Actualizado: 03/04/2020 11:38
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Sucesión, carisma y realidad

Tras el nefasto gobierno de Fidel Castro, ¿sería una opción menos desastrosa la de alguien como su hermano Raúl?

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Dos elementos utilizados para pronosticar el fracaso de la sucesión de Fidel Castro por su hermano Raúl han sido la excepcionalidad del liderazgo del primero y la falta de carisma del segundo.

Las distintas variantes del argumento concluyen, en esencia, que la genialidad política de Fidel ha sido el factor clave para la supervivencia de la revolución y que Raúl, un hombre gris que ha vivido siempre a la sombra de su hermano, no tiene la capacidad ni el magnetismo de éste para conducir el país.

El razonamiento es cuestionable porque sugiere, primero, que Fidel Castro ha conducido exitosamente su régimen durante todos estos años. Segundo, porque implica que la sucesión equivale al mantenimiento del statu quo por parte de los sucesores —razón por la que sería necesaria una personalidad como la del comandante para llevarla a cabo.

Tercero, porque utiliza elementos tangenciales, como el carisma o la falta de éste, para pronosticar el resultado de un proceso, hasta el momento temporal, cuyo obstáculo principal es precisamente la supervivencia misma del dictador, que impide a los sucesores cualquier iniciativa política de envergadura. Cuarto, y tal vez lo más importante, porque confunde las características peculiares del sujeto con su capacidad real para conducir la nación.

Más esclarecedor sería, para constatar sus efectos en la cosa pública y contrastarlo después con las alternativas a mano, analizar no si el estilo de gobierno de Fidel es excepcional, sino cuáles han sido los resultados concretos de su liderazgo carismático; porque la cuestión no es dilucidar si Castro ha sido un político con un instinto prodigioso para mantenerse en el poder, o si ha sido capaz de derrotar a la mayoría de sus adversarios, sino hacia dónde ha llevado al país durante su mandato, y cuál es el costo de oportunidad que ha tenido y tiene que pagar Cuba, incluida buena parte de la clase dirigente actual, por el inmovilismo en que mantiene sumido a la nación.

¿Líder visionario o Robespierre sempiterno?

En una carta desde presidio, fechada el 23 de marzo de 1954, Castro escribió: "Robespierre fue idealista y honrado hasta su muerte. La revolución en peligro, las fronteras rodeadas de enemigos por todas partes, los traidores con el puñal levantado a la espalda, los vacilantes obstruyendo la marcha; era necesario ser duro, inflexible, severo; pecar por exceso, jamás por defecto cuando en él pueda estar la perdición. Eran necesarios unos meses de terror para acabar con un terror que había durado siglos. En Cuba hacen falta muchos Robespierres".

Esa terrible visión personal de Castro, concebida mucho antes de llegar al poder y de su confrontación con Estados Unidos, ha sido la pesadilla que les ha impuesto a los cubanos no por unos meses, sino por más de 48 años.

En otra carta, fechada el 15 de abril del mismo año, exclamaba: "¡Con cuanto gusto revolucionaría este país de punta a cabo! Estoy seguro que pudiera hacerse la felicidad de todos sus habitantes. Estaría dispuesto a ganarme el odio y la mala voluntad de unos cuantos miles, entre ellos algunos parientes, la mitad de mis conocidos, las dos terceras partes de mis compañeros de profesión y las cuatro quintas partes de mis ex compañeros de colegio. ¿Has visto cuántos lazos invisibles debe romper el hombre que se proponga cumplir cabalmente con sus ideas?".

Ese es el hombre que ha gobernado a Cuba a su capricho desde 1959, con una voluntad obsesiva de hacer cumplir sus ideas y un desprecio total por aquellos que no las comparten, que no son unos cuantos miles, sino millones de personas.

Es cierto que Fidel Castro ha sido el factor aglutinante de la revolución cubana, pero también ha sido al mismo tiempo el principal elemento desestabilizador del país, porque al tratar de prolongar indefinidamente ese momento revolucionario para satisfacer sus ambiciones personales, ha mantenido artificialmente a la sociedad en un estado de crisis permanente durante décadas y ha sometido a Cuba, con la dedicación de un Robespierre sempiterno, a una serie interminable de peripecias políticas y económicas que nada tienen que ver con el interés nacional ni con las necesidades y aspiraciones de los cubanos.

¿Revolucionario infalible o ladrón de oportunidades?

Desde 1922, Ludwig Von Mises expuso las fallas del sistema de economía centralizada que llevaban adelante los comunistas rusos. Otros economistas de prestigio, como Friedrich A. Hayek y Joseph A. Schumpeter, ampliaron esa crítica profunda del socialismo y del colectivismo, que, junto a los pobres resultados del socialismo real, atestiguaban claramente la ineficacia del sistema.

En febrero de 1956, tras las denuncias de Nikita Jruschov en su famoso discurso secreto ante el XX Congreso del PCUS, y después de la invasión a Hungría en noviembre del mismo año, no quedaban dudas tampoco sobre los horrores del totalitarismo soviético. Sin embargo, a pesar de toda la evidencia empírica y las refutaciones teóricas, Fidel Castro escogió para Cuba, sin consultar a los cubanos, la vía del socialismo e implantó un régimen dictatorial de corte estalinista.

La expresión "costo de oportunidad" se utiliza en economía para designar el costo de algo en términos de una oportunidad perdida y de los beneficios que pudieran haberse recibido de dicha oportunidad, o de la alternativa más valiosa que se perdió. Cabe entonces preguntarse: ¿Cuál ha sido el costo de oportunidad que ha tenido que pagar el país por las decisiones de Castro como líder?

En una carta enviada a Celia Sánchez, fechada el 5 de junio de 1958 en la Sierra Maestra, Fidel escribió: "Al ver los cohetes que tiraron en casa de Mario, me he jurado que los americanos van a pagar bien caro lo que están haciendo. Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero".

El problema fue que al emprender su guerra personal contra Estados Unidos tras tomar el poder, involucró al resto del país en dicho conflicto y lo ató de pies y manos a su destino personal. ¿Cuál ha sido el costo de oportunidad que hemos tenido que pagar todos los cubanos por esa decisión arbitraria?


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