Actualizado: 24/05/2019 17:31
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Cuándo y hasta dónde

Cambios en la política norteamericana hacia La Habana: cuestión de libertad, democracia... y dinero.

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Lo que se habla todos los días en Miami y Washington no es si va a cambiar la política norteamericana hacia La Habana, sino cuándo y hasta dónde. Este ambiente, que hace apenas un año parecía muy lejano, no deja de obedecer más a frustraciones acumuladas durante el gobierno de George W. Bush que a un cambio de situación en la Isla. Responde a muchas expectativas y apenas a varios hechos. Pero hay muy poca ilusión en las propuestas y nada de retórica que hable de libertad y democracia para los cubanos. Se impone el dinero, como suele ocurrir en las épocas de crisis.

Lo que en última instancia va a determinar el rumbo de las decisiones, será la necesidad de abrir más un mercado —lleno de riesgos económicos, por otra parte, en un país que más que nunca necesita fondos en efectivo—, ahora que Estados Unidos y el mundo atraviesan la peor crisis económica desde la época de la depresión de finales de 1920.

Asombra entonces la aparente pasividad del llamado exilio de "línea dura" de Miami. Cuando toca a su puerta la necesidad de enfrentar los intereses comerciales norteamericanos con lo que éste considera su actitud patriótica, poco se ha visto hasta el momento.

Sin embargo, no hay que suponer que el grupo más influyente y poderoso dentro de ese exilio está cruzado de brazos. Tampoco hay que esperar que este alud de iniciativas y llamados al cambio se transforme de forma automática en una nueva actitud hacia La Habana por parte de Washington o que el fin del embargo esté a la vuelta de la esquina. Varios factores —que desde hace años vienen contribuyendo a la formulación de dicha política— no desaparecen de la noche a la mañana.

Cuba no ha cobrado una mayor importancia en los últimos meses —en cuanto al lugar que Estados Unidos le confiere en la agenda internacional—, tampoco se han producido acontecimientos en la Isla que hagan pensar en la necesidad de una revisión urgente. Encontrar grandes yacimientos en las aguas costeras continúa siendo una ilusión; la Isla no es una amenaza militar para EE UU, pese a lo que se afirma en Miami, y tampoco el gobierno cubano quiere —o puede— jugar esta carta, al estilo de Corea del Norte e Irán.

Por otra parte, si bien la derecha exiliada acaba de demostrar que conserva la fuerza electoral suficiente para reelegir a sus representantes en Washington, perdió la línea de comunicación directa con la Casa Blanca, aunque aparentemente aún tiene influencia en el Capitolio gracias a su labor de cabildeo.

Así que el caso cubano se inserta dentro de la estrategia general de cambio que llevó a Barack Obama a la presidencia, en particular en lo referente a una nueva actitud a la hora de tratar sus diferencias con otras naciones y en lo que respecta a asuntos como el medio ambiente y la lucha contra el narcotráfico.

Esto explica, en parte, la cautela que está demostrando la actual administración —que hasta el momento ha preferido no hablar del caso cubano—, aunque la razón fundamental para ese silencio es la existencia de problemas muy graves —la conocida crisis económica—, los cuales han relegado a muchos otros asuntos a un segundo y tercer lugar. También el hecho de que el nuevo gabinete aún se encuentra en etapa de formación, con varias vacantes en cargos importantes.

Todo ello convierte a Obama en el gran enigma de estos momentos, al tiempo que en el factor decisivo en lo que respecta a la nueva estrategia para tratar con La Habana. ¿Se limitará a cumplir su promesa electoral de anular las restricciones a los viajes y a las remesas familiares, o desde el principio irá un paso más allá?

Nada hace sugerir que en este punto esté dispuesto a consumir capital político. Es decir —y más de un experto ya lo ha comentado— que el presidente quiere marchar a la par del Congreso, en lo que se refiere a la adopción de una actitud más moderada y dispuesta al diálogo con La Habana. Pero a la vez no desea tomar la iniciativa, por el momento. Cabe acotar, al respecto, el fracaso de La Habana, en la intención de acelerar o modificar esta táctica. Las diversas "reflexiones" que Fidel Castro dedicó a este objetivo resultaron nulas.

El informe Lugar

Esa simbiosis entre la Casa Blanca y el Congreso, a la hora de establecer la pauta que define el avance en la modificación de la política norteamericana hacia la Isla, también define la importancia del informe elaborado a iniciativa del senador Richard Lugar, quien ha hecho un llamado a reevaluar los esfuerzos que durante décadas EE UU ha llevado a cabo para aislar a La Habana.

El valor del documento no radica en el texto en sí, sino en que ha sido patrocinado por un destacado legislador republicano que con anterioridad no se había declarado favorable a un cambio de política de este tipo. Lugar plantea —y esto es lo fundamental— que "el embargo no favorece a los intereses norteamericanos". El tema en cuestión no es la libertad o la democracia en Cuba —aunque, por supuesto, estos aspectos se mencionan—, sino lo que conviene a EE UU.

