Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Economía

El crecimiento invisible

Después de tantas privaciones, La Habana sólo ofrece promesas quiméricas y estadísticas inverosímiles.

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En los últimos años, aprovechando el control y manipulación de la información y las estadísticas y con el propósito de levantar una cortina de humo que oculte la muy evidente inviabilidad del sistema y los resonantes fracasos de todos sus proyectos, el gobierno cubano se ha dedicado a asegurar que la economía del país esta registrando crecimientos exorbitantes. Estos, como es natural, no se reflejan en la dinámica social ni en las condiciones de vida de la población, que por el contrario siente que cada día es más inalcanzable la satisfacción de sus más elementales necesidades.

En la cómoda seguridad de no ser cuestionadas por sus planteamientos y en un alarde de total desprecio por el intelecto ajeno, las autoridades cubanas aseguran que en 2005 la economía del país creció nada menos que un 11,8%. Es muy significativo que ante ese índice de crecimiento —visto sólo en poderosas economías en franca expansión—, a nivel del pueblo llano ni siquiera los más convencidos defensores del sistema se atreven a ufanarse de tan significativo "logro".

Los dirigentes de la economía cubana plantean tamaño crecimiento precisamente cuando el colapso de la que por siglos fue nuestra principal fuente de riquezas —la industria azucarera— priva al país de considerables ingresos y pone a muchas comunidades en una especie de limbo económico que tiene serias repercusiones en la ya difícil vida cotidiana de sus habitantes.

Divorcio de la realidad

El desmontaje de nuestra otrora primera industria, en el momento en que otros productores tradicionales como Brasil, Australia e India fortalecen su producción y afianzan sus mercados, se hace más traumático. En lugar de dedicar las tierras y recursos remanentes a la producción eficiente de alimentos y bienes de consumo sobre la base de eficaces resortes económicos y el interés individual de los trabajadores, se ha preferido imponer desgastantes fórmulas paliativas —llevar a las aulas a los trabajadores despedidos— y reproducir los diseños de control administrativo burocrático politizado que tanto retraso han traído a la nación.

Sin embargo, otros importantes renglones económicos sufren crisis y parálisis, especialmente la capacidad industrial instalada presa del retraso tecnológico y la ineficiencia, es incapaz de satisfacer las necesidades del país, ni las exigencias del competitivo mercado internacional.

El sector agrícola no sale de su permanente depauperación. El poseedor de más del 80% de la superficie cultivable (el Estado) sigue siendo el más fehaciente ejemplo de improductividad e ineficacia, mientras los campesinos individuales están sometidos a toda suerte de presiones y restricciones.

La escasez de productos alimenticios, los crecientes e inalcanzables precios, la parcelación de las ciudades —a todas luces innecesaria en un país prácticamente despoblado, de clima tropical y con larga tradición productiva— en una especie de paliativo emergente conocido como agricultura urbana, son los efectos de una política económica divorciada de nuestras posibilidades y necesidades.


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