Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Financiamiento, Izquierda, Oposición

Contra el Platismo: respuesta a Marlene Azor Hernández

Réplica al artículo “La izquierda maltrecha” de Marlene Azor Hernández publicado en CUBAENCUENTRO

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Los argumentos que presenté en “El Platismo continúa en la relación de EE.UU. con Cuba” en Havana Times[1] son bien claros. Estos son: 1. El financiamiento de la disidencia cubana por el gobierno norteamericano (o por organizaciones financiadas por este último, tales como Freedom House), y la cooperación de sectores de la disidencia con el congreso norteamericano y/o otras instituciones del gobierno estadounidense para rendir cuentas sobre la situación interna de Cuba, son expresiones del Platismo, o sea del apoyo a la intervención del gobierno norteamericano en la vida interna de Cuba; 2) Esta intervención no es aceptable porque viola el principio de la autodeterminación de las naciones, y 3) porque, en la práctica, depender de Washington obstaculiza la auto-organización de los cubanos para democratizar su país.

No hay que ser socialista revolucionario y democrático como el que subscribe para defender los argumentos aquí expuestos. Basta con ser martiano, provisto que no interpretemos a Martí a través del perverso lente del gobierno cubano que absurdamente lo convierte en el padre del unipartidismo reinante, ni a través de las fantasías platistas elaboradas al calor del café con leche del restaurante Versailles de Miami, santificadas al invocar el nombre del Apóstol.

El principio de la autodeterminación de las naciones es eso: un principio fundamental.

Históricamente, la opinión democrática internacional lo ha blandido para protestar contra el abuso imperial, como cuando en la década de 1930 apoyó a Etiopía contra la invasión italiana, aunque dicho país estaba gobernado por el Emperador Haile Selassie, a la cabeza de un sistema opresivo en el que existía la esclavitud; a China contra la invasión japonesa de la misma década, a pesar de estar en ese entonces gobernada por la dictadura corrupta de Chiang Kai-Shek; y a fines de la década de 1940 a Yugoslavia contra las amenazas de la Unión Soviética, a pesar de estar bajo la dictadura comunista de Tito. El apoyo a estos países no dependió de que fueran o no democráticos, sino de la amenaza exterior que estaban enfrentando.

Los que, como Marlene Azor, subordinan y condicionan el derecho de autodeterminación de cualquier nación a la naturaleza de su sistema político siguen una lógica política idéntica a la de Fidel Castro cuando apoyó, en 1968, la invasion soviética de Checoslovaquia subordinando la independencia nacional de los checoslovacos a la supuesta defensa del “socialismo” en ese país. Fue la misma lógica en la que se basó el representante cubano a la ONU en 1980, cuando se opuso a condenar la invasión soviética de Afghanistán porque no iba a votar contra el “socialismo”. Esa fue la misma lógica de la “doctrina Brezhnev”, que afirmó el derecho de la URSS a intervenir en los asuntos internos de los países del bloque “socialista” para defender los regímenes “socialistas” allá existentes. Y por supuesto, ha sido también la lógica en la que el imperialismo norteamericano, el más poderoso del planeta, se ha basado para intervenir en todo el mundo, incluyendo los países de nuestra América (Guatemala, Cuba, Granada, Chile, Argentina, Nicaragua, El Salvador y Honduras entre otros) a nombre de la democracia, violando el derecho de esos países a decidir su propio destino. Hay que recalcar que a nombre de lo que llaman democracia, Estados Unidos ha apoyado dictaduras como las de Egipto, Arabia Saudita, el Chile de Pinochet y los gobiernos de la América Central dirigidos por los militares más asesinos del hemisferio.

Al mismo tiempo, mi artículo claramente reconoce y le dedica un amplio espacio a las enormes dificultades a las que se enfrenta la oposición en el sistema asfixiante de un estado antidemocrático, que posee y recurre al uso extenso de la represión policíaca y del control, especialmente a través del acceso a los empleos y la educación superior. Y en contraste con lo que Marlene Azor me atribuye, mi artículo explícitamente reconoce la necesidad y apoya la ayuda del exterior a la oposición cubana, provisto que proceda de organizaciones independientes del gobierno norteamericano.

Fue en ese contexto, que específicamente elogié la labor de Amnesty International, una organización independiente de derechos humanos, liberal y no de izquierda, que ha desempeñado un papel muy importante en la publicación y denuncia de los atropellos del gobierno en la Isla.

También exhorté a los sindicatos y grupos políticos progresistas y a organizaciones religiosas internacionales a brindar su apoyo a los grupos auténticamente independientes en Cuba.

Mencioné asimismo que la ayuda exterior de esas organizaciones independientes puede jugar un papel importante en facilitar el trabajo de una oposición orientada a ser autosuficiente, y le permitiría a la disidencia una independencia, legitimidad y fuerza política que jamás podría obtener dependiendo de un gobierno extranjero para sobrevivir política y materialmente.