El informe hecho por Carl Meacham, el principal asesor de Lugar, no dice nada nuevo a quienes conocen la situación imperante en Cuba. Puede ser criticado por presentar la visión de alguien que prefiere ver la parte del vaso medio llena a la otra que está medio vacía —incluso se puede ir más allá y afirmar que Meacham ve más agua de la que realmente hay en el vaso.

A los efectos de EE UU, esto es secundario frente al señalamiento de lo que considera cuatro aspectos débiles de la política norteamericana hacia la Isla: la actitud de Washington respecto a La Habana daña sus vínculos con otras naciones latinoamericanas; perjudica a los intereses de seguridad nacional, al impedir la colaboración en cuestiones vinculadas a la inmigración y el narcotráfico; en lugar de promover una transición pacífica hacia la democracia brinda una excusa —si bien exagerada— frente a las dificultades económicas, al tiempo que es utilizada para justificar la represión.

Y, por último, coloca a EE UU en la posición de observador impasible ante los acontecimientos que ocurren y podrían ocurrir a noventa millas de sus costas, despojado de la posible influencia que pudiera ejercer mediante los instrumentos propios de la diplomacia. De forma clara y precisa, este informe es un reconocimiento a la posición adoptada por la Unión Europea al tratar el problema cubano, y favorece un enfoque similar.

Si se tiene en cuenta que fue precisamente Lugar quien, durante las audiencias en el Senado, interrogó a la entonces nominada al cargo de secretaria de Estado, Hillary Clinton, sobre una posible revisión de la política hacia La Habana, y ésta le respondió que trabajaría con el Senado en hacer avanzar los intereses y valores de EE UU en el contexto de los vínculos con la Isla, queda claro que el documento es un fuerte apoyo en favor de esos cambios.

No por gusto, al concluir su primer encuentro de poco más de media hora con la secretaria de Estado norteamericana, el canciller español, Miguel Ángel Moratinos, declaró que se iniciaba una nueva etapa de las relaciones entre EE UU y España.

Las propuestas sobre los viajes

Aunque señaló la ineficiencia del embargo, Lugar no hizo una propuesta legislativa específica; otros legisladores de ambos partidos las han hecho. En la actualidad, hay planteados un proyecto de ley que permitiría a los norteamericanos viajar sin límites a la Isla y también una medida —dentro de la ley de presupuesto— que echaría por tierra las restricciones impuestas por el gobierno de Bush a los viajes familiares de los cubanoamericanos. Esta última permitiría volver a la época en que estos podían viajar una vez al año, gastar hasta $170 diarios (en lugar de los $50 permitidos en estos momentos) y permanecer por todo el tiempo que quisieran (en vez de los 14 días autorizados ahora).

También revertiría los impedimentos que en 2005 Bush estableció para las ventas de alimentos y medicinas. A discutirse esta semana en la Cámara, y la próxima en el Senado, la medida tiene grandes posibilidades de ser aprobada.

No se puede decir lo mismo respecto al proyecto de ley Freedom to Travel to Cuba, propuesto por nueve representantes de ambos partidos y destinado a permitir los viajes turísticos de norteamericanos a la Isla (hay otra versión similar en el Senado).

El legislador cubanoamericano Lincoln Díaz-Balart, republicano por el sur de la Florida, dice contar con el suficiente apoyo bipartidista para echar abajo esta propuesta de viajes sin límites, destinada a todos los norteamericanos. Ha ocurrido en otras ocasiones y es posible que vuelva a ocurrir ahora.

El que los demócratas dominen ambas cámaras —y que su representación sea mucho mayor que en la última sesión legislativa— no significa que de forma automática será aprobada cualquier medida que tienda a suavizar la política norteamericana hacia el gobierno de la Isla. Existen tres razones para ello.

La primera es que cualquier cambio respecto a la forma en que Washington concibe sus vínculos con La Habana responderá a la actual orientación política de Latinoamérica, la opinión generalizada de que EE UU debe adoptar un nuevo enfoque en su trato con otras naciones, las decisiones en el Congreso y la actitud adoptada al respecto por el presidente Obama, entre otros factores. Se trata de causas externas a la Isla, y el gobierno cubano tiene poco de que vanagloriarse al respecto. Que hable —y hablará— de un triunfo diplomático, se limita a la retórica de Granma. Poco ha hecho Cuba, en el año de presidencia de Raúl Castro, para "ganarse" un mejoramiento de relaciones.

La segunda se desprende de la primera, y es que el cambio de Washington obedecerá a una rectificación de una política que ha resultado ineficaz. Sin embargo, es muy riesgoso apostar de que este cambio servirá para llevar la democracia a Cuba. En cuanto a libertad y democracia para la Isla, hay que reconocer que si la confrontación y el aislamiento han dado resultados nulos, el diálogo y la cooperación han servido de poco.


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La secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton (centro), junto a los senadores Richard Lugar y John Kerry. (AP)Foto

La secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton (centro), junto a los senadores Richard Lugar y John Kerry. (AP)