Actualizado: 09/12/2021 14:23
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El quinquenio más largo

Aunque valientes, algunas expresiones sobre la política cultural del régimen obvian que la censura no ha variado un ápice.

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TEMA: La exaltación de ex comisarios políticos

Una de las conferencias del ciclo titulado "La política cultural del período revolucionario: memoria y reflexión", coincidió el pasado 18 de mayo en La Habana, con la presentación del número 246 de la revista Casa de las Américas, edición que pasará a la historia como una de las más valientes de esta publicación.

Algunos párrafos de rebeldía y letra fina se exponen con soltura y legibilidad, para dejar claro una vez más que el famoso Quinquenio Gris dañó tanto a la cultura cubana, que aún sus grandes heridas están abiertas.

Sin embargo, por muy rebeldes que puedan catalogarse algunos sintagmas, muchos de ellos impensables en otras circunstancias, es de lamentar ciertas expresiones —también publicadas— que contrastan con el mayoritario deseo de muchos intelectuales que viven en la Isla de desterrar para siempre cualquier tipo de clasificación política y de encasillamientos, censuras y opresiones.

Lo lamentable es que se siga diciendo que, además del infinito daño que esa época de oscurantismo cultural hizo a prestigiosos escritores, a simples individuos, vivos y muertos, la discriminación, la intolerancia y la homofobia hayan puesto en duda el "humanismo" de la Revolución e incluso agredieran también su "prestigio", como dijo en su discurso de presentación el escritor Reynaldo González.

No se puede navegar en dos aguas a la vez y ese ha sido siempre el mayor problema de la intelectualidad en su lucha contra el poder establecido. Esa ha sido siempre su debilidad.

Gris perpetuo

El Quinquenio Gris se fija, por lo visto, en una época que ha pasado, que rara vez reverdece, como sucedió recientemente con la aparición en televisión de antiguos censores. Sin embargo, los que no vivieron en aquellos setenta y han tenido que sobrevivir e intentar su obra intelectual en los duros años contemporáneos, han sido víctimas también de una era de oscurantismo que, indudablemente, nunca desapareció.

Es cierto, las víctimas de hoy todavía no tienen nombres notables y aquí estriba la dura realidad: los jóvenes intelectuales que disienten, ni siquiera han podido naufragar en las letras de una revista o un premio importante.

Ni siquiera sus apellidos han sido mencionados… jamás. Es cierto que no tienen vínculos con Miguel Barnet, Eduardo Heras León, Reynaldo González, o con las oficialistas instituciones que algunos de ellos "dirigen". Esas víctimas, que subyacen en el amparo de la oscuridad aplacada, ahora mismo son silenciados y hasta perseguidos por defender las ideas en las que legítimamente creen.

Para citar tan sólo un ejemplo, en el más reciente informe de la Sociedad Interamericana de Prensa se especifica que desde octubre de 2006 a marzo de 2007 se ha registrado en Cuba un incremento notable de las acciones represivas.

Entre los 47 hechos coercitivos reportados, figuran amenazas policiales, interrogatorios arbitrarios, actos de repudio por grupos progubernamentales, golpizas en plena calle, detenciones temporales, multas por desobediencia, allanamientos y registros de domicilio, desalojos, incautación de dinero y objetos personales, limitación de movimiento en el territorio nacional y retención indefinida del permiso para emigrar, y hasta despidos laborales en represalia contra familiares de disidentes por supuesta falta de confiabilidad.

Si lo de los años setenta fue un quinquenio gris, ¿cómo definir lo que no acaba… más bien se perpetúa? ¿Existen colores para conceptualizar una muerte en vida? ¿Existen palabras? Puede ser que en el nuevo número de la revista Casa de las Américas esas respuestas se encuentren, o simplemente queden sin esclarecer.

Quizás porque costaría mucho entender cómo es posible comparar la vida truncada de miles con el cacareado peligro del "humanismo" que, presumiblemente, el Quinquenio Gris significó para un proceso político. Un proceso que ha carecido, entre otras muchas cosas, de alma humana para aceptar las diferencias, permitir el diálogo diverso, aceptar que una nación no es un sencillo y mordaz manojo de imposiciones ideológicas y rectificaciones inservibles.

Viva y en la calle

Duele sospechar, incluso, que sólo tres nombres bastan para resurgir y caracterizar una etapa que no precisa ser analizada en conferencias y talleres, porque está viva, en la calle, en los medios de prensa, en las instalaciones e instituciones de la cultura, en la palabra de los que intentan hacer arte apolítico o en la vida de los que por no callar, mueren.

Lacera que se olvide que quien permitió y creó ese Quinquenio Gris fue el mismo personaje que ha extendido una dictadura durante casi 50 años, ante la vida trunca y los ojos apagados de muchos.

¿Cómo es posible equivocarse al decir que el "humanismo" de la revolución legitima su existencia, y no el mordaz ejercicio del poder?

Que el régimen haya perdonado determinados "nombres", elegidos por conveniencia para utilizarlos en sus nuevas diatribas, no significa que el humanismo sea uno de sus mayores valores. No significa tampoco que una era de gloria haya sustituido aquella etapa gris. Si se ha convocado un ciclo de conferencias sobre la política cultural de la revolución, no se pueden obviar esos detalles.

El número 246 de la revista Casa de las Américas pasará a la historia, quizás, como una de las más valientes ediciones publicadas. Pero, que raro, ¿por qué están en sus páginas los textos de quienes, después de sufrir tanto maceramiento en los años setenta, han preferido vivir en la oficialidad para salvarse y ahora olvidan que la represión cultural y de toda índole es continua y constante?

Para los que la sufren aún desde los disfraces impuestos y los seudónimos obligados, que les permiten escapar de las duras caras de las cárceles, estos contradictorios escritos decepcionan y cansan.