Actualizado: 10/12/2019 14:39
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Diez años de 'Encuentro' en Cuba

'Encuentro de la Cultura Cubana': la revista que puso en jaque el monopolio cultural del régimen.

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Desde que Jesús Díaz, en el otoño de 1994, dio a conocer su proyecto de una revista que tuviera como principio editorial el encuentro de nuestra cultura, tradicionalmente dividida entre los cubanos de la Isla y los de la diáspora, más allá de diferencias o fracturas políticas e ideológicas, una enorme preocupación se adueñó de los gestores de la política cultural cubana. Es incuestionable que este nuevo escenario motivó una estrategia diferente por parte de la oficialidad insular. La divisa que presidió las Jornadas de Poesía La Isla Entera, donde, por primera vez, se reunieron en un evento eminentemente literario, poetas y ensayistas cubanos de la Isla y del exilio para conmemorar los 50 años de la revista Orígenes, esto es, la de que la 'cultura cubana es una sola', y el éxito mismo de este coloquio, donde predominó el diálogo libre y democrático y el respeto a la diferencia, obligó en cierto modo a la política cultural cubana a redefinirse.

En Cuba, la lectura inmediata fue la siguiente: sí, la cultura cubana es una sola, pero es patrimonio de la Isla o su centro está en Cuba o su cantera natural está allí. De entrada, se presuponía que era desde Cuba que se decidía entonces qué obras o escritores formaban parte valedera de la cultura cubana, al erigirse la dirigencia cultural como guardiana de un centro canónico que debía velar por una supuesta pureza cultural, a partir de un estrecho discurso nacionalista e identitario, a contrapelo de que las sucesivas hornadas migratorias ya impedían, incluso cuantitativamente, desconocer a una creciente y cada vez más renovada comunidad cultural cubana radicada fuera de la Isla, una buena parte de ella ya imposible de identificar con el llamado exilio histórico, y que había sido incluso formada dentro de las instituciones culturales de la propia Revolución. La depresión económica que afectó drásticamente a la cultura subvencionada insular, como consecuencia de la desaparición del Campo Socialista, había motivado incluso que se facilitara a artistas y escritores cubanos radicarse fuera de la Isla. Ya era un hecho objetivo la existencia de una poderosa comunidad cubana en el exterior, cuya incidencia económica para la maltrecha economía de la Isla crecía cada vez más. Asimismo, desde el éxodo del Mariel, esa comunidad estaba cada vez más nutrida por una joven intelectualidad cuya disensión política no podía tampoco soportar la extrema polarización ideológica de los primeros años de la Revolución.

En este nuevo contexto, se intentó reformular un nuevo pensamiento revolucionario, que tuviera en la prédica antiimperialista y consecuentemente nacionalista de José Martí su bastión ideológico central, y ya no en la, a todas luces, inoperante práctica de una política cultural basada en una instrumentación, muy pragmática por cierto, de los principios del marxismo-leninismo, y que se había revelado ineficaz y, desde todo punto de vista, anacrónica en el nuevo contexto posterior al fin de la Guerra Fría y de la desaparición del Campo Socialista. Pero no se contó con que, a la larga, aquel pensamiento ya no era suficiente para legitimar la ineficiencia económica, la sistemática falta de libertades, el autoritarismo de un régimen totalitario y una profunda crisis de valores que, lamentablemente, no hace sino crecer y que amenaza, tanto como o más que, la consabida proximidad del enemigo imperialista, con socavar las bases mismas de la nación cubana. Aunque no se quiera reconocer, una nueva cosmovisión, incompatible con las fracasadas utopías y con los discursos ideológicos legitimadores del sombrío absolutismo revolucionario, nutría el pensamiento y las necesidades de las nuevas generaciones de escritores y artistas cubanos.

Se diseñó entonces una política cultural que, por un lado, y siempre en forma selectiva, comenzó a publicar, más o menos sistemáticamente, algunas obras emblemáticas de la memoria histórica de la nación y, por otro, se daba espacio en las publicaciones insulares a algunas muestras de la llamada cultura cubana de la diáspora, cuya naturaleza cultural no implicara un cuestionamiento directo de la política oficial. Fue la época de la publicación en La Gaceta de Cuba de los dosieres sobre la poesía, la narrativa y el teatro de la diáspora, confeccionados por Ambrosio Fornet, y que pretendían actualizar someramente al público sobre aquellos autores que se evaluaban como más representativos. La recién creada revista Temas comenzó a publicar textos de prestigiosos cubanólogos de la academia norteamericana. Y Unión estrenó una nueva sección —Textos y Pre-Textos—, que dura hasta el presente, para dar noticias de obras diversas escritas por cubanos, o sobre la cultura cubana, fuera de la Isla. A partir de entonces, la presencia en estas revistas de colaboradores de la llamada diáspora dejó de ser una excepción para convertirse en una selectiva política editorial. Asimismo, las editoriales cubanas comenzaron a publicar con mayor frecuencia algunas obras paradigmáticas de la cultura republicana y otras escritas más recientemente fuera de la Isla. Muchos autores, antes estigmatizados, comenzaron a incorporarse a los planes de estudio y a las tesis de diploma de la Facultad de Filología de la Universidad. También comenzó a ser cada vez más frecuente la inclusión en antologías de autores cubanos de la diáspora. Pero todo ello se hacía y se hace dentro de límites ideológicos muy precisos. Siempre sobre la base de la existencia de un público lector cautivo, se pretendía de este modo controlar el riesgo que implicaba la relativa apertura ideológica descrita. Simultáneamente, ante la evidencia de una muy pujante generación, llamada de los 80 y que no hizo sino acentuarse en los 90, se fue muy permisivo —como lección de la infausta década de los 70— con la experimentación formal y con toda cosmovisión filosófica que no implicara un cuestionamiento político expreso. Dentro de este nuevo contexto se apreció lo útil que podía ser, para la legitimación de la imagen externa de la política cultural de la Revolución, la no exclusión de determinadas minorías, a las que se le concedió por primera vez algún espacio para su expresión. La búsqueda desesperada de una siempre pretendida imagen de unidad en torno al proyecto revolucionario, hizo que se reformulara la política religiosa y el oneroso tratamiento del problema homosexual. Pero acaso el cambio más sustantivo y perdurable lo constituyó la aparición de una nueva generación de escritores y artistas que fue adueñándose, paulatinamente, de una cosmovisión en esencia incompatible con el nuevo proyecto de supervivencia de un régimen absolutista y antidemocrático.


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