger al Estado cubano (el socio real escondido tras ese velo corporativo) en caso de reclamación de la contraparte extranjera.

 

Ni qué decir de cómo John McAuliff (Fondo para la Reconciliación y el Desarrollo) recicla el viejo cuento de Carlos Lage sobre el turismo como factor multiplicador de la economía y aliento para los cambios positivos en otros sectores. Ni de cómo Jay Brickman (Crowley Maritime Corporation) espeta que "Cuba cuenta con infraestructura clave para promover el comercio, como los puertos y la red de carreteras", sin haber leído antes el factbook de la CIA: Cuba cuenta con unos 61.000 kilómetros de viales, la mitad sin pavimento y menos de 700 considerados autopistas.

 

Y sin entrar a considerar el foco de agitación cubanoamericano en el Sur de la Florida, los cabilderos antemencionados empeñan el interés nacional en comerciar con Castro, quien persigue con avaricia cualesquiera créditos sin tener calificación para obtenerlos, por su deuda equivalente al 86% del Producto Interno Bruto y la mayor deuda externa per cápita ($3.915) del mundo. Ahí está la deuda de la era soviética que jamás pagará a Rusia. Y que se multiplicará sin remedio si Estados Unidos emprenden la aventura.


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