Actualizado: 08/08/2022 15:58
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Violencias estructurales

Raíces de la corrupción, el hambre, la violencia y la intolerancia.

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La izquierda radical que apoya a cal y canto a la llamada revolución cubana debe sentirse bastante desmoralizada. Cuba no es el paraíso que ella se dedica a pintar por todas partes. El jefe de dicha revolución se ha encargado de decir lo que todo el mundo sabía, pero como provenía de la derecha —que es todo el mundo, excepto la izquierda radical—, no tenía entidad ni verosimilitud: Cuba está corrompida.

Al igual que el Partido de los Trabajadores de Brasil, el Partido Comunista de Cuba nada en un mar de corrupción que sugiere un análisis del asunto más sociológico que moral.

La corrupción es el índice más claro de desmoralización pública y privada de una sociedad. Transparencia Internacional lo sabe y ha ganado prestigio mostrando a la comunidad mundial cuáles son los países moralmente execrables. Sin embargo, si Cuba y Brasil están entre ellos, hay datos que merecen ser revelados más allá de las cuestiones morales.

Hay que seguir hablando de corrupción, incluyendo ahora la entrega corruptora de relojes Rolex a los trabajadores sociales por la propia campaña anticorrupción, lo que constituye todo un símbolo de poder y ostentación.

También se debe reflexionar sobre el tema de las violencias estructurales que están en la raíz, entre otras cosas, de la corrupción y también del hambre, la violencia y la intolerancia, que son los otros tres flagelos que más golpean al mundo globalizado.

Ajuste entre lo que debe ser y no es

¿Qué es la violencia estructural? El choque entre las expectativas y retóricas de una sociedad, y sus mecanismos, instituciones y prejuicios profundos, lo que provoca, por un lado, la permanente expulsión de amplios grupos humanos y, por otro, el intento de muchos de esos grupos de satisfacer esas expectativas y retóricas de cualquier manera.

Las respuestas de esos grupos podrán parecer detestables, ilegales y no institucionales, en algunos casos heroicas e imaginativas, pero buscan siempre el ajuste entre lo que debe ser y no es.

La primera de estas violencias estructurales es de orden cultural. Es más visible en los países de raíz católica y tiene que ver con la moral pública y privada de sus élites. No se saben bien las razones, pero la más enraizada de las instituciones culturales en estos países es la del "haz lo que yo digo y no lo que yo hago".

Cuando este exergo se convierte en una obligación, produce una de las más fuertes violencias estructurales: los que no pertenecen a las élites se comportan como un niño, que, según describe la psicología infantil, hace más lo que ve hacer que lo que le dicen que haga. Si la élite come salmón y ostenta renovados símbolos de poder, tiene un problema muy serio —independientemente de las justificaciones— cuando intenta prohibírselo a los demás seres humanos.

Las peripecias de las leyes en estos países reflejan este vicio cultural. Por un lado, su concepción parte de prohibir todo lo que no está expresamente permitido, lo que lleva al absurdo de prohibir casi todo lo que hace naturalmente un ser humano; por otra parte, produce una profusión exagerada de leyes y decretos casi incodificables, y, finalmente, alimenta la constante ilegalidad en la que se vive, de arriba hacia abajo y viceversa.


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