Fue en ese contexto que me referí al trabajo realizado por el grupo polaco KOR —Comité de Defensa de los Trabajadores— que como lo describe Jan Josef Lipsky, uno de sus líderes, en el libro KOR. Workers’ Defense Committee in Poland, 1976-1981, realizó una labor organizativa sumamente importante a pesar de despidos, arrestos y persecuciones comparables (y tal vez peores) que las que se le aplica a la disidencia en Cuba, pero aún así siguió adelante sostenido principalmente por sus miembros y numerosos simpatizantes en Polonia. El trabajo de KOR facilitó en gran medida el establecimiento del sindicato Solidarnosc en el 1980. Pero fue el apoyo que Reagan, Thatcher y la alta jerarquía católica prestaron a los sectores más conservadores de Solidarnosc, después del golpe militar del general Jaruzelsci en diciembre del 1981, que ayudó a marginar a los sectores más consecuentes de ese sindicato que abogaban tanto por la democracia política como por la autogestión y el control obrero y popular de la economía.

II

A la luz de lo expuesto anteriormente, queda claro que Marlene Azor Hernández falsifica mis argumentos cuando mantiene, en el subtítulo de su artículo, que yo confundo la ‘ayuda de gobiernos, organizaciones y organismos internacionales con “Platismo”’. Distingo con mucha claridad y cuidado entre el gobierno norteamericano por un lado y las organizaciones independientes por el otro. También señalé anteriormente que la ayuda internacional que apoyo no tiene que proceder necesariamente de la izquierda, pero sí de organizaciones genuinamente independientes que están a favor de los derechos humanos, la democracia y la justicia social.

Asimismo, Marlene Azor distorsiona seriamente mi argumento cuando dice que “yo defiendo esos sistemas [antidemocráticos] frente a una intrusión en sus asuntos internos”. Aparentemente, Azor no ve diferencia alguna entre la defensa de la autodeterminación de la nación cubana contra la interferencia del poder imperial y el apoyo a un gobierno y sistema político. La oposición a la intervención norteamericana en los asuntos cubanos no constituye defensa alguna del sistema político imperante en la Isla. Estoy simplemente reafirmando que esa es la tarea de los cubanos (con el apoyo de individuos y grupos en el extranjero que no representan ninguna amenaza a la soberanía de Cuba).

Es verdaderamente asombroso que Azor me acusa de criticar al gobierno cubano “solamente” porque crimininaliza la disidencia y por tener un régimen de partido único. Aparte del hecho que estas son críticas fundamentales y las más pertinentes al tópico bajo discusión, Azor sabe muy bien, basado en su elogio de mi libro Cuba Since the Revolution of 1959. A Critical Assessment (Haymarket Books, 2011), que mi crítica al régimen cubano se extiende mucho más allá de esos puntos e incluye prácticamente todos los aspectos de la sociedad cubana, desde la economía hasta la situación de los trabajadores, los negros, las mujeres y la política exterior del país.

III

El sector de la oposición que propone una política Platista le está haciendo el juego al gobierno cubano, abriéndole las puertas para presentarse como el único defensor de la soberanía nacional. Cuando la oposición Platista ignora y le da la espalda al legítimo sentimiento patriótico de muchísimos cubanos, que de ninguna manera puede reducirse a la propaganda gubernamental, demuestra una vez más que verdaderamente no le interesa convencer y organizar a la gente —por muy difícil que en realidad esto resulta— y que prefiere esperar que la salvación venga desde afuera. Este sector de la oposición también enajena a la opinión pública latinoamericana que abarca muchísimo más que la izquierda, cuando depende de Washington y cuando guarda el silencio o le brinda apoyo a la intentona de golpe en Venezuela en 2002 y al golpe que se llevó a cabo en Honduras en 2009. Huelga decir que esto también pone muy en duda el compromiso con la democracia que este sector de la disidencia profesa tener.

Una consideración final. En la primavera y verano de 1959, Fidel Castro, en alianza con el grupo alrededor de Raúl Castro, del Che Guevara y del Partido Socialista Popular (los comunistas orientados hacia Moscú), logró convencer a muchísimos cubanos que la crítica al sistema soviético y sus defensores en la Isla —aunque hecha desde la izquierda— era divisionista y contrarrevolucionaria, lo que facilitó la imposición del modelo soviético en la Isla. Por eso pienso que la crítica al Platismo es indispensable: no queremos ver a una Cuba donde el sistema social y político regido por el Partido Comunista de Cuba ha sido sucedido por una neocolonia norteamericana. La ayuda de Washington no es gratis. El que paga es el que, tarde o temprano, impone su agenda.



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