Actualizado: 25/01/2022 14:16
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26: Ni imagen ni posibilidad

El discurso de Raúl Castro mostró una aterradora falta de escrúpulos, y la celebración de la fecha un sinsentido, una estafa.

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El discurso del Castro menor el pasado sábado 26 de julio diagnostica una sintaxis y un léxico machacados. Ni siquiera se infiere el lanzamiento de varios globos de ensayo a ver qué pasa, bajo la evidencia de ciclones en la cúpula del Poder, a consecuencia de la zona de baja presión —miseria, escape, desidia, anarquía— que cubre la sociedad cubana.

La imagen de aquel asalto carece de posibilidad, aunque traten de revivirla en el mismo cuartel Moncada de Santiago de Cuba. Y no por los 55 años que han pasado —hace siglos de la toma de la Bastilla—, sino porque su representatividad histórica aparece desde hace por lo menos cuatro décadas (1968) como un sinsentido, una estafa de consecuencias calamitosas.

Todavía en 1968 un escritor honrado e idealista como José Lezama Lima podía escribir un artículo titulado El 26 de julio: imagen y posibilidad, aunque ya entre líneas se lee la sospecha del fracaso, sobre todo en el párrafo final, cuando habla del "laberinto" y de estar "tentado por la posibilidad"; cuando con desconfianza exacta concluye con un "y se derrumba".

Lezama escribió su tan manipulado artículo a punto de cumplir 58 años. Su generación había conocido muy de cerca la fragmentación de la quebradiza sociedad civil, a partir del golpe de Estado del sargento o general Fulgencio Batista, el 10 de marzo de 1952. Junto a lo mejor de la intelectualidad, le daba asco la política nacional, sufría por las desigualdades y la corrupción, por ver que la Constitución de 1940 se despedazaba sobre los arrecifes.

No es difícil entender el entusiasmo ante el triunfo de aquella causa, el 1 de enero de 1959. La imagen se hacía posibilidad tangible. El mito —no olvidar que el 26 de julio ocurre en el año del centenario de José Martí— se corporeizaba en una nueva generación de políticos que prometían "el cielo".

Una imagen camuflada

Mucho se ha escrito sobre lo ocurrido, aunque aún existan zonas turbias o falta de información sobre causas y azares. Lo que parece indubitable es que se trató, en efecto, de una imagen redentora del país que se convirtió en posibilidad real de transformación. La "utopía" clamaba en la que entonces sí era Plaza de la Revolución. Sobran testimonios y paralelos con la Italia de Mussolini, la Alemania de Hitler o la Argentina de Perón.

De otro modo es inexplicable el tan paulatino desencanto, los tropiezos evaluativos, el empecinamiento por no descolgar esa esperanza de la puerta, la tristeza y hasta algo de melancolía en tres generaciones que sinceramente apostamos a una imagen camuflada, que contó con excelentes disfraces nacionalistas, igualitaristas, izquierdistas… Sin contar los magníficos antifaces donados por Washington (Goliat) y Moscú (marxismo-leninismo).

Pero este 2008 sólo pueden quedar dudas del fraude en obcecados. Ni siquiera en oportunistas y demasiado comprometidos. El discurso de Raúl Castro muestra una aterradora falta de escrúpulos, bien amarrada a la sombra convaleciente de su tan histórico, tan inolvidable Comandante, como muestran las citas al principio y al final. Los que auguraron cambios sustanciales deben estar casi tan avergonzados de sus errores apreciativos como estamos los que —¡demasiado tiempo!— creímos en el "Programa del Moncada".

El discurso del pasado 26 estuvo precedido por dos "reflexiones" de su hermanísimo dedicadas a exaltar la Corea del Norte de Kim II Sung ("ilustre anfitrión") y su heredero dinástico Kim Jong II. Bien significativo: "Un pueblo bien vestido, organizado y entusiasta". De hambrunas y masacres ni un cuarto de palabra.

Somos los cubanos —sin la docilidad y la abnegación que le atribuye a coreanos y chinos y japoneses y vietnamitas— los únicos culpables de que el país se haya depauperado. Él nunca. Su programa no. El Buró Político y el Comité Central a veces, cuando hay que barrer la cocina. Y desde luego que el principal culpable está 90 millas al norte.

'¿Cuáles buenas noticias?'

En consonancia con ese astuto desplazamiento de la culpa, Raúl Castro acaba de afirmar, apenas sin un pestañazo autocrítico: "Hay que acostumbrarse a no sólo recibir buenas noticias". ¿De qué material estará hecha su cara? ¿Por qué no patentiza el invento, digno de Joseph P. Goebbels, ministro nazi de Propaganda e Información, capaz de pedirle más sacrificios a los alemanes cuando ya las tropas rusas bombardeaban Berlín?

Pero dos peculiaridades del discurso son las más escalofriantes: la vergonzosa redacción y la loa al aislamiento. Y una curiosidad: la reiteración del adjetivo "sólido", como si fuera lo que más deseara, como si precisamente allí estuviera la mayor carencia del gobierno.

La redacción refleja la crisis pedagógica que embarga el sistema educacional de la Isla. Un sólo argumento: los lugares comunes. Apenas cito algunos epítetos: "medular intervención", "encendidos versos", "firme voluntad", "profundas convicciones", "sólido análisis", "entrañable amigo"… En otra ocasión usa "oídos sordos". Le faltó "vista ciega".

Hasta el hermanísimo, a veces, redactaba mejor. ¿Nadie pudo explicarle a este autodidacto, sin pasión lectora, que el adjetivo antepuesto centra la atención sobre él y no sobre el sustantivo que modifica, con lo que se vuelve en extremo difícil usarlo con cierta expresividad?

Parece que no. Su discurso ilustra la diferencia entre la curva de apogeo y la de perigeo de lo que fuera la revolución, como la diferencia que hay entre dos cancilleres del régimen: Raúl Roa —intelectual sagaz— y Felipe Pérez Roque —talibán opaco—.

El segundo escalofrío es cuando dice: "Así buscaremos las mejores soluciones, sin preocuparnos por quiénes en el exterior intentan sacar partido de esos debates". ¿Es posible un mayor aislamiento? Sí, desgraciadamente. Y las consecuencias son previsibles, sobre todo si se acaba el petróleo chavista.

Abroquelarse —como hiciera Stalin antes y después de la Segunda Guerra Mundial— implica mayor represión a los disidentes, más presos políticos, más desesperados por emigrar, mayor desfase ante la mundialización. Las cifras económicas que comparan la Cuba de 1958 —cuando estábamos por encima de España o Chile— con la de 2008 —cuando apenas superamos a Haití y Honduras— podrían llegar a la tragedia.

No preocuparse por el exterior es ignorar los intentos de Europa y países latinoamericanos, como México y Brasil, por influir beneficiosamente en una transición pacífica. Es ignorar dos millones y medio de cubanos exiliados. Es amenazar con la guerra civil, bajo cualquier pretexto: Obama o Guantánamo.

¡Pobre Lezama Lima y tantos otros que vimos en el 26 de julio imagen y posibilidad donde sólo había fascismo a la latinoamericana, populismo totalitarista, caudillismo y claque buscadora de provechos!


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Raúl Castro, el 26 de julio en Santiago de CubaFoto

Raúl Castro, el 26 de julio en Santiago de Cuba. (AP)

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