Actualizado: 03/12/2021 11:36
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Artes Escénicas

El Teatro ha muerto

Se avanza hacia una cultura doméstica y la gente se quedará cada vez más en casa. ¡Viva el progreso!

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Tan fascinante como la vida

Por último, tecleó algo en la computadora y en el ordenador apareció la palma de una mano. Frankenstein, para su propia decepción, vio que su marca no había rebasado los límites de la mano de Buda. Frankenstein quiso pegarle al cine, pero éste lo detuvo y le soltó con indolencia: —¿Quién te crees que eres, el que escribió Mary Shelley a los dieciocho años? Ni lo sueñes, eres el vivo retrato de Boris Karlof, quien te inmortalizó en una película en 1933.

Ese mismo día, Frankenstein se fue a ver Ocean Eleven y Ocean Twelve, luego al cementerio y se enterró a sí mismo. Su epitafio decía: "No quiero saber nunca más del teatro. Si es urgente, hablen con mis secretarias". Se refería a las réplicas de sí mismo que se encontró en Hollywood y en Walt Disney, en su camino a Las Vegas.

He reservado para el final, con toda la intención, a dos maestros del teatro, quienes en sus teorías, a diferencia de los otros, no se preguntaron acerca de la vida del teatro y siempre partieron de su muerte.

Edgard Gordon Craig (1872-1966), inglés de nacimiento, contemporáneo con el austriaco Max Reinhard y el suizo Aldolfo Appia. Gordon Craig afirmó que el teatro lo habían creado las marionetas y no los hombres. Planteó como único camino posible a la "súper marioneta", lo cual requería que el teatrista dominara tanto a la naturaleza, que fuera capaz de superarla en una muerte íntima, consciente.

Tadeus Kantor (1915-1990), de procedencia polaca, creó "El Teatro de la Muerte". Le advirtió a todos los teatristas del mundo que la muerte era tan fascinante como la vida y sus actores actuaron como muertos, con caras pálidas y gestos rígidos. En su teatro abundaban cruces y tumbas. Los únicos que estaban vivos eran los espectadores. Ni él mismo, que siempre estaba presente dentro de sus espectáculos, estaba vivo.

Kantor nos enseñó que la muerte del teatro no es algo grave para el teatro. Esto debe menguar los elevados humores de la seudosensibilidad teatral que tanto atacó el enciclopedista francés Denis Diderot (1713-1784). Que el teatro haya muerto no significa la muerte para los teatristas, significa una nueva posibilidad. La mía es el virus. Cuando un cadáver se descompone y se pudre, su carne y sus huesos se convierten en bacterias, las cuales tienen una gran resistencia y capacidad de adaptación.

Dice la ciencia que en el timón del coche de un hombre actual, con los instrumentos adecuados, se pueden encontrar átomos de dinosaurio. Esto garantiza el futuro de mi Teatro Obstáculo hasta el fin de los tiempos. ¡Qué vanidad!


